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ES UNA CIUDAD HISTÓRICA ESPAÑOLA

Ceuta: por qué la reivindicación marroquí carece de toda verdad histórica

Ceuta. Flicker

Los soberanos marroquíes han tenido, desde la independencia del país, una política nacionalista que ha ido acompañada de un —poco disimulado— discurso expansionista. El gran hito del colonialismo marroquí fue su ocupación «pacífica» del Sáhara Occidental con la Marcha Verde, promovida por el rey alauita Hassan II y apoyada por Francia y Estados Unidos —sus principales abastecedores de armamento—.

Sin embargo, se cuenta que el monarca tenía en su poder un mapa del «Gran Marruecos» en el que incorporaba, además del Sáhara, parte de Argelia, Mauritania, Mali y las plazas españolas de Ceuta, Melilla y las islas Canarias —así como los peñones de las Chafarinas, Vélez de la Gomera, Alhucemas y Perejil—.

Parece que Mohammed VI ha heredado el mapa de su padre y, ante la debilidad de la política exterior española, continúa apelando hasta la saciedad a una falsa soberanía marroquí sobre Ceuta y Melilla. En esta ocasión, ha sido Enaam Mayara, presidente del Senado de Marruecos y miembro del comité ejecutivo del partido Istiqlal, quien se ha referido a las dos ciudades autónomas españolas como territorios «ocupados» que serán recuperados «sin recurrir a las armas». Asimismo, ha animado a la comunidad marroquí asentada en España a «ser vista como un punto de presión y apoyo capaz de influir en la política exterior de este país amigo».

Sin embargo, todas las reivindicaciones de Marruecos sobre Ceuta y Melilla forman parte de una campaña propagandística y de un anhelo carente de toda verdad histórica. De hecho, la plaza de Ceuta fue incorporada a los territorios de la Corona de Portugal en 1415 y vinculada de forma definitiva a Castilla mediante el Tratado de Portugal de 1668, que puso fin al conflicto hispanoportugués iniciado en 1640, trescientos años antes de la independencia de Marruecos (1956).

La conquista de Ceuta por los portugueses

Las potencias ibéricas se caracterizaron durante la Baja Edad Media y el comienzo de la Edad Moderna por su expansión y conquista de los mares. Más allá de las expediciones atlánticas patrocinadas por la Corona de Castilla, Aragón había comenzado su aventura por el Mediterráneo en el siglo XIII. Allí, los soberanos aragoneses consiguieron hacerse con el dominio de las islas Baleares y diferentes territorios pertenecientes a la actual Italia. De hecho, sus famosos soldados almogávares llegaron a apoderarse de los ducados de Atenas y Neopatria al grito de ¡Desperta Ferro! y con destacados líderes militares como Roger de Flor.

Portugal también buscó posicionarse en el Mediterráneo movido en parte por el espíritu de la Reconquista ibérica. Motivado por el ideal religioso de lucha contra el infiel, el establecimiento de plazas para expandirse por África, de rutas comerciales mediterráneas y la defensa de las costas portuguesas de los piratas berberiscos, Juan I de Portugal fijó Ceuta como uno de sus objetivos. Así, una flota portuguesa se lanzó sobre la ciudad, de raíces cristiano-romanas y conquistada por los árabes en el siglo VIII, y la tomó en agosto de 1415. Además, los portugueses llegaron a crear en Lisboa la Casa de Ceuta para asegurar el abastecimiento del lugar.

Felipe II y los Austrias: Reyes de España y Portugal

El fallecimiento de Sebastián I de Portugal en la batalla de Alcazarquivir el 4 de agosto de 1578 y el de Enrique I el 31 de enero de 1580, serían el inicio de una crisis sucesoria en el Reino. Se inició entonces una disputa dinástica entre Catalina, duquesa de Braganza, y Felipe II de Castilla, nieto del Rey don Manuel de Portugal por vía materna. Tras las victorias de la Armada española, al mando de Álvaro de Bazán, y de las tropas del duque de Alba, Felipe II fue jurado como nuevo monarca luso en las Cortes de Tomar el 16 de abril de 1581.

