Bruselas no se esconde

EDITORIAL
VOX españolidad Ceuta Melilla Inmigrantes ilegales asaltan la valla de Melilla. TWITTER

Para el pensamiento crítico, entregarse a la duda es esencial, aunque no sea placentero. Por eso, no pocas veces, cualquier español formado se ven en la obligación de dudar de algo que los soberanistas repetimos con machacona insistencia: que el consenso que manda en Bruselas y al que la Europa de las naciones no está invitada, quiere imponer una agenda globalista. Esa duda es normal. La educación recibida y el impacto constante de los grandes medios de comunicación nos condiciona para que creamos —que ya es cuestión de fe—, que las instituciones europeas son faros en la noche que buscan siempre el bien de los europeos.

También es cierto que en la duda se vive con un cierto confort. Una comodidad que desaparece en cuanto la sospecha se convierte en certeza.

Hoy sabemos, gracias a la información publicada en La Gaceta de la Iberosfera por Rebeca Crespo, que el ex director de la Agencia Europea de la Guardia de Fronteras y Costas (Frontex), Fabrice Leggeri, dimitió después de años de acusaciones y señalamientos por parte de Bruselas por cumplir con la misión encomendada, que no era otra que la de controlar las fronteras de la UE, amparar la decisión soberana de ciertas naciones de no permitir la inmigración ilegal, y señalar a las ONG que colaboran con las mafias que trafican con el drama de los inmigrantes ilegales. Lo repetimos: el director de Frontex dimitió por cumplir con su trabajo.

Esta es la realidad que, por desgracia, sospechábamos. La verdad de los deseos de Bruselas de imponer a las naciones unos pretendidos derechos de los inmigrantes ilegales y abandonar la defensa de las fronteras de la Unión en beneficio del globalismo que busca la disolución de Europa.

La certeza de que Bruselas es un agente enemigo de la soberanía de las naciones, de su identidad y de los derechos de los europeos y de los inmigrantes legales que en ellas habitan, es incómoda. Mucho más que la duda. Pero la verdad también nos hace libres para comprender por qué decenas de millones de europeos a lo largo del Mediterráneo —España, Francia e Italia— y de las fronteras orientales de la UE —Polonia, Eslovaquia, Hungría…— se alinean con movimientos de reacción que buscan devolver a los burócratas globalistas bruselenses a la senda de la Europa de las naciones.

Es decir, a la senda de la idea primigenia; a la gran idea de crear una unión de soberanías e identidades de naciones europeas con siglos de Historia que, juntas, pero sin revoltijos absurdos, aspiran a que sus sociedades sean más prósperas y sin perder de vista la defensa esencial de la Civilización Occidental, faro del mundo libre. Justo lo que parecía que tenía que ser (duda) Frontex y hoy ya sabemos que no es.

A esos que jamás se han paseado al atardecer por un barrio multicultural de París, ni han vivido un asalto a la valla de Ceuta, ni han visto un muelle canario lleno de ilegales varones en edad militar, ni viven al lado de un centro de menas, ni han repartido mantas en Lampedusa, ni tienen una segunda residencia en la frontera entre Polonia y Bielorrusia, ni tienen problemas para circular con su coche blindado lleno de escoltas por la ciudad sueca de Malmö, ni parecen tener intención de hablar con los gobiernos socialdemócratas nórdicos sobre el fracaso de la integración musulmana… a esos, a los Van der Leyen y compañía, incluidos los directores de los medios rendidos al globalismo, lo de que el director de Frontex dimita por hacer su trabajo, les parece perfecto. Y es comprensible. Al que le tiene que parecer mal es al lector de La Gaceta de la Iberosfera.

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