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Un sinsentido de Estado

EDITORIAL
El líder del PP, Pablo Casado, en una rueda de prensa en Madrid. EUROPA PRESS

A estas alturas de la legislatura, sólo un español que viva enchufado o con paguita puede defender que el socialismo de corte sanchista, heredero predilecto del zapaterismo, no es un enemigo de esa inmensa mayoría de ciudadanos normales que sólo quieren vivir, prosperar y cuidar de su familia sin imposiciones ideológicas. No hace falta escribir, de nuevo, la lista ya interminable de hechos que confirman que el PSOE de Sánchez sólo es una banda de incompetentes ideologizados que gobierna en compañía de enemigos de la nación. Y a una banda de incompetentes se la combate, no se la legitima. Por eso, no acabamos de explicarnos cómo es posible que el Partido Popular haya pactado un acuerdo de renovación de una serie de instituciones esenciales que no sólo arbitran, sino que se han demostrado como una parte vital de los instrumentos defensivos de la nación española.

Es cierto que la Historia reciente nos advierte con decenas de ejemplos de esa desgraciada inclinación del Partido Popular a recorrer el camino de la oposición de seda en guante de tafetán con abandono de los principios y valores de la mayoría de sus votantes. La confianza de los arriolistas —que por lo que parece jamás se marcharon del PP— en que los españoles renovarán su confianza en sus méritos como mero partido de gestión de la cosa pública es un sinsentido de Estado que ha logrado desplazar el centro político hacia la izquierda con las consecuencias nefastas que hoy ve hasta un niño de secundaria cuando, por ejemplo, le señalan con dinero público como un machista represor por el hecho de ser varón.

En más ocasiones de las que nos hubiera gustado, hemos mostrado desde este periódico los indicios sólidos de que el PP de su actual líder, Pablo Casado, fía su llegada a La Moncloa a la supervivencia del bipartidismo. Es decir, a la supervivencia de los dos partidos hegemónicos con desprecio de la primacía del Estado de Derecho, de la igualdad de los españoles y de su seguridad. O sea: de los principios que el sanchismo dinamita día tras día con obstinada estupidez.

Pactar con el socialismo es un error documentado en los países hermanos de la Iberosfera. Jamás sale bien. Por mencionar sólo algunos contemporáneos, el todavía líder del Partido Popular debería probar a hablar con el chileno Sebastián Piñera, hundido en las encuestas, el argentino Mauricio Macri, sometido al kirchnerismo, o con Jeanine Áñez, si es que logra comunicarse con la prisión donde el socialismo del menorero Evo Morales tiene presa a la expresidente boliviana.

Las opiniones son libres, pero los hechos son tozudos. Sólo cabe el combate contra el inútil y pernicioso socialismo. Que el centro-centradismo en el que chapotea feliz y despreocupado el actual secretario general del PP, Teodoro Garcia Egea, pacte con el socialismo desde una posición de debilidad y sumisión la renovación de instituciones claves como el Tribunal Constitucional o el Tribunal de Cuentas, sólo puede ser una mala operación en la que los populares tienen poco que ganar y España, mucho que perder

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