«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
presentan la empresa americana como ajena a Cataluña

La Generalitat de Cataluña enseña a los alumnos que el descubrimiento de América fue una «invasión» castellana

Pintura del Desembarco de Colón el 12 de octubre de 1492 en Guanhani, por Dióscoro de la Puebla

Los libros de Historia de 2º de ESO adaptados al currículo de la Generalitat de Cataluña presentan el descubrimiento y la colonización de América desde una perspectiva que desvincula a Cataluña del pasado común español y convierte la empresa americana en un relato esencialmente castellano, marcado por la «invasión», el «sometimiento militar» y la «explotación extractiva».

La diferencia con otros modelos educativos, como el madrileño, no es sólo terminológica. El fondo del conflicto es político: la enseñanza de la Historia aparece como una herramienta de construcción identitaria autonómica, en la que los manuales seleccionan conceptos, silencios y enfoques para moldear la relación de los alumnos catalanes con España.

En el caso catalán, los libros evitan hablar de Imperio Español y prefieren fórmulas como «Monarquía de los Austrias» o «Corona de Castilla». El objetivo implícito es claro: presentar la llegada a América como una empresa castellana, no española, y situar a Cataluña al margen de las luces y sombras de aquel proceso histórico.

Los manuales recuerdan que, tras la unión dinástica, la Corona de Aragón y la Corona de Castilla mantuvieron leyes, fronteras e instituciones diferenciadas. A partir de ahí, insisten en que los súbditos de la Corona de Aragón eran considerados extranjeros en las Indias y que no podían comerciar libremente desde sus puertos, al estar el monopolio reservado a Castilla.

Esa explicación, sin embargo, no se limita a una precisión jurídica sobre la Monarquía de los Reyes Católicos. En la práctica, construye un cordón sanitario histórico entre Cataluña y la empresa americana. El alumno catalán recibe así una idea de fondo: América no formaría parte de su historia, sino de una historia ajena, castellana y asociada principalmente a la violencia y a la explotación.

El enfoque se refuerza con el lenguaje empleado. Frente a términos como «descubrimiento» o «exploración», los manuales catalanes priorizan expresiones como «llegada de los europeos a América», «conquista», «invasión» o «sometimiento militar». La elección de las palabras no es neutral: desplaza el centro del relato desde la expansión de la Monarquía Hispánica hacia una lectura de dominación colonial.

Los libros también conceden un lugar destacado a las civilizaciones precolombinas —mayas, aztecas e incas—, descritas como sociedades complejas y maduras. La llegada española se aborda sobre todo desde sus consecuencias destructivas: epidemias, catástrofe demográfica, encomienda, mita, sobreexplotación laboral y tráfico de esclavos africanos.

La dimensión jurídica, religiosa e institucional de la presencia española queda relegada. La evangelización, las Leyes de Indias, las Leyes Nuevas de 1542 o el debate moral de la Escuela de Salamanca pierden peso frente a una lectura materialista centrada en la economía colonial, el circuito de la plata de Potosí y Zacatecas, el comercio triangular y la financiación de las guerras europeas de los Austrias.

El resultado es un relato en el que la Monarquía Hispánica aparece prácticamente reducida a una maquinaria de extracción de recursos. Apenas hay espacio para explicar la complejidad del derecho indiano, la discusión sobre la legitimidad de la conquista o el hecho singular de que la propia Corona promoviera debates jurídicos y teológicos sobre el trato a los indígenas.

La operación educativa tiene además una consecuencia política evidente. Al insistir en que América fue una empresa puramente castellana, los manuales catalanes separan a Cataluña del pasado imperial español y alimentan una identidad diferenciada, desvinculada del proyecto histórico común. España aparece como sujeto de conquista; Cataluña, como una realidad periférica ajena a esa responsabilidad histórica.

Ese enfoque omite, además, fenómenos posteriores relevantes, como el papel de la burguesía comercial catalana en Cuba y las Antillas durante los siglos XVIII y XIX. La selección del relato no sólo explica unos hechos y silencia otros: decide qué parte de la historia se asume como propia y qué parte se expulsa del imaginario colectivo catalán.

El problema no está en estudiar la violencia, la esclavitud o los abusos que acompañaron a la conquista. Una enseñanza rigurosa debe hacerlo. El problema es convertir esos elementos en el eje casi exclusivo del relato y utilizarlos para presentar la historia española como una experiencia ajena, oscura y moralmente separada de Cataluña.

La consecuencia educativa es profunda. Un alumno catalán puede terminar la enseñanza obligatoria con una visión de 1492 no como uno de los grandes hitos de la historia universal protagonizado por la Monarquía Hispánica, sino como una empresa castellana de invasión, explotación y sometimiento. La Historia deja así de formar parte de una memoria común y pasa a funcionar como una herramienta de ingeniería identitaria.

Mientras la Generalidad mantenga un currículo que separa artificialmente a Cataluña del pasado español, las aulas seguirán alimentando una fractura política de largo alcance. El descubrimiento de América, lejos de enseñarse con toda su complejidad, queda convertido en otro campo de batalla del nacionalismo en el sistema educativo.

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