«Ser es defenderse», RAMIRO DE MAEZTU
es la primera vez que la presión conservadora consigue una victoria así

Cesan a la ejecutiva que eligió a un transexual como imagen de marca de Bud Light

Dylan Mulvaney en una foto compartida en su cuenta de Instagram con el sujetador de Nike.
Dylan Mulvaney en una foto compartida en su cuenta de Instagram con el sujetador de Nike.

Suena a poco, lo sé, pero podría marcar el principio del fin, o el fin del principio, en la hasta ahora arrolladora campaña de adoctrinamiento woke por parte de las grandes empresas de consumo. Desde luego, es la primera vez que la presión conservadora consigue una victoria así: Alissa Heinerscheid, vicepresidente de marketing de la cervecera Anheuser-Busch, fabricante de Bud Light, la persona que tuvo la brillante idea de hacer de un presunto actor transgénero, Dylan Mulveny, su imagen de marca, está ya fuera.

Anheuser-Busch InBev ha adoptado la repentina decisión de cambiar de jefe de marketing de Bud Light solo tres semanas después de que la marca intentara posicionarse como el rey de las cervezas progres sirviéndose de influencers trans de TikTok.

Según la revista del gremio publicitario, Ad Age, Alissa Heinerscheid, vicepresidente de marketing de la cervecera, se ha tomado una baja. Bud Light confirma que la sustituirá Todd Allen, hasta hace poco vicepresidente de marketing global de Budweiser. Parece ser que contratar a un actor conocido por su imitación paródica de una quinceañera no es la estrategia de marketing más eficaz para un producto destinado a camioneros y universitarios juerguistas.

La empresa parece haber escarmentado con la brutal caída de las ventas y no quiere repetir, así que desde ahora, ha anunciado un portavoz de la compañía, los altos ejecutivos estudiarán con lupa las actividades de marketing de Bud Light.

Ha sido un error detrás de otro. Primero, hacer de Dylan Mulvaney, el más paródico de los influencers trans, imagen de marca de una cerveza que le sienta como a un santo dos pistolas, toda la pinta de un insulto deliberado a su consumidor habitual. Para arreglarlo, nada más estallar la polémica, en marzo, aparece en Twitter una entrevista a Heinerscheid, el prototipo de ejecutiva progre blanca, producto del sistema universitario norteamericano, sermoneando sobre la necesidad de alejar a Bud Light de la imagen de fiesteros de fraternidad universitaria completamente ajenos a la opinión ilustrada de los guerreros de la justicia social y la nueva «inclusividad».

La gracia costó a la empresa más de 6 mil millones de dólares en capitalización de mercado y un boicot a nivel nacional que, por primera vez en mucho tiempo, logra doblarle el brazo al capitalismo woke.

Puede parecer poco, repito, pero los viajes más largos empiezan siempre con un paso. Y, en este caso, tiene el mérito de ser la primera vez que la opinión conservadora logra usar su fuerza de mercado para echar para atrás la enésima iniciativa empresarial para avanzar la normalización de la distopía progre.

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