«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
El avance del islamismo ya es la mayor preocupación de los europeos

Santiago Abascal y la «herejía» de decir lo obvio

Ramadán. Europa Press

Uno de los principales factores que ha permitido el avance de la corrosiva nueva izquierda —identitaria y antioccidental— durante los últimos años ha sido la capitulación de la sociedad, y especialmente de los políticos del centro a la derecha, que se negaron a denunciar el despropósito woke hasta que fue demasiado tarde, por miedo a ser señalados con alguno de los insultos prefabricados usados para cancelar y declarar la muerte civil de quienes no se sometían. Gracias a esta capitulación, el wokismo colonizó sin resistencia todas las instituciones del Occidente libre, desde la política, la educación, los medios, los organismos internacionales, el mundo de la cultura y el espectáculo, hasta los servicios de salud, seguridad y justicia. Nada se salvó de la peste.

En los albores de este siglo y por ser oponentes naturales, algunos políticos de derecha comenzaron a denunciar los alcances de esta nueva izquierda y de sus complicidades con otros enemigos de Occidente. Luego, con más cautela, se fueron sumando los políticos y pensadores de centro, e incluso cierta socialdemocracia que sostenía que el wokismo había «traicionado» los ideales progresistas. Pero si bien era relativamente sencillo denunciar el wokismo rampante en Disney o en Harvard, poco se decía de otras instituciones que se suponían inmunes a la citada peste, incluso por lógica supervivencia, como la Iglesia o las Casas Reales.

Claro, la progresía no iba a jactarse de haber colonizado las instituciones que decía combatir, y la derecha no quería hacerle el juego a la izquierda atacando lo que siempre había defendido. En consecuencia, fueron instituciones pretendidamente conservadoras las mejores valedoras de la ideología woke, sirva como ejemplo el papado de Bergoglio, acérrimo defensor del criminal Socialismo del Siglo XXI o el activismo decrecentista neomalthusiano del Rey Carlos III. Ejemplos sobran y silencios cómplices también.

El conservadurismo en este esquema ha sido parte del problema; a falta de un diagnóstico lúcido, no supo qué era lo que debía conservar. Cobardía, comodidad, death wish, estupidez, corrupción, ignorancia… las causas pueden ser muchas, pero las consecuencias del antioccidentalismo son hoy palpables, sobre todo en la decadencia del modo de vida más próspero, justo, tolerante y libre de toda la historia: El nuestro.

En este panorama de capitulación generalizada, resulta sorprendente que un líder político decida romper el silencio cómplice y enfrentar no sólo al enemigo externo, sino también a las instituciones supuestamente aliadas que han claudicado. Por este motivo es muy auspicioso que Santiago Abascal enfrentara a la Conferencia Episcopal Española, que decidió defender a la dirigencia musulmana ofendida por la norma de la ciudad de Jumilla que impide usar espacios públicos para actos religiosos. En una reciente entrevista dijo: «Cualquier persona que resida en España tiene perfecto derecho a profesar su religión siempre y cuando renuncie expresamente a imponerla, o a defender prácticas incompatibles con nuestras leyes como la promoción de la guerra santa, usos que denigren a la mujer, la persecución de los homosexuales o el matrimonio infantil, o cualquier otra práctica incompatible con nuestras libertades y derechos fundamentales» y agregó: «Estamos ante la amenaza real de una ideología extremista, como es el islamismo, que trae consigo sus propias leyes y que son incompatibles con nuestra cultura, con nuestra forma de vida, con los derechos de las mujeres y con la aconfesionalidad del Estado».

Acierta de lleno Abascal en esto: el islam no es simplemente un culto religioso sino un rígido sistema cívico-jurídico que tiene primacía, para sus seguidores, por sobre otras leyes y valores. No es casual que, si bien en toda Europa viene creciendo exponencialmente el número de mezquitas en las que se puede con total libertad realizar ritos religiosos, paradójicamente crece al mismo ritmo la costumbre de usar calles y carreteras, transportes públicos o espacios recreativos para rezos islámicos, imponiendo estos ritos al resto de la comunidad. A estas alturas, ser ingenuo respecto de los objetivos de este fenómeno es insultante.

