Una mujer llamada Estíbaliz Kortazar Errecatxo ha tenido que vivir junto a un inmigrante okupa que, desde enero de 2024, ha convertido su día a día en una auténtica pesadilla. Lo que comenzó como un gesto de solidaridad con una persona necesitada ha terminado con Estíbaliz fuera de su propia vivienda, con secuelas psicológicas y una campaña en marcha para exigir justicia, según ha avanzado El Español.
Estíbaliz, vecina de Basauri (País Vasco), trabajó durante dos décadas como administrativa para poder comprarse su piso, un esfuerzo que culminó con la adquisición de su hogar en 2021. En un intento por mejorar su situación económica, decidió alquilar una habitación a finales de 2023. A través de una asociación de ayuda a personas sin hogar con la que colabora como voluntaria, conoció al hombre que más tarde la obligaría a abandonar su propia casa.
Firmaron un contrato de arrendamiento por 350 euros mensuales y, al principio, todo parecía en orden. Sin embargo, con el paso del tiempo, el inquilino comenzó a comportarse de forma intimidante: insultos, insinuaciones sexuales, consumo de pornografía delante de ella y actitudes completamente irrespetuosas. Según relata Estíbaliz, el hombre —un extranjero de 48 años— la llamaba «puta» y «perra sucia», y mantenía el volumen de la televisión elevado por las noches, dejaba luces encendidas constantemente y nunca limpiaba su habitación.
La situación se volvió tan insostenible que Estíbaliz se vio obligada a abandonar su propia vivienda el pasado 6 de junio. «No podía seguir viviendo con ese miedo. Cada vez que lo veo, el corazón se me acelera. Estoy en tratamiento psicológico y de baja laboral», cuenta ahora, mientras se aloja provisionalmente en casa de un familiar.
Pese a los múltiples intentos de diálogo y las súplicas para que se marchara al finalizar su contrato en enero de 2025, el hombre se negó a irse. Incluso trajo objetos y basura de la calle, deteriorando las condiciones del inmueble. En un momento dado, Estíbaliz pidió ver su habitación por temor a que estuviera dañada, pero el inquilino sólo accedió a enviarle un vídeo: «No fui capaz de verlo entero del asco que me dio».
Ante la negativa del hombre a abandonar la casa, Estíbaliz recurrió a un conocido extranjero, del mismo origen que el inquiokupa, con la esperanza de que pudiera razonar con él. El intento terminó en agresión: discutieron en árabe y el okupa acabó mordiendo en la cara a su amigo, quien tuvo que ser hospitalizado y recibió diez puntos de sutura.
El día de Año Nuevo de 2025, Estíbaliz contactó con la Policía. Sin embargo, los agentes le dijeron que, al no haber una orden judicial de desalojo, no podían intervenir. Desde entonces, el inquilino ha dejado de pagar la renta, convirtiéndose en un okupa de facto, mientras ella sigue afrontando los gastos de luz y suministros: «Pago más de 200 euros al mes por su consumo eléctrico, y ni siquiera me abona el alquiler».