Javier Benegas: ‘Vindicar es recuperar aquello que nos pertenece, recuperarnos a nosotros mismos’

ENTREVISTA AL AUTOR DE 'VINDICACIÓN'

Después del éxito de ‘La ideología invisible’, Javier Benegas publica Vindicación para desmontar una a una todas las excusas a las que nos acogemos para delegar nuestra salvación en la sociedad -como si no formáramos parte de ella-, o en el Estado. El autor apela de forma directa a la persona a tomar las riendas de su propia vida y a ser parte activa en la resolución de los problemas sin el recurso del victimismo ni el amparo de los colectivos de moda donde diluir su responsabilidad personal y fundirse en el cómodo anonimato. 

‘Vindicación’ es un libro necesario para sacudir la pereza mental e imprescindible como llamada a la madurez individual comprometida no tanto en empresas de dimensiones colosales, sino en cambiar lo que tiene su alcance.

P: —¿Qué es vindicación?

R: —En el primer libro, parte de esta serie, –La ideología invisible– hablaba de los efectos de determinadas ideologías o particularismos que intentan controlar y dirigir nuestras vidas. Vindicación es la segunda parte de la ecuación. Es un libro que habla a la persona, que la pone en el contexto de este mundo de corrección política, de ismos y, a la vez, apela también a un fenómeno importante, que es cómo nos hemos debilitado. Tenemos que mirar también a nosotros mismos, no sólo a los enemigos externos y entender que somos parte importante de esa ecuación y tenemos mucho que hacer y que decir. Vindicar es recuperar aquello que nos pertenece, recuperarnos a nosotros mismos.

«Podemos ser optimistas, pero el optimismo requiere compromiso»

En su libro usted habla de tú a tú al lector, apela a su actitud personal ante el mundo que le rodea.

—Una de las ideas de fondo del libro es que tiene que ver con la percepción de la realidad. Hay una tendencia muy fuerte a convertir nuestros problemas personales en cuestiones sociales. Todo aquello que nos pasa lo englobamos en una especie de causa general contra la sociedad. Esto lo aprovechan muy bien muchos ideólogos, políticos y activistas para convertir nuestras pequeñas o grandes frustraciones y nuestros problemas cotidianos en causas generales que tienen que ver con una sociedad a la que se demoniza constantemente desde esos colectivos.

Es cierto que constantemente oímos hablar mucho de colectivos y poco de personas. 

—Eso es algo de lo que trata también el libro, se habla de entes colectivos, de absolutos, de la humanidad, de la sociedad, de cualquier ente abstracto en el que las personas no son más que datos agregados. Somos simples piezas que encajan a martillazos dentro de supuestas teorías que construyen políticas públicas que tienen mucho de, además de una pedagogía horrible y asfixiante, autoritarismo paternalista.

El libro comienza hablando de la I Guerra Mundial, en la que subyace un enfrentamiento entre el liberalismo clásico y el romanticismo, como punto de partida del gran cambio que se produce en el sigo XX.

—Fue una lucha entre una forma de entender y vivir el mundo secular y tradicional y un movimiento transgresor -el liberalismo clásico, que no hay que confundir con el liberalismo que hoy conocemos – que iba en contra del viejo régimen porque buscaba mayor libertad y acabar con la sociedad estamental. 

«La Agenda 2030 es un ejemplo de cómo se juega a ser futurólogos. Es la locura de los expertos que ni siquiera saben qué va a ocurrir el año que viene»

¿Hubo un claro ganador en la contienda en el ámbito ideológico?

—Al final en esa gran confrontación no gana ni una ni otra, lo que nos encontramos después de las dos grandes guerras, sobre todo después de la primera, es el surgimiento del Gran Gobierno. Una concepción nueva en la que los estados se convierten en grandísimos gobiernos con más competencias, más poder y más capacidad para limitar y planificar nuestro futuro, aunque se equivoquen constantemente.

Hoy estamos en el epítome de todo esto, en la idea de que, mediante el Gran gobierno, podemos luchar contra cosas extraordinarias. Un ejemplo es el cambio climático; hablamos de ello como si pudiéramos cambiar el destino, determinar el futuro, dando por hecho que en el horizonte se vislumbra con claridad un apocalipsis que se ha sintetizado en la acción del hombre sobre el planeta. Creer que controlando la vida de las personas podemos cambiar el destino es una idea peligrosa que sólo puede asentarse bajo el principio del Gran Gobierno. Ese gobierno de sabios, técnicos y expertos que son capaces de prever el futuro.

