Walter Russell Mead: ‘Donald Trump sigue siendo una fuerza política formidable’

ENTREVISTA AL INTELECTUAL ESTADOUNIDENSE

Profesor de relaciones internacionales en el Bard College y publicista de renombre, Walter Russell Mead es uno de los raros intelectuales estadounidenses en observar el fenómeno trumpiano «más allá de Trump», sin caer en la demonización y el análisis emocional.

En esta entrevista exclusiva con Le Figaro, Walter Russel Mead sitúa la irrupción de Donald Trump en política en el contexto más amplio de los «sobresaltos revolucionarios» de la época actual. En su opinión, el hombre de negocios neoyorquino no es más que un «signo precursor» del «momento peligroso de la historia estadounidense y mundial» en el que hemos entrado. Subraya también, justamente, el desconcierto de una clase política enfrentada a un hombre que no actúa en el mismo plano que los otros políticos, y que representa una vuelta a una forma de política sin guantes, al modo del siglo XIX, anterior al Estado administrativo tecnócrata. «Los que subestiman a Trump se equivocan profundamente», observa, subrayando que aún mantiene sus apoyos, a pesar de la pandemia y la depresión económica resultante de la misma.

Pregunta: Donald Trump tiene el don de suscitar el odio o el entusiasmo más total. ¿Qué opina tras cuatro años de observación?

Respuesta: o es una pregunta fácil. Solo lo conozco a través de los medios de comunicación y su personalidad desencadena en ellos un enfoque ultraemocional. Trump es un hombre que actúa basándose en su instinto más que en principios razonados. Es una diferencia con Ronald Reagan. Cuando Reagan murió, se descubrieron en sus archivos unos diarios llenos de pensamientos muy maduros, fruto de una reflexión. No creo que tras la muerte de Trump encontremos unos diarios así. Él actúa sobre todo de manera instintiva, con una forma de oportunismo.

Por más que se le presente una argumentación lógica para indicarle que para ir a C es necesario pasar por A y por B, Trump no seguirá necesariamente este camino. Las personas que no comparten su visión instintiva del mundo, concluirán que tienen que lidiar con un barco sin capitán. Pero si se observan sus decisiones, se puede ver un cierto esquema de funcionamiento basado sobre dos elementos. Uno tiene que ver con la visión que él tiene sobre cómo funciona el mundo, y lo que tendría que hacer en consecuencia Estados Unidos para sacar partido. El segundo elemento se centra en lo que quiere su base política. Cuando estas dos motivaciones están en conflicto, él suele elegir su base política. Conservar el poder es el fin fundamental dado que permite mover las cosas.

¿No es esto verdad para cualquier político?

Sí, claro está. Pero para la mayor parte de los políticos, hay una estructura elaborada que sostiene la agenda. En el caso de Trump, esto no está articulado de manera precisa, él vive el momento y actúa en función de su percepción de las oportunidades y los peligros. Este presidente no actúa en el mismo terreno que los otros políticos.

Su cálculo está basado en una forma de nacionalismo populista estadounidense. Cree que comprende el interés nacional mejor que los otros. Su visión del sistema internacional es sumamente distinto a toda teoría política. Lo que él ha comprendido mucho antes que los otros, es que la coalición republicana, que había prevalecido desde 1981 hasta el final del mandato de George W. Bush, ya no funciona. Reagan había definido una crítica del capitalismo regulado, denunciando su clientelismo. Era necesario, afirmaba, volver a la «verdadera idea estadounidense» del mercado sin obstáculos. El otro pilar de Reagan era que los estadounidenses no creían lo suficiente en el «excepcionalismo», en el hecho de que Estados Unidos podía ganar la guerra fría.

«La ideología estadounidense» era considerada como «la» respuesta a las decepciones de los años 70. El hecho de que la URSS se hundiera al mismo tiempo que la economía (estadounidense, ndr) se recuperaba dio un peso enorme a este díptico. Los republicanos, a partir de entonces, hicieron de la alianza de los librecambistas globalistas y los neoconservadores intervencionistas la base de su credo durante treinta años. Reagan se garantizó el apoyo del electorado nacionalista populista, que yo llamo electorado jacksoniano (en referencia al presidente Andrew Jackson), proclamando que Estados Unidos era grande y debía combatir la amenaza comunista. Pero los jacksonianos nunca han estado interesados en la idea de gastar el dinero del contribuyente estadounidense en la reforma de países lejanos como Kazajistán.

La decepción creada por los acuerdos de libre intercambio, la idea de que China se aprovechaba de la ingenuidad estadounidense, el hecho de que los ingresos reales se hundían, todo ello aceleró una revaluación importante; revaluación que se pospuso debido a los ataques del 11-S, que mantuvieron la unión entre los nacionalistas y los neoconservadores. Pero, desde 2008, los estadounidenses han perdido toda la confianza en su capacidad de democratizar el mundo.

Lo que es sorprendente es que se ha necesitado a Trump para dar un golpe decisivo a estas vacas sagradas ideológicas.

