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La pequeñez de Almeida

EDITORIAL

Hace poco más de una semana, el secretario general del Partido Popular, Teodoro García Egea, realizaba un elogiable ejercicio de rigor histórico al reconocer en una entrevista en el ABC la evidencia de que el PP tenía un debe: las incontables promesas electorales incumplidas. Y, añadía la mano derecha de Casado: «eso no puede volver a ocurrir». La declaración es meritoria por lo que parecía, insistimos, parecía tener de dolor de los pecados y propósito de enmienda. No hay quien dude hoy de que las promesas incumplidas por el PP, sobre todo las que tienen que ver con la rectificación de las nefastas políticas de la izquierda, son parte esencial del desastre en el que malvive esta España fraccionada, empobrecida, semivacunada, renovable y enloquecida.

Cada promesa electoral incumplida, cada una de las decenas de compromisos adquiridos y traicionados por el PP al recibir el voto de millones de españoles, han funcionado como los interruptores que accionaba el ayudante cheposo del doctor Frankenstein para resucitar a un monstruo cosido con partes muertas como el comunismo, el terror nacionalista y el separatismo del 3 al 6% y gobernado por un cerebro anormal socialista como el de Sánchez.

Ha bastado una semana tras las declaraciones de García Egea, valerosas por cuanto tenían de benéfico examen de conciencia, para que otro de los hombres del presidente Casado, el alcalde de Madrid y portavoz nacional del PP, José Luis Martínez Almeida, haya incumplido su principal promesa electoral, la eliminación de Madrid Central que, con la excusa de la contaminación, transformó a Madrid, al corazón de la Villa, en una ciudad antipática, abusiva y discriminatoria, que son las señas de identidad del socialcomunismo. El mismo socialcomunismo que llegó a ordenar que la gente marchara por ciertas calles peatonales sólo en una dirección como ovejas en la trashumancia. Una norma que el PP no ha eliminado.

Almeida, que parecía que sí, pero que ha sido que no, ha incumplido, repetimos, ha incumplido de manera absoluta su principal promesa electoral con la que empapeló en campaña las marquesinas de todo Madrid, y lo ha hecho con el auxilio de cuatro votos cuanto menos irregulares de esa izquierda.

Hay decenas de motivos para eliminar Madrid Central, pero sólo uno es el esencial: que fue un pacto al que llegó el Partido Popular con sus votantes madrileños. Un pacto escrito en cada una de las vallas de publicidad compradas con dinero de los contribuyentes que con el rostro afable del castizo y colchonero alcalde prometía lo que ayer incumplió. Un pacto también suscrito con Javier Ortega Smith, secretario general de VOX y cabeza de lista del partido de Santiago Abascal en Madrid, que a cambio de sus votos recibió también las garantías del Partido Popular de que la gran promesa electoral se cumpliría.

Con este engaño a sus votantes y a VOX, su socio de investidura, el Partido Popular vuelve de nuevo a clavar el aguijón a la rana que, con ingenua generosidad, se aviene a cruzarle a la otra orilla. Queda claro, otra vez, y van mil, que el Partido Popular no puede evitar incumplir sus promesas electorales porque está en su naturaleza. Una naturaleza de ‘moderación’ que es el nombre bajo el que oculta su profunda atracción por la izquierda. Esa misma izquierda que si un día vuelve a gobernar Madrid para perjuicio de todos los madrileños, lo hará gracias a las promesas incumplidas del Partido Popular. Es decir, gracias a su pequeñez. No de estatura, sino de convicciones.

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