¿Qué papel tiene la persona individual ante esta situación?

—La persona, en contraposición al Gran Gobierno, no es nada. Nos han inculcado la sensación de que somos seres incapaces de hacer nada por sí mismos. Que no sólo nuestras decisiones particulares son inútiles, sino que incluso son peligrosas para nosotros y para los demás.

Resulta especialmente llamativo su crítica sobre la inexistente disposición de las personas a sacrificar absolutamente nada para cambiar la sociedad. 

—Hay una resistencia enorme a cualquier tipo de sacrificio y compromiso. Ese es otro de los problemas de los tiempos que estamos viviendo. Hay muchas declaraciones grandilocuentes, incluso personas que hablan de luchar y combatir, pero mucho me temo que a la hora de la verdad se delega en la sociedad en general para que busque soluciones o sea responsable de nuestros problemas. Nos han inculcado la idea de que nos enfrentamos a desafíos de dimensiones cósmicas. Hablamos del futuro en unos términos absolutos, hay una visión mecanicista de la historia, una especie de gran maquinaria que funciona en base a profecías que se cumplen a sí mismas. Esa visión es incompatible con la realidad y es algo que estamos viendo constantemente. Pretender prever y planificar el futuro es una tarea inútil y peligrosa.

«Hemos perdido la capacidad de resolver nuestros conflictos y en ese sentido somos completamente irresponsable»

Entonces, todos estos planes como la Agenda 2030, 2050, ideologías aparte, ¿son posibles de realizar?

—Cualquier planteamiento que se base en que se pueden planificar el futuro y que el Gran Gobierno mediante las políticas adecuadas, las buenas intenciones y, sobre todo, mediante esa dictadura del bien que puede salvarnos del apocalipsis, es una visión completamente equivocada. El mundo no funciona así. 

La Agenda 2030 o 2050 son un ejemplo de cómo se juega a ser futurólogos. Es la locura de los expertos que creen que pueden prever todo y, al final, ni siquiera saben lo que va a ocurrir al día siguiente.

¿Esta visión apocalíptica del mundo corresponde en exclusiva a la izquierda o ha trascendido ya el eje derecha-izquierda?

—Yo creo que de fondo están los que creen que del mañana nada se sabe y lo importante es que haya personas cada vez mejores, más resistentes, más capaces y preparadas para lo que pueda suceder mañana y que tengan más herramientas a su disposición. Y por otro lado están los que creen que lo hay que hacer es quitar de la ecuación al público y otorgar el poder de definir y moldear el futuro a una élite de expertos y personas convenientemente acreditadas. 

«Nos llenamos la boca con la palabra libertad una y otra vez, pero si llegara el caso, ¿quién estaría dispuesto a morir por la libertad?»

Este afán de crear colectivos de todo tipo, ¿es una manera de eludir nuestra responsabilidad individual?

—Por un lado, somos muy individualistas, pero cuando se trata de dirimir otras cuestiones somos muy colectivistas. Somos irresponsables en el sentido de que no aceptamos ningún tipo de compromiso. Por ejemplo, en la estabilidad de la propia pareja y, en general, las relaciones con los demás. Cuando en la convivencia surgen las primeras cuestiones que nos desagradan tendemos a hacer un mundo de ello y tratamos nuestras relaciones como si fueran un productos de consumo. No aceptamos al otro con todo lo que es. Esta falta de compromiso es otra de las palancas de poder del Gran gobierno. Cualquier conflicto personal se convierte en un conflicto político. Hoy tenemos a los jueces dirimiendo asuntos que hace unos años no serían más que desacuerdos entre personas que se resolvían en el ámbito privado. Ahora cualquier desavenencia acaba en los tribunales. Hemos perdido la capacidad de resolver nuestros conflictos y en ese sentido somos completamente irresponsables. Al poder le interesa que esto sea así.

El tema de la ideología de género ha ayudado mucho a esto, sobre todo en todo lo que se refiere a la mujer.

