«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Entrevista al concejal de VOX en Alcalá de Henares y autor de 'La Dictadura del Lenguaje'

Antonio Peñalver: «La Agenda 2030 introduce un vocabulario que reinterpreta identidad, tradición, familia o educación desde una lógica globalista»

El autor de 'La Dictadura del Lenguaje', Antonio Peñalver. LA GACETA

El concejal de Desarrollo Económico y Empleo de Alcalá de Henares, Antonio Peñalver, atiende a LA GACETA tras la publicación de su libro La Dictadura del Lenguaje, en el que señala hoy en las democracias occidentales se libra una batalla silenciosa «por el control del pensamiento».

Usted sostiene que el lenguaje es hoy el principal campo de batalla político. ¿En qué momento cree que Occidente dejó de disputar ese terreno?

Occidente dejó de disputar el lenguaje cuando asumió que era un instrumento neutral y no un vector de poder cultural. En el momento en que se aceptó que las palabras podían redefinirse desde instancias políticas, académicas o mediáticas sin resistencia intelectual, se abrió la puerta a una batalla asimétrica. Mientras unos entendieron que quien controla el lenguaje controla la percepción de la realidad, otros se refugiaron en la falsa idea de que los hechos se imponen por sí solos. Ese abandono ha permitido que hoy no se discuta tanto qué es verdad, sino qué se puede decir sin ser penalizado socialmente.

En el libro identifica 168 términos reconfigurados por las corrientes progresistas, el globalismo o el movimiento woke. ¿Por qué es peligrosa esta reconfiguración?

Porque no es una evolución natural del idioma, sino una ingeniería semántica deliberada. Conceptos como inclusión, justicia social o sostenibilidad dejan de describir realidades para convertirse en herramientas de control moral. Esta reconfiguración estrecha el marco mental del ciudadano, condiciona su juicio y convierte el disenso en sospecha ética. Cuando las palabras ya incluyen una carga ideológica cerrada, el debate democrático se sustituye por la adhesión obligatoria a una nueva ortodoxia.

¿Qué responsabilidad tienen las élites en la difusión de este nuevo lenguaje y en la imposición de una moral pública uniforme?

Las élites desempeñan un papel clave. Desde la política, la educación, los medios de comunicación y las grandes corporaciones se ha normalizado un lenguaje que no surge de la sociedad, sino que se impone sobre ella. Al adoptar y difundir este vocabulario como signo de respetabilidad moral, las élites convierten el lenguaje en un filtro de aceptación social. No se busca convencer, sino disciplinar. Y así se consolida una moral pública uniforme que silencia la diversidad real de pensamiento.

En su tesis, la Agenda 2030 aparece como un proyecto que altera profundamente la cosmovisión occidental. ¿Qué supone esta agenda para los españoles?

Más que un conjunto de objetivos técnicos, la Agenda 2030 funciona como un marco ideológico global que redefine prioridades, valores y lenguaje. Para los españoles, el riesgo no está en los fines declarados, sino en el método: la sustitución del debate político por consignas morales y de la soberanía cultural por indicadores tecnocráticos. Se introduce un vocabulario que reinterpreta identidad, tradición, familia o educación desde una lógica globalista que tiende a desarraigar y homogeneizar.

Usted subraya que el movimiento woke ha logrado instalar un vocabulario que condiciona la percepción del mundo. ¿Qué se debe hacer para combatirlo y que pierda influencia?

Lo primero es recuperar el sentido auténtico de las palabras y perder el miedo a usarlas con precisión. Lo segundo, rechazar marcos lingüísticos que ya contienen una condena implícita del discrepante. Y lo tercero, reconstruir espacios culturales —educación, pensamiento, medios— donde se fomente el pensamiento crítico y no la repetición de consignas. Combatir el wokismo no es imponer otro dogma, sino devolver al lenguaje su función de comprender la realidad, no de censurarla.

Dice que Occidente está perdiendo la capacidad de integrar razón, fe y tradición. ¿De qué manera el nuevo lenguaje contribuye a esa erosión cultural e identitaria?

El nuevo lenguaje fragmenta lo que históricamente estaba integrado. La razón se reduce a narrativa subjetiva, la fe se relega al ámbito privado y la tradición se presenta como una herencia sospechosa. Al redefinir estos pilares como problemas y no como fuentes de sentido, se rompe la continuidad cultural entre generaciones. El resultado es una sociedad más vulnerable, sin referencias trascendentes, fácilmente moldeable por discursos que privilegian lo inmediato, lo material y lo global frente a lo humano y lo cultural.

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