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¡Viva Cuba Libre!

EDITORIAL

El viejo dicho, por desgracia tantas veces desmentido, de que no hay mal que por bien no venga (véase Sánchez), ha recuperado parte de su valor hoy en Cuba. La pandemia de coronavirus ha destrozado los ingresos turísticos del paraíso comunista y ha llevado a la isla a una crisis económica como no se recordaba desde los años 90. Si a eso se le une que Venezuela, colapsada por la desesperante negligencia e incapacidad de Maduro, ya no es capaz de proporcionar al castrismo un abastecimiento constante de petróleo a cambio de caraotas podridas, y si le unimos la lentitud mental del presidente Joe Biden a la hora de cumplir su promesa electoral de revertir la política de mano dura de Trump con las dictaduras comunistas, el escenario —desabastecimiento, inflación y aislamiento— es perfecto para que los cubanos que ansían la libertad después de casi siete décadas de opresión se alcen contra la maquinaria del régimen criminal castrista.

Los intentos desesperados anunciados hace meses por el presidente-dictador Díaz-Canel de comenzar una tímida apertura económica, no han llegado al plato de los cubanos y hoy, desde Artemisa a La Habana vieja; desde Alquízar a Palma Soriano; desde Santiago a Guantánamo, decenas de miles de cubanos han salido a las calles al grito de «¡No tenemos miedo!». En lo esencial, ese grito no es cierto. Al comunismo hay que tenerle miedo. Otra cosa es sobreponerse a él, que es lo que hacen los héroes por la causa de la libertad.

Por desgracia y por rigor histórico, hablar del Gobierno cubano es hablar de un régimen criminal que ha demostrado siempre su compromiso con la causa del terror comunista con desprecio de su pueblo y que mata, tortura, encarcela o empuja al exilio o al estómago de un escualo a cualquiera que se atreva a levantar la cabeza y pida, aunque sea con timidez, libertad. Esta no será una excepción. Sin embargo, las más de 200 prisiones cubanas —apenas 14 cuando Fidel Castro y sus secuaces bajaron de Sierra Maestra— serán insuficientes si el levantamiento popular contra la dictadura es masivo. Pero para eso, la primera exigencia es que los organismos internacionales y los Gobiernos de las democracias —los que merezcan tal nombre—, no le den la espalda al pueblo cubano como han hecho tantas otras veces con el pueblo venezolano o el nicaragüense. Hoy sabremos de qué madera —si de alcornoque o de boj— está hecho el nuevo ministro de Asuntos Exteriores español, José Manuel Albares.

Mucho pedir, lo sabemos. No somos tan ingenuos. Pero es el momento. Quizá —recuerden Tiananmén, 1989— no haya jamás otro.

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