—Efectivamente, ahora cualquier vulgar grosería o simple falta se convierte en una cosa terrible que acaba en un juzgado. No somos capaces de lidiar con cualquier problema, hasta lo más íntimo es algo que debe ser administrado por el Gran Gobierno. Yo creo que esta falta de responsabilidad y compromiso personal es un mal asunto. A partir de aquí, me hago una pregunta, nos llenamos la boca con la palabra libertad una y otra vez, pero si llegara el caso, ¿quién estaría dispuesto a sacrificarse, a morir por la libertad?

Vivimos en una época en la que la emotividad es el centro de todo. Una emoción inherente al ser humano desde que existe es el odio, ahora hablamos de delitos de odio para referirnos a multitud de cosas.

—Esto no es algo nuevo, la política lleva tiempo tratando de vincular el sentimiento con lo que puede suceder en la sociedad. Nuestro estado de ánimo se ha convertido en una cuestión política, de orden público. Es lo que llamo determinismo emocional, porque para el Gran gobierno nuestro estado de ánimo, nuestros sentimientos se pueden convertir de forma agregada en un problema para la sociedad. 

«En ocasiones, la violencia puede ser legítima, como en el caso de la legítima defensa, que siendo legítima sigue siendo violencia»

¿Es lo que denomina en el libro como sociedad terapéutica?

—Sí, muchos políticos e ideólogos están consiguiendo que las personas se sientan realmente mal, realmente enfermas. Nos vigilan y censuran. Nos meten tanta presión, nos hacen tantas admoniciones sobre éste o aquel sentimiento, idea u opinión que, al final, nos sentimos como personas enfermas. La idea del determinismo emocional, de que lo que al final sucede en la sociedad está determinado por nuestro estado de ánimo particular, es muy corrosiva y peligrosa. 

¿Por qué cree que se ha producido este fenómeno?

—Esto surge a raíz de la II Guerra Mundial con el auge del nazismo. Tras esa terrible experiencia, los propios políticos decidieron vigilar los sentimientos que anidaban en la persona por miedo a que se repitiera algo parecido. Este miedo se ha proyectado hasta el presente y muchas actitudes se han vuelto sospechosas. Ahora se habla de ‘las violencias’. No existen las violencias, existe la violencia. Y en ocasiones, la violencia puede ser legítima, como en el caso de la legítima defensa, que siendo legítima sigue siendo violencia. 

¿Por qué se emplea el plural ahora para hablar de la violencia?

—Es una trampa, se trata de dirimir que hay violencias buenas y malas. Aunque digan que condenan todas las violencias, lo que en realidad quieren decir es que hay unas violencias que tienen fundamento y que en cierto modo son justificables y otras que son malas por definición.

La violencia asociada a un determinado tipo de ideología es mala, pero la violencia asociada a otra ideología es comprensible e incluso justificable.

Dedicas un capítulo a la cultura de la cancelación. Hace poco Twitter canceló la cuenta de un diputado de Vox, Francisco José Contreras, por publicar que un hombre no puede quedar embarazado. Como este ejemplo hay otros muchos, ¿qué buscan con estas actuaciones?

—A las personas nos han quitado nuestra propia identidad personal. Por ejemplo, ser hombre o mujer no es el factor que define a una persona, una persona se construye con infinidad de matices y de cualidades distintas que nos hacen ser lo que somos. Cuando tú consigues eliminar eso, todo lo demás es accesorio. Llegados a este extremo, cuando vas a defender una serie de argumentos que se salen de esa dinámica, del alistamiento en determinado grupo, inmediatamente te consideran una persona peligrosa. Todo lo que apele a romper o cuestionar esos discursos es algo que hay que cancelar. No podemos cuestionar esa dialéctica. Es una locura. La izquierda ha pasado de ser una ideología argumentativa -equivocada a mi juicio- a convertirse en una serie de particularismos e ismos, de cosas muy locas que aparecen una tras otra y que multan con una velocidad pasmosa. No hay quien siga a la izquierda ahora mismo.

«La Unión Europea llega a decir que, en realidad, el sexo es fundamentalmente una construcción social arbitraria»

Pone un ejemplo muy curioso en el libro, cómo Twitter canceló una cuenta por decir que un hombre es un hombre y una mujer es una mujer.

