Estados Unidos cumple 250 años el 4 de julio. Es el aniversario de una nación fundada sobre la idea de que los hombres nacen iguales y que los gobiernos existen para protegerlos y que terminó siendo el experimento de libertad y prosperidad más exitoso de la historia humana. La semana pasada, a apenas unos días de esa efeméride redonda, los votantes de las primarias demócratas de Nueva York consagraron a un movimiento que considera esa historia, sin metáforas, algo a erradicar. No es una exageración de campaña ni una caricatura de sus adversarios: es el programa escrito de sus propios protagonistas, firmado y sostenido cuando se los confronta.
El inefable alcalde Zohran Mamdani lo entendió antes que nadie. En el cargo desde enero, tras la victoria socialista que dio vuelta la ciudad el año pasado, contra todo pronóstico llegó a estas primarias con mucho capital político para gastar y lo gastó en candidatos salidos de una pesadilla distópica. Apostó por tres aspirantes al Congreso y los tres ganaron; además, en la pelea por la Legislatura del estado, sus Socialistas Democráticos de América (DSA) se quedaron con siete de las ocho bancas en disputa, pese a los millones de dólares que distintos súper PAC volcaron, en vano, para frenarlos. «Hace un año no fue el final de un movimiento», dijo esa noche ante la militancia: «fue el comienzo».
Conviene creerle. La membresía del DSA pasó de unos 70.000 afiliados en 2025 a más de 100.000 hoy, y la organización ya admite que mira «los niveles más altos de la boleta» rumbo a 2028. En una ciudad donde la primaria demócrata es, en los hechos, la elección, lo que ocurrió el martes equivale a un nombramiento. En noviembre, estas personas asumirán cargos. La prensa lo cubrió como una pulseada interna del Partido Demócrata entre el establishment geriátrico y las nuevas y radicalizadas camadas. Es bastante más que eso, y las alarmas que sonaron se quedaron cortas.
A Mamdani se le etiqueta de socialista, de simpatizante islamista, de radical. Ninguna etiqueta es falsa y todas, juntas, esconden lo esencial. Lo que articula su mundo, y el de su camada, no es su conocimiento de la teoría económica (que claramente no maneja), sino su dogma moralizante: el decolonialismo. Se trata de la veta del wokismo que más rinde actualmente, y rinde porque hace dos cosas a la vez. Primero, traduce cualquier conflicto, el precio de la vivienda, desfinanciar a la policía, abolir las fronteras, en una única historia binaria de opresor y oprimido, de modo que todos los reclamos se vuelven el mismo reclamo. Segundo, le ofrece a una generación entera la certeza de estar del lado correcto de la historia sin tener que hacer absolutamente nada. Es un proyecto casi sectario antes que un plan; por eso resiste cualquier refutación empírica.
El decolonialismo no nació en un comité de campaña de Queens, sino en el proyecto intelectual de mediados del siglo XX que redefinió la política mundial como una revuelta de los pueblos colonizados contra la hegemonía occidental. Lo notable del caso estadounidense es que esa gramática se importó a un país sin imperio de ultramar y se aplicó hacia adentro: el propietario pasó a ser el colono, el inquilino el colonizado, la Policía una fuerza de ocupación y el ICE una herramienta del imperio opresor, todos campos de batalla metafóricos de una decolonización permanente. La famosa interseccionalidad propia de la ideología woke brinda enormes beneficios ya que permite que estos nuevos candidatos tengan por objetivo el apoyo a Hamas y a los movimientos LGBT+ al mismo y paradójico tiempo.
Al momento de preguntarse cómo llegó EEUU a esta realidad electoral, es necesario entender que jóvenes educados en la biblia woke-decolonial durante su pubertad y juventud salen al mundo bajo esas premisas; su salto a la política electoral era apenas cuestión de calendario. Mamdani aquí es sólo la punta del iceberg.
Pero si miramos apenas atrás en el tiempo, veremos que la metástasis woke tiene un detonante en cada ciclo de la izquierda estadounidense. La crisis financiera de 2008 encendió Occupy Wall Street; el caso de George Floyd, en 2020, masificó Black Lives Matter. Hoy la mecha es Gaza: el 7 de octubre desató la ola de activismo antisionista en los campus amplificando el movimiento decolonial. Pero el detonante nunca es el contenido; es apenas la chispa. Lo que permanece, ciclo tras ciclo, es la lectura de fondo: Estados Unidos como la nave nodriza de la opresión.
Por eso el antisionismo opera, antes que como una posición sobre Medio Oriente, como solvente moral y prueba de fe. En este esquema Israel es un Estado leído como heredero directo de las potencias coloniales. Oponerse a él se vuelve la continuación de la decolonización por otros medios, un conflicto moral entre la inocencia y la culpa. De ahí que el proyecto estrella de Mamdani como asambleísta haya sido Not on Our Dime, una ley diseñada para impedir que organizaciones radicadas en Nueva York financien a Israel, y que media docena de los ganadores haya convertido «Palestina» en un asunto «local» de distritos de Brooklyn y Queens. El costo de esa pirueta es un premio a quienes celebran el terrorismo… una indulgencia que deja de ser anécdota cuando se mira el currículum de los electos.
Es que es necesario repasar, aunque sea a vuelo de pájaro, el perfil de los personajes que se transformaron en los elegidos de esta semana:
El caso más terroríficamente emblemático es Darializa Avila Chevalier (Congreso, NY-13). Organizadora comunitaria de 32 años, convertida al islam, dio el golpe de la noche al desbancar al cinco veces congresista Adriano Espaillat (primer dominicano-estadounidense en el Congreso y jefe del Caucus Hispano) en Harlem y Washington Heights. Cofundó Columbia University Apartheid Divest (CUAD), el grupo que proclamó luchar por «la erradicación total de la civilización occidental» y que, tras un ataque estadounidense, llegó a publicar «Muerte a América» en persa, aclarando luego que «el sentimiento sigue en pie». Llama a su propio país «una vergüenza» y presume de limpiarse con una bandera estadounidense. Ubicó su domicilio de X en «Tierra Lenape Ocupada», reclamó confiscar las propiedades de los caseros y abolir la policía, fronteras y prisiones. En una entrevista se negó a admitir, siquiera, que los asesinos deben ir presos.
