Un informe que perfila la Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos ha concluido que Europa podría ser «irreconocible» en un plazo de veinte años o incluso menos. El texto advierte de que el continente afronta una transformación demográfica acelerada, marcada por el aumento de la inmigración y por el desplome de la natalidad entre la población autóctona.
El informe sostiene que el Viejo Continente se enfrenta a un cambio de gran alcance que afectará a su composición social, cultural y política. Según esa lectura, los flujos migratorios masivos, unidos a unas tasas de fertilidad muy bajas, están modificando con rapidez el perfil demográfico europeo.
La tesis ha reabierto el debate sobre el gran reemplazo, una expresión utilizada por la derecha soberanista para defender que las poblaciones europeas blancas y cristianas están siendo sustituidas por comunidades procedentes de otros continentes, especialmente musulmanas. De hecho, los propios demógrafos sí constatan una transformación profunda de las sociedades occidentales.
Los datos reflejan que el cambio demográfico es real. En Estados Unidos, la población blanca descendió por primera vez entre 2010 y 2020, al pasar de 223,6 millones a 204,3 millones de personas. En paralelo, aumentó el peso de otros grupos, y los analistas del censo prevén que en 2044 el conjunto de minorías supere a los blancos en peso poblacional.
En Europa, ese escenario sólo parece cercano en Reino Unido, donde podría producirse hacia 2060. En la mayor parte del continente, de mantenerse las tendencias actuales, ese posible sorpasso demográfico no llegaría hasta después de 2100.
El crecimiento de la población extranjera, sin embargo, ya es evidente. Según el último informe del Centro para la Investigación y el Análisis de la Migración de Rockwool Foundation Berlin, el número de inmigrantes residentes en la Unión Europea alcanzó el año pasado los 64,2 millones, 24,2 millones más que hace quince años.
Las estadísticas comunitarias también muestran el aumento de la población nacida fuera de la UE. Eurostat sitúa esa cifra en 46,7 millones de personas, el 10,4% de los habitantes del bloque. En algunos países pequeños, como Liechtenstein o Luxemburgo, los nacidos en el extranjero ya son mayoría o se sitúan cerca de ella, con porcentajes del 70,2% y del 51,5%, respectivamente.
España ocupa un lugar destacado en este proceso. El Instituto Nacional de Estadística señala que el 24,4% de los más de 10 millones de residentes nacidos en el extranjero llegó al país entre 2023 y 2024. Además, en 2024 España fue el Estado de la Unión Europea que más inmigrantes recibió, con 1,21 millones de llegadas.
La regularización masiva puesta en marcha en España ha intensificado el debate. En apenas un mes se registraron cerca de 550.000 solicitudes. Para María Miyar, doctora en Sociología y coautora de un informe de Funcas sobre inmigración y demografía, esta dinámica refleja una política migratoria basada en «dejar hacer», sin una planificación clara de los flujos, los perfiles profesionales o los sectores de destino.
El debate político se ha endurecido también en otros países europeos. En Francia, el ministro de Justicia, Gérald Darmanin, ha defendido que el flujo migratorio resulta «inasumible» y ha planteado una moratoria de tres años, incluida la inmigración legal. En Suiza, la población vota en referéndum una propuesta para limitar el número de habitantes a diez millones. La Unión Europea, por su parte, ha avalado la creación de centros de detención de inmigrantes en terceros países.
El fenómeno migratorio coincide con otro cambio de fondo: la caída de la natalidad. En España, la tasa de fertilidad ha pasado de 2,7 hijos por mujer al inicio de la democracia a alrededor de 1,2 en la actualidad, muy por debajo del nivel de reemplazo poblacional, situado en 2,1. La media europea se encuentra en torno a 1,4.
Esta combinación de baja natalidad, envejecimiento e incremento de la inmigración plantea desafíos de gran calado para el Estado del Bienestar. La llegada de población extranjera puede aliviar tensiones laborales y demográficas, pero también abre interrogantes sobre integración, cohesión social, servicios públicos e identidad cultural.
Alemania refleja con claridad el alcance de esa transformación. Según los datos oficiales de Destatis, cerca del 43% de los menores de 16 años tiene ya origen inmigrante, ya sea por nacionalidad extranjera, por haber nacido fuera del país o por tener al menos un progenitor nacido en el extranjero. En ciudades como Frankfurt o Augsburgo, ese porcentaje supera el 70%.
Los expertos advierten de que la discusión no puede reducirse a consignas. Algunos investigadores sostienen que la inmigración responde a dinámicas económicas globales y a la demanda de mano de obra en sociedades envejecidas. Otros alertan de que Europa ha evitado durante años un debate sereno sobre los límites, el modelo de integración y la capacidad real de absorción.
La conclusión del documento estadounidense ha dado una nueva dimensión política a esta discusión. Europa ya está cambiando a gran velocidad y el debate gira ahora en torno a si esa transformación será gestionada con planificación, control e integración o si continuará avanzando sin una estrategia común capaz de responder a uno de los mayores retos demográficos del siglo.