—Esto le sucedió a una periodista británica y bajo los parámetros tradicionales más bien progresista, que dijo que desde el punto de vista biológico un hombre es un hombre y una mujer es una mujer. Que luego esa persona por cuestiones particulares se pueda sentir otra cosa, vale, pero la cuestión biológica no va a desaparecer. En realidad, lo que hay que hacer es separar las cosas, distinguirlas y ordenarlas y no se hace, lo que se hace es cancelarlas. 

Esto ocurre incluso en la Unión Europea que tiene el llamado Instituto por la Igualdad que llega a decir que, en realidad, el sexo es fundamentalmente una construcción social arbitraria.

Entonces, estaríamos ante miles de años de arbitrariedad.

—Exactamente, ahora llegan a decirnos después de miles de años que la distinción sexual es una cuestión arbitraria impuesta por costumbres arbitrarias. 

Ahora el gran problema europeo son Polonia y Hungría porque no aceptan esta ideología.

—Creo que lo que ha triunfado en nuestra civilización es la socialdemocracia. Y la socialdemocracia parte de una serie de ideas y teorías indemostrables que en el fondo imponen un discurso que es en buena medida irracional, aunque se pretenda lo contrario. De hecho, no se puede debatir. La cuestión clave que se oculta detrás de estas trifulcas con Polonia y Hungría es silenciar el debate de fondo: que hay que poner límites a la pedagogía del género. 

No le puedes decir a un niño que el género es algo elegible, que es un constructo social y que un hombre puede elegir ser mujer y una mujer elegir ser un hombre como si el sexo fuera algo tan simple como eso.

«No se puede jugar con los niños y, como ha sucedido en Suecia, al menor síntoma de disforia de género montarlo en el tren de la transexualidad» 

En el libro das datos sobre los casos de disforia de género que en los últimos años se han disparado. 

—Precisamente, el país pionero en esto, Suecia, es el primero que ha echado el freno. Allí empezaron a dar cobertura a la transexualidad hace más de cincuenta años y se han dado cuenta de que no es lo mismo la disforia de género que la transexualidad. La disforia puede coronar en transexualidad efectiva o desaparecer, que es lo que los estudios muestran. Las niñas son más propensas a la disforia. En Estados Unidos hay estudios que dan el dato de un 18% de niñas que pasan por algún episodio de disforia desde el más pequeño al más prolongado. Sin embargo, cuando maduran sexualmente, que es cuando se dan los cambios no sólo fisiológicos sino también cerebrales con la eclosión hormonal, se confirma como transexual el 0,001%. 

Si la disforia de género real es tan baja, ¿por qué esta especie de boom de la transexualidad?

—El gran problema es la banalización que se está haciendo de la transexualidad. El que es transexual de verdad es consciente de lo duro y trascendente que es ese proceso. Si tú le preguntas si eso es elegible, se sentiría ofendido, probablemente lo que diría es que jamás lo hubiera elegido, sino que es algo que le ha pasado. Por eso no se puede jugar con los niños y, como ha sucedido en Suecia, al menor síntoma de disforia de género montarlo en el tren de la transexualidad. 

Respecto a Trump, explica su triunfo electoral en buena parte por el hartazgo de mucha gente de la corrección política imperante y de que les digan que lo blanco es negro y lo negro es blanco. Una vez que Trump pierde las elecciones y, al margen de que pueda volver a ganar otras o no, ¿cree que ese movimiento que ha protestado contra la corrección política sobrevivirá en el tiempo?

—Creo que sí y es algo que se ve a lo largo de la historia con otros sucesos. La sociedad no puede vivir permanentemente en una situación como ésta. No se puede engañar a todo el mundo todo el tiempo. Trump ganó las elecciones apoyándose en buena medida en este hartazgo y también porque en Estados Unidos hay una elite que muchos norteamericanos percibían como una vuelta a la sociedad estamental. Lo que pasa es que la corrección política es un tinglado muy productivo. Es un negocio del que vive mucha gente.

Sobre la violencia del movimiento BLM o las revueltas chilenas se justifican por parte de mucha gente porque, supuestamente, protestan contra una opresión estructural en la que cabe todo. Aquí en España, Ada Colau lo resumió hace años, cuando accedió a la Alcaldía de Barcelona y dijo que acataría las leyes que considerara justas. ¿Esto era el caos?