El instinto de Trump le ha hecho ver lo que los líderes republicanos y demócratas no veían en virtud de su pensamiento dogmático y su renuncia al pragmatismo, que es la fuerza de Estados Unidos. ¡Esto se debe a que los líderes públicos pasan los 25 primeros años de su vida en la escuela! ¡Quedarse sentados escuchando a un profesor puede no ser el mejor modo de prepararse para la política y el liderazgo! La izquierda no había medido hasta qué punto el consenso definido por Clinton había perdido su atractivo. Si se unen los votos a Trump y Sanders, el resultado es una mayoría de estadounidenses que han roto claramente con la ortodoxia de las generaciones anteriores. El hecho de que, a pesar de todo lo que ha pasado durante estos cuatro años, Trump siga teniendo el 42-43% de apoyo dice mucho sobre la calidad de su intuición. Él ha puesto el dedo sobre algo muy real. Su capacidad de mantener este apoyo, durante años tumultuosos y a pesar de una pandemia que ha llevado a una depresión económica, demuestra que quienes le subestiman se equivocan profundamente. Esto no quiere decir necesariamente que gane en noviembre. Pero sería totalmente erróneo no ver en Trump una fuerza política formidable.

¿Cuál es su opinión sobre la voluntad, casi religiosa, de convertir a Trump en el diablo y, al otro lado, en el bien?

Esta actitud es el resultado, tanto en Estados Unidos como en Europa, de vincularse a la idea de una profesionalización del gobierno y el orden administrativo. Nuestras élites están convencidas de que es necesario tener, a la cabeza de los gobiernos, directores ejecutivos progresistas e ilustrados que toman sus decisiones basándose en cálculos racionales y reglas escrupulosamente definidas. Pero Trump no cree en nada de todo esto. Nunca ha trabajado en el ámbito de la burocracia. Es dueño de una empresa familiar. No ha sido socializado por lo que la mayoría de los hombres del sistema juzgan ser la única forma evidente y éticamente aceptable de liderazgo. Su estilo político recuerda al empleado en el siglo XIX en las maquinarias políticas de las grandes ciudades. En esa época, a los hombres políticos que poblaban Tammany Hall (la organización demócrata que controlaba la alcaldía de Nueva York) les importaba un bledo saber si lo que estaban diciendo era verdad. Lo que querían era empujar a la gente a votar por ellos. Trump es, por tanto, la irrupción de una vuelta a una forma de política a la manera del siglo XIX, anterior al Estado administrativo.

¿Está usted seguro que hay que remontarse al siglo XIX? ¿Qué pasa con los criterios de «buena educación política» de Nixon, por ejemplo?

Nixon tenía un sentido de lo que era deshonroso y lo que no lo era. En privado era crudo y directo, pero cuando llevaba a cabo su función, sabía que tenía que ir con camisa y corbata, ser un caballero. Tal vez sea esto lo que hizo que perdiera. Si hubiera estado en su lugar, ¡Trump probablemente habría quemado las famosas cassettes (del Watergate) sobre el césped de la Casa Blanca! Nixon hizo algo ilegal, pero en su defensa tenemos que reconocer que enseguida se conformó a las leyes del sistema. Lo que aterroriza a las personas, no sin razón, es que Trump se burla de todas las reglas.

¿Hasta qué punto cree usted que Trump podría llegar en su desprecio de las reglas y las costumbres? ¿Ha socavado la función presidencial?

Creo que estamos en un momento peligroso de la historia estadounidense y mundial. Pero no pienso que Trump sea la causa de este peligro; es más bien el síntoma. Si no hubiera habido algo profundamente problemático en el statu quo anterior a Trump, ¡él no habría sido elegido presidente! Sí, me inquieta la dirección que se está tomando. Creo que los precedentes que Trump establece, su no respeto a la ley y los códigos, no son buenos y podrían agravar las cosas. Pero el hecho es que la sociedad está a punto de cambiar profundamente. La revolución de la información se muestra menos disruptiva que la revolución industrial del siglo XIX, durante la cual todo cambió: el Estado, la familia, las organizaciones religiosas, la empresa. ¡Fue una transformación que no fue suave y pacífica! Lo que hemos conocido a partir de 1945 ha sido una sociedad industrial que llegó a su madurez, que generaba presiones y problemas. Pero la revolución de la información nos devuelve a la situación de los años 1850-1860. La esperanza según la cual podremos atravesar esta gigantesca transformación sin sobresaltos es utópica. Hemos dejado atrás una era histórica tranquila por un periodo de tormenta. Trump es el signo precursor.

¿Le considera racista?