Claire Valdez (Congreso, NY-7) es una socialista de carrera formada íntegramente por el aparato del DSA, ocupará la banca que deja la saliente Nydia Velázquez. Dijo que apoyaría arrestar a Netanyahu si pisara Nueva York. Juró su banca en la Asamblea con la mano sobre un manual de organización sindical, no sobre una Biblia: es el cuadro de laboratorio del DSA en estado puro.
Brad Lander (Congreso, NY-10). Ex contralor de la ciudad. Se ganó el respaldo de Mamdani corriendo a Goldman por izquierda en lo único que importaba en esa interna —Israel—, al punto de calificar a Estados Unidos de «cómplice de genocidio». Anunció que su prioridad en el Congreso será «derrotar el fascismo de Trump» y abolir el ICE, y en un cuestionario de 2022 llegó a acusarse a sí mismo de «posible supremacía blanca».
Aber Kawas (Senado estatal, Distrito 12, Queens). Será la primera palestino-estadounidense en la cámara alta del estado. En un clip recuperado atribuyó el 11-S al «capitalismo, el racismo y la supremacía blanca» y lo describió como un atentado «que hicieron un par de personas». Llamó «hermano» a un hombre que se declaró culpable de planear volar una sinagoga en Manhattan, y «mártires vivientes» a condenados por brindar apoyo material (equipo, dinero) a Al Qaeda. Su web presenta a su padre como víctima del ICE, sin aclarar que fue deportado tras una condena por fraude inmobiliario. Ganó con cerca del 60% de los votos.
David Orkin (Asamblea, Distrito 38, Queens). Abogado judío antisionista que se define con orgullo como «una de las pocas voces judías antisionistas en un cargo electo» , desbancó a la asambleísta Jenifer Rajkumar, aliada del ex alcalde Eric Adams. «Palestina estaba en la boleta y ganó», celebró celebró Jewish Voice for Peace (JVP).
Eon Huntley (Asamblea, Distrito 56, Brooklyn). Le arrebató la banca a la oficialista Stefani Zinerman por más de veinte puntos. Durante la campaña organizó un acto titulado «Conocé a tu enemigo», que después aclaró que apuntaba a AIPAC, a las escuelas chárter y al sector inmobiliario. Vive, dicho sea de paso, en un condominio levantado gracias a una exención impositiva a la que dice oponerse.
Illapa Sairitupac (Asamblea, Distrito 65, Lower East Side). Trabajador social y organizador de inquilinos que, según contó a la revista comunista Jacobin, eligió la política tras descartar el camino de «reverendo abiertamente queer». Su diagnóstico del mundo: «Tenemos los mismos enemigos, los jefes y los multimillonarios». Ganó con apenas el 36% en una interna fragmentada, tras fracasar en un intento anterior.
Christian Celeste Tate (Asamblea, Distrito 54, Brooklyn). «Consultor de impacto» de infancia acomodada que hizo de «Palestina» un eje «local» y promete impulsar la ley Not on Our Dime.
Samantha Kattan (Asamblea, Distrito 37, Queens). Organizadora de inquilinos respaldada por Mamdani y por el senador Bernie Sanders, que ocupará la banca que libera Valdez al subir al Congreso.
Diana Moreno (Asamblea, Distrito 36, Queens). Reelecta en la banca que dejó el propio Mamdani. Veterana del activismo de campus en NYU y Columbia, fue arrestada en una manifestación en octubre de 2023, a días de la masacre del 7 de octubre, y se jactó de llevar a las protestas a su hijo en gestación.
Y para que no se piense que es un asunto exclusivo de Nueva York: la semana anterior, en Washington, la socialista democrática Janeese Lewis George ganó la primaria demócrata a la alcaldía de la capital del país, con idéntico recetario de vivienda pública, guardería universal y Green New Deal local.
Es casi un hecho que se conformará el bloque socialista más numeroso en la historia del Congreso, pero con personas que tienen hacia EEUU un desprecio visceral. Y si bien es cierto que la mayoría de los votantes no son marxistas con la hoz y el martillo en la mano; cabe recordar que tampoco lo eran los rusos de comienzos del siglo pasado, y que los bolcheviques fueron siempre una minoría que supo dónde empujar. Es posible que muchos voten ingenuamente por guarderías gratis, pero eso es sólo la puerta de entrada. Porque la economía es el envoltorio, no el motor.
Lo que de verdad une a esta gente no es la semana laboral de cuatro días. El hilo que conecta a estos nuevos representantes del pueblo estadounidense es un desprecio violento por la historia de Estados Unidos y por su constitución, sistema y estilo de vida. Y, vista la concatenación de victorias de esta alarmante horda de legisladores, sus oponentes llegan mal preparados a esta pelea, porque enfrentan a un movimiento que disfraza de gesta anticolonial su resentimiento y sed destructiva.
Por eso, no se trata simplemente de una primaria. A días de que Estados Unidos cumpla 250 años, las urnas premiaron a una camada de activistas que detesta esa fecha. Una cantidad nada despreciable de personas va a jurar cargos electivos en distintos puntos del país compartiendo exactamente lo mismo: no un plan de gobierno, que casi no necesitan, sino una premisa: que el país que en pocos días sopla las velitas es, en el fondo, algo que merece caer.