«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Se llevó el idioma español y la fe cristiana

12 de Octubre: la huella imborrable de España en América

'La entrada de Hernán Cortés en México'. Augusto Ferrer-Dalmau

«El Almirante llamó a los dos capitanes a Rodrigo de Escobedo, escribano de toda la armada, y dijo que le diesen por fe y testimonio cómo él por ante todos tomaba, como de hecho tomó, posesión de dicha isla por el Rey y por la Reina, sus señores».

Con estas palabras, Cristóbal Colón narró en su Diario de a bordo del primer viaje sus primeras acciones el 12 de octubre de 1492. El almirante genovés, al servicio de los Reyes Católicos, acababa de llegar a Guanahaní, actual isla Waitling en Bahamas. Dos meses de viaje llevaba tras de sí desde que el 3 de agosto partiera con la Pinta, la Niña y la Santa María desde Palos de la Frontera. Y aunque en ese momento no lo sabía, acababa de descubrir un «Nuevo Mundo»: América.

En aquel instante comenzó lo que el hispanista Hugh Thomas describió como «la gesta más notable de la historia de la humanidad». Y Colón, que había sido nombrado por los Reyes Católicos en las Capitulaciones de Santa Fe del 17 de abril de 1492 «Almirante de la Mar Océana, Virrey y Gobernador de las islas y tierra firme que se hallaran», inició con ese desembarco la incorporación de esos territorios de América a la Corona Española.

La legitimidad de la adhesión de América —y, más tarde, Filipinas y otras islas descubiertas en el Pacífico— se rubricó en las bulas alejandrinas un año más tarde. Estos documentos, de carácter jurídico y político entregados por los papas Alejandro VI y Julio II a los monarcas de Portugal y Castilla, establecieron el reparto de las tierras recién descubiertas entre ambas potencias. En ellas quedaba establecido lo que sería el eje humanístico que marcó el espíritu de la América española: las bases de la evangelización de las Indias Occidentales.

Pronto esos territorios se consideraron parte de la Corona española y los Reyes Católicos legislaron para dar a los moradores de aquellas tierras el mismo estatus que tenían los peninsulares como súbditos de la Corona. Es más, desde la Corona se hizo todo lo posible para proteger a esos americanos que pasaron a ser considerados sujetos al derecho castellano.

Célebre y recordado es el enfrentamiento entre Isabel la Católica y Cristóbal Colón cuando la reina presenció en el puerto de Sevilla cómo el almirante genovés había enviado un cargamento de indios para ser vendidos como esclavos. «¿Qué poder mío tiene el Almirante para dar a nadie a mis vasallos?», le espetó la católica majestad. Eso motivó la Real Provisión del 20 de julio del año 1500, en la que se prohibía la esclavitud y se ordenaba la devolución de los súbitos indianos a sus tierras.

Así se introdujeron leyes españolas en América, se creó un corpus jurídico específico inspirado en el español, se llevaron instituciones políticas y culturales, como el sistema de justicia y los virreinatos, se creó una tupida red de ciudades. Esto se materializó en la fundación de una treintena de universidades allí y más de un centenar de hospitales.

Es más, los reyes españoles presidieron y organizaron la Junta de Valladolid, en la que Carlos I, lejos de acallar las voces críticas durante la conquista, ante los testimonios de Bartolomé de las Casas, suspendió de forma momentánea la expansión americana y se planteó la legitimidad de la conquista. En ella intervinieron juristas, teólogos e intelectuales a la vanguardia de España: Francisco de Vitoria, Domingo de Soto o Juan Ginés de Sepúlveda. España ha sido la única potencia imperial que se planteó esta cuestión en el momento en el que estaba llevando a cabo la conquista, al contrario que otros imperios depredadores que nunca lo hicieron.

Se llevó el idioma español y la fe cristiana, una religión que iguala a todos los seres humanos en una comunidad fraternal. Y, con la evangelización, se reconocía la humanidad de las poblaciones del Nuevo Mundo y una dignidad propia que las autoridades debían respetar.

Tan importante era, que la propia reina Isabel la Católica, siguiendo su fuerte espíritu humanista cristiano, ordenó a sus herederos, en su testamento, codicilo y últimas voluntades, evangelizar y respetar a sus súbditos de América y, más tarde, de lugares de Asia como Filipinas: «Encargo e mando a la dicha Princesa mi hija e al dicho Príncipe su marido, que ansí lo hagan e cumplan, e que este sea su principal fin, e que en ello pongan mucha diligencia, e non consientan e den lugar que los indios vezinos e moradores en las dichas Indias e tierra firme, ganadas e por ganar, reciban agravio alguno en sus personas e bienes; mas mando que sea bien e justamente tratados. E si algún agravio han rescebido, lo remedien e provean, por manera que no se exceda en cosa alguna de lo que por las Letras Apostólicas de la dicha concessión nos es inyungido e mandado».

Hoy el 12 de octubre es el recuerdo de un pasado extraordinario y de un presente que hermana a los hispanos de ambos lados del Atlántico a través de la fe, el idioma y la cultura. España dejó entonces una huella imborrable en América y en la historia de la humanidad.

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