—Hay gente que cree que el poder se basa en el orden. No, el poder aparece allí donde está el caos. Si desarraigas a las personas, las desestructuras, las conviertes en seres que flotan sin tener nada a lo que aferrarse, ni tradiciones ni referentes históricos, lo que viene después es el caos. Así desaparece la sociedad civil, llega el caos y sólo queda el poder. El caos es el sustrato fundamental del poder. Cuando te quitan cualquier tipo de convención, creencias, convicciones, noción del bien y del mal y te dejan flotando en un relativismo atroz en el que nada es nada, lo que emerge es el poder del que vas a depender absolutamente.

«Una sociedad que no cuida de sus mayores y que, por tanto, no respeta el pasado, es una sociedad que no va a cuidar de sus hijos»

Dice que hemos renegado de nuestro pasado, ¿cómo subsiste una sociedad que reniega de su pasado?

—El pasado no es una atadura, no se trata de venerar el pasado, sino de saber de dónde vienes. Nacemos en un mundo persistente que no lo han decidido uno, dos o cincuenta personas, sino que es el producto de trillones de interacciones a lo largo de muchísimo tiempo. 

Uno de los fenómenos más graves que ha habido con la pandemia ha sido el de nuestros mayores muriendo solos en las residencias. Ancianos que, en muchos casos, estaban abandonados por sus familiares. Una sociedad que no cuida de sus mayores y que, por tanto, no respeta el pasado, es una sociedad que no va a cuidar de sus hijos.

Me ha llamado mucho la atención su afirmación de que las sociedades más privilegiadas son las que han renunciado a la racionalidad en favor del resentimiento.

—Sí, se cabrea el estudiante chileno que tiene que usar el metro en hora punta y tiene que ir empujándose unos con otros, pero ese mismo chico cuando tiene sed no tiene más que dar dos zancadas para llegar al grifo. Se entendería el enfado de un joven de Eritrea que todas las mañanas tiene que hacerse una caminata simplemente para tener agua para beber. Por ejemplo, algunas mujeres de los países hiperdesarrollados como Alemania, Suecia, Italia o España están todo el día buscando agravios y expresando su resentimiento hacia la sociedad que se supone las sojuzga y maltrata. La que tendría que estar indignada es la mujer que vive en Irán. 

Por eso dice que nos comportamos como adolescentes permanentes, no como niños…

—El niño no tiene una serie de derechos como votar, tiene la obligación de obedecer. Sin embargo, el adolescente tiene derechos, pero no tiene muy claras las obligaciones y tampoco las asume.  La sociedad no está infantilizada, está adolescentizada por decirlo de alguna manera, porque es mucho más interesante el roll del adolescente con derechos pero que vive en casa de papá y mamá y, además, no tiene que mantenerse a sí mismo. La sociedad vive un poco en eso, muy consciente de sus derechos pero la gestión de las obligaciones no las lleva muy bien.

«En lugar de ser un cínico y un interesado, en un momento dado debes levantar la mano y decir algo, comprometerte»

¿Existe esperanza en este mundo raro que vivimos?

—Existe un optimismo racional. Todavía no nos han aniquilado. Existe esperanza si escapamos a esa idea de que un hombre solo no vale nada, eso es mentira. Todos sabemos que nuestros actos tienen consecuencias, para uno mismo y para los demás, y eso tiene un efecto multiplicador. Es como la gota que cae en el estanque y genera ondas. También es muy importante en el plano político que ejerzamos vigilancia sobre los políticos, pero no sólo con los que no votas, sino muy especialmente con los tuyos. Son los tuyos tienen que ser los mejores y es tu obligación hacer que lo sean. 

Entonces, hay lugar para un cierto optimismo. Es una gran noticia.

—Podemos ser optimistas, pero el optimismo requiere compromiso. Todos podemos hacer algo, desde hablar con nuestros hijos, preocuparte de tus padres, no tragar con todo. En lugar de ser un cínico y un interesado, en un momento dado debes levantar la mano y decir algo, comprometerte. No esperar siempre la caída del cielo de un líder que te salve. Igual al líder lo tienes que empujar tú.


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