Decía Ayaan Hirsi Ali en Asimilación e Inmigración: «Quienes defienden la apertura de fronteras asumen, burdamente, que la integración está garantizada, ya que la migración es voluntaria. Pero la realidad de la reciente inmigración masiva a Europa desde regiones como el norte de África y el subcontinente indio no es asimilación ni integración, ni siquiera cuando se les entregan a los migrantes sus cheques de asistencia social y viviendas subsidiadas. Es una segregación voluntaria. (…) Dado que es improbable que la asimilación de una cultura a otra completamente ajena se produzca sin la fuerza, la ‘integración’ es la única esperanza (o más bien, una quimera) de la élite progresista».

En efecto, la CEE no está defendiendo la libertad de culto (que sólo está amenazada en los países comunistas e islamistas, amparados por el wokismo) sino propiciando el avance de un sistema integrista que desprecia Occidente y pretende su caída. Equipar el sistema de valores occidental con el islamista, en pos de la «integración multicultural», es efectivamente una quimera progresista, que suscribe cierta jerarquía eclesiástica por razones lóbregas, algunas enumeradas por Abascal en la famosa entrevista.

Occidente es lo que es por sus valores judeocristianos. Claro que muchas personas que provienen de diferentes credos o que no tienen ninguno, pueden vivir libremente si adhieren al mismo conjunto de valores porque entienden y quieren preservarlos como pilares de esta forma de vida. Pero Occidente tiene dos potentes enemigos ahora: el integrismo islamista y la nueva izquierda. Es un matrimonio letal y dispuesto a todo.

Las raíces filosóficas de este fenómeno se pueden rastrear hasta la línea de pensamiento que sostiene que Occidente es sinónimo de opresión y racismo, y que todo lo demás es resistencia y justa venganza de la víctima. El ataque es a toda la estructura de la cultura occidental, sus tradiciones, sus leyes, sus credos. El identitarismo y el integrismo atacaron la responsabilidad individual, que está en la moralidad tradicional judeocristiana, dando paso a la cultura de la culpa y de la victimización. El bien y la verdad pasaron a ser prerrogativas de esas víctimas y sus sentimientos, la expresión absoluta de la conciencia internacional.

Esta teoría largamente propagada derribó el andamiaje de la moral judeocristiana, y el resultado de eso ha sido que Occidente se siente culpable de defenderse porque se cree opresor y considera a todo el resto, víctimas. Sin sus pilares constitutivos, una sociedad ya no tiene ninguna comprensión de lo que es y esta trágica realidad ahora está alcanzando una masa crítica.

Bajo esta forma de pensar, Occidente no ha podido enfrentar seriamente el fenómeno de la inmigración masiva debido a esa culpa sesgada, descontextualizada, suicida, que el antioccidentalismo supo explotar magistralmente. Lo hemos visto hasta el infinito en estos años, con modelos predeterminados de pánico moral como el movimiento #MeToo, el BLM, el «Occupy Wall Street», el «FreePalestine» y tantos otros. La política buenista de «puertas abiertas» sin plan ni control operó exactamente dentro de la misma lógica.

Se dirá que el fomento a la inmigración tuvo también motivos económicos relacionados con el envejecimiento poblacional y la necesidad de mano de obra barata. Pero luego de décadas y de millones de inmigrantes llegados de las más diversas maneras, esa motivación económica no se vio satisfecha, y sin embargo el fenómeno persiste.

Pocos se atreven actualmente a negar los efectos catastróficos de la política de acogida europea, que fue incapaz de integrar a los millones de inmigrantes islamistas que llegaron al continente. La falta de una planificación racional colapsó servicios y logísticas, la falta de una política de seguridad que hiciera respetar las normas de los países receptores generó una ola de inseguridad que va desde el delito común al sexual más aberrante, llegando al incremento descomunal de los atentados terroristas. Todo este daño al tejido social europeo fue durante mucho tiempo silenciado con métodos como la censura mediática y otras normas contrarias a los derechos más básicos. Ese fue un virus letal para la institucionalidad europea.

Quienes critican a Abascal por denunciar lo obvio están matando al mensajero, y particularmente a un tipo de mensajero, dado que lo que él denuncia fue expuesto por otras voces sin que se irritaran tantas sensibilidades y se le dedicaran tantas homilías. Por fin y por fortuna, en la política se empezaron a llamar a las cosas por su nombre. El avance del islamismo integrista ya es la mayor preocupación de los europeos; quienes se ofenden porque los políticos obtengan votos haciéndose eco de dichas preocupaciones, o bien desconocen la lógica de la política democrática o eventualmente pretenden suprimirla; en cualquiera de los casos, la crítica es inconsistente.