La palabra racista está dotada de una carga emocional enorme, pero sin una definición aceptada por todos. Yo la manejo con gran prudencia. ¿Forma parte Trump del movimiento antirracista que vemos surgir? ¡Claramente no! Cuando Trump habla a un negro que es un profesional declarado, ¿lo considera inferior a un blanco? Creo igualmente que no. Nadie con una visión así podría sobrevivir en Nueva York, y Trump no sería diferente. Pero las políticas identitarias siempre han tenido una importancia crucial en Estados Unidos. Hace cien años, cuando las personas preguntaban por qué no había socialismo en Estados Unidos, la respuesta era que en Estados Unidos la identidad es más importante que la clase social. Y sigue siendo así.

La base blanca y pobre de Trump y la base afroamericana tienen más en común, en términos de intereses, que los otros grupos. Pero políticamente están muy separadas. La base de Trump tiene una cierta identidad. No estoy de acuerdo con quienes dicen que se trata de una base supremacista blanca, pero sus raíces se remontan a un tiempo en el cual era normal un racismo explícito en este grupo. Esto ya no es así, pero está claro que Trump es capaz de jugar la carta racial de manera bastante cínica si le es útil. No olvidemos que los demócratas también juegan la carta racial cínicamente cuando les es cómodo. La movilización de los electores, a través de las políticas identitarias, forma parte del juego democrático de Estados Unidos.

¿Trump no ha intentado una amplia apertura a los electores negros para destruir esta política de las identidades?

Trump no cree en las lealtades raciales o étnicas. No cree que todos los árabes son fanáticos anti-Israel. No cree que a los afroamericanos los define su raza, y lo mismo piensa respecto a los blancos. No cree que el color de la piel dice todo de una persona. Es un cínico sobre la naturaleza humana en general. Cree que las pasiones pueden movilizar a los grupos, pero que los individuos siguen siendo individuos. Recientemente he visto una encuesta que decía que el 23% de los hombres negros apoyan a Trump.

¿La intuición de Trump de duplicar su presencia en las comunidades negra e hispana puede revolucionar la elección y crear una enorme sorpresa en noviembre?

Trump ya obtuvo un mejor resultado que Romney en 2016 en la comunidad negra, y más aún en la hispana. Los sentimientos antiinmigración son muy fuertes en las clases populares, en competencia con los inmigrantes. Mientras hablamos, Trump claramente no es el favorito. Pero no se excluye que su intuición le lleva a la victoria.

Cuando se habla de Trump, se evoca el rechazo a la globalización, la vuelta al Estado nación… Pero en el voto a Trump hay también un aspecto cultural fundamental, el rechazo a la corrección política que ha invadido las universidades y los medios de comunicación.

Este elemento está vinculado a la lucha de clases entre la clase dirigente educada de la que he hablado antes y el pueblo común. La idea, al principio, era que esta clase limitaría el poder de los plutócratas y las corporaciones. Pero hay una revuelta contra el poder administrativo. Por una parte, la globalización no puede ser gestionada fácilmente por las élites administrativas nacionales y, por la otra, el ciudadano simple cada vez tolera menos ser dirigido por estas élites. Hace  unos decenios, los emigrantes polacos que no hablaban inglés y los campesinos del Midwest sin puntos de referencia se instalaban en las ciudades y aceptaban ser guiados en un mundo en el que se sentían desamparados.

Hoy, el punto de referencia es Google más que el médico, el profesor o el gobernante. Las personas consideran que ya no necesitan élites bien intencionadas. Pero los burócratas en cuestión no se quedan parados sin hacer nada. Su identidad, su modo de vida y sus profundas convicciones les llevan a pensar que, sin ellos, el mundo se hundirá en el caos, por lo que lucharán con uñas y dientes, especialmente en este periodo de pandemia y de cambio climático con efectos potencialmente apocalípticos, porque creen que ellos son realmente la única manera de gobernar el mundo.

En el caso de la izquierda, no se trata solo de gestionar el gobierno, sino de purificar el pasado estadounidense de sus pecados; es decir, se trata de una cruzada ideológica para redefinir las bases de la República. ¿Puede tener Trump un papel en esta cruzada poniéndose como escudo de los valores estadounidenses?

Lo intenta. Veremos si funciona. Claramente, los demócratas están nerviosos por las consecuencias políticas de las revueltas raciales. Pero las cosas se mueven deprisa. Ciertamente, la cuestión de la identidad y la del significado de la civilización occidental están presentes en esta elección. Pero no debemos olvidar que si la economía se recuperara, la discusión abandonaría la calle. Es fácil sobrestimar los riesgos de la violencia poselección. Lo que yo espero es un resultado claro, sea quien sea el vencedor. Porque esto limitaría el cuestionamiento, incluso si hay mucha cólera.

¿Biden y Harris son una respuesta convincente para la tormenta que usted describe?

No lo sé, tampoco ellos lo saben. ¿Cómo responderán a los ataques de Trump? ¿Qué parte tendrán los acontecimientos del exterior? ¿China atacará Taiwán? ¿El Covid mutará hacia un versión más mortal? Todas estas cuestiones muestran que de todas las elecciones recientes, esta es la más imprevisible.

Publicado por Laure Mandeville en Le Figaro.

Traducido por Verbum Caro para La Gaceta.

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