El Rey pronto centró sus esfuerzos en reforzar y reabastecer las maltrechas plazas portuguesas del norte de África, las cuales se encontraban en una precaria situación desde la batalla de Alcazarquivir. Eso motivó a que don Leonis de Pereira, capitán general de Ceuta, y el resto de las autoridades políticas, civiles y religiosas, juraran fidelidad a Felipe II. La ciudad pasaba así a formar parte de forma oficial de los dominios de la Monarquía Hispánica.

La Corona mantuvo además las leyes e instituciones que había en la ciudad y mejoró sus defensas y fortificaciones en un momento en el que el hostigamiento musulmán y los intereses de los ingleses en el Mediterráneo iban en aumento. De este modo, Ceuta sería considerada dentro de la Monarquía Hispánica como un «presidio» a la par que mantenía su condición jurídica de ciudad, pues en ella habitaban tanto militares, que constituían la primera línea de defensa, como población civil.

Felipe IV, la secesión de Portugal y la definitiva incorporación de Ceuta a España

Durante el reinado de Felipe IV, la política de su valido Gaspar de Guzmán, conde duque de Olivares, quien apostó por la Unión de Armas, había causado el descontento en diversas zonas de la Monarquía. Por un lado, el 7 de junio de 1640 se produjo la sublevación de Cataluña en la que el virrey, el conde de Santa Coloma, fue asesinado. Los portugueses canalizaron este hecho, que ya venía manifestándose en diferentes revueltas desde los años 20 del siglo XVII, y proclamaron al duque de Braganza como Juan IV de Portugal el 1 de diciembre de 1640, con el apoyo de Francia e Inglaterra.

Se inició así la llamada guerra de Restauración o guerra da Restauração. Mientras se desarrollaba el conflicto, las plazas norteafricanas fueron posicionándose. Tánger se uniría a la causa de Juan IV en 1643, pero, mediante el envío de una compañía de infantería para la defensa de la ciudad, Felipe IV logró mantener la fidelidad de Ceuta y le concedió por ello el título de «Noble y Leal».

Debido a la toma de partido de Ceuta en favor de Felipe IV, el Rey otorgó a la ciudad la Carta de Naturaleza de Reynos de Castilla del 30 de abril de 1656. La plaza conservó de esta manera sus privilegios y fueros, a la par que los ceutíes adquirieron todos los derechos propios de los súbditos de Castilla. Además, en el Tratado de Lisboa del 13 de febrero 1668, que ponía fin al conflicto armado y que contó con la firma de la Reina regente Mariana de Austria, quedaba reconocida la independencia de Portugal, pero también la incorporación definitiva de Ceuta a la Corona de Castilla. 

Desde entonces, la plaza de Ceuta conforma parte del territorio español y no corrió riesgo hostigamiento portugués, incluso tras los incidentes del asentamiento luso de Sacramento, en la actual Uruguay, en 1681. A su vez, durante la expansión del alauita Mulay Ismaíl, durante la década de 1680, el refuerzo de la dotación militar de la ciudad causó que se mantuviera segura ante injerencias de otras potencias.

Ceuta: una ciudad histórica española

A lo largo de los siglos XVIII y XIX, los territorios españoles del norte de África estuvieron sometidos a diferentes intentos de conquista por parte de los sultanes marroquíes. Entre 1790 y 1791 emprendieron un sitio, apoyados por los británicos, que se saldó con una contundente victoria española. De nuevo lo hicieron durante la guerra de África (1859-1860), donde destacaron los militares Leopoldo O’Donnell y Juan Prim. De hecho, esta última concluyó con el Tratado de Wad-Ras del 26 de abril de 1860, en el que Marruecos reconoció, entre otras cosas, la perpetuidad de Ceuta y Melilla para España, así como la soberanía patria sobre las islas Chafarinas.

La historia de Ceuta hunde sus raíces en una vinculación con España que se remonta a la Monarquía Hispánica del siglo XVI y que se confirmó con el mantenimiento de la muy «Noble y Leal» ciudad bajo la soberanía de Felipe IV. Por ello, Ceuta es un territorio histórico tan español como lo son Melilla o Menorca (devuelta a España por los ingleses mediante el Tratado de Versalles de 1783). Así, cualquier reivindicación marroquí sobre ella sólo respondería a política expansionista y colonial que el país lleva practicando desde su independencia en 1956 con territorios como el Sáhara Occidental.

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