Pero además, si se considera que más del 70% de los votantes de VOX son católicos y posiblemente se sientan incómodos o interpelados por las declaraciones del líder de la formación, es de destacar lo osado y antidemagógico de su doble denuncia: al integrismo islamista y a la complicidad de la CEE.

Es posible que quienes señalan a Abascal por sus declaraciones, pretendan que otros políticos hubieran dicho lo que él. Es posible que quienes compartan su diagnóstico se sientan avergonzados por su decisión de aceptar pasivamente un destino horrible para sus países y cultura. Y es posible que el ataque coordinado de un grupo de clérigos sea un upgrade del ataque coordinado de la izquierda partidaria, después de todo, son todos miembros de la misma feligresía woke.

Por ejemplo, el novelista Arturo Pérez-Reverte viene anunciando, con creciente intensidad, este suicidio europeo. Recientemente publicaba Los hemos traído nosotros, donde decía: «Durante mucho tiempo, (…) en España se mantuvo la política del avestruz, fajándose en estúpidos debates sobre el uso del velo en las escuelas —incluso por parte de profesoras, que son quienes educan—, dando barra libre, salvo en casos clamorosos, a los imanes radicales de las mezquitas y haciendo como que no se oían ni veían los aplausos y tremolar de banderas de jóvenes musulmanes que celebraban la barbarie del ISIS o los ataques de Hamás contra Israel. Todo, naturalmente, con el respaldo público de determinados movimientos sociales autodenominados progresistas —¡incluso feministas!— que nunca tuvieron ni la más remota idea de lo que de verdad es el Islam radical, ni de su rechazo hacia el modo de vida europeo; hacia la libertad duramente conseguida de que éste goza, pudiendo ser adúltera sin que te lapiden, blasfemar sin que te quemen o ser homosexual sin que te cuelguen de una grúa».

Si bien el diagnóstico es acertado y brutal, Pérez-Reverte culpa a Occidente por la torpeza y avaricia de haber permitido esta situación. Esta tesis se repite en otros escritos suyos, el genial Los godos del emperador Valente de 2015 y Oikofobia: odiar la casa donde vives de 2024. En todos se puede ver una retorcida versión del Buen Salvaje al que exculpa por protagonizar la invasión inexorable que él mismo pronostica. Reverte culpa a los invadidos pero no condena la invasión. Considera que no hay nada que hacer, se enoja si le piden soluciones y parece enojarse también con quienes las buscan.

Esta línea de razonamiento parece replicarse en quienes se ofuscan por las declaraciones de Abascal. Pero porque es político, porque es humano, porque sencillamente no le conviene, Abascal no elige resignarse y sentarse a esperar el trágico desenlace: «España no es Al-Ándalus. España no es Marruecos. Ni va a serlo. No vamos a permitirlo», sostiene el líder de VOX y ensaya opciones (que a él le parecen válidas) para remediar el pronóstico fatal que no sólo describe Reverte, sino que ya anunciaron Fallaci, Murray, Hirsi Ali, Badinter y tantos más.

¿Se lo puede culpar por eso? ¿Si sus propuestas para este flagelo son malas, por qué no competir proponiendo otras cosas en el ágora política? ¿Por qué en lugar de disparar el remanido «xenófobo» o «populista» u «oportunista» no decir cómo evitar la implantación de leyes islámicas en Occidente? ¿Si el plan de los detractores de Abascal es seguir tratando de vender la falacia del multiculturalismo, por qué ofenderse si la gente ya no la compra? ¿Si el plan es asistir a la invasión como cronistas de la historia, por qué ofenderse si alguien presenta batalla?

En un contexto donde nuestra forma de vida está amenazada, y el antioccidentalismo ha conseguido grandes victorias como una descomunal intromisión del poder en la vida privada, la consolidación del control totalitario y la condena institucional a la defensa de nuestros valores fundamentales; las palabras de Abascal resuenan como un grito necesario. Ahora que, gracias al avance de esta ideología, estamos todos más pobres, más vigilados, más enfrentados y menos libres, su valentía para nombrar lo innombrable es un oasis dentro de una civilización que parece haber perdido la voluntad de defenderse. La pregunta ya no es si Abascal pierde o gana votos con esta polémica, sino si tiene o no razón. El resto es cotilleo barato.

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