La noche del jueves, durante el partido entre el Aston Villa y el Maccabi Tel Aviv, la ciudad de Birmingham fue escenario de graves disturbios protagonizados por grupos islamistas. La Policía británica, desbordada por la violencia, optó por encerrar a los aficionados israelíes en una pista de baloncesto vallada para «garantizar su seguridad». En las calles, los manifestantes coreaban «muerte al IDF» y ondeaban banderas de Palestina, Líbano y Cachemira, mientras la enseña británica estaba ausente.
El primer ministro, Keir Starmer, que había prometido revertir la prohibición de entrada a los seguidores israelíes, quedó en evidencia ante el poder de las turbas. Unos 700 agentes se desplegaron para contener la violencia, sin éxito. La escena reflejó un clima social marcado por la radicalización y el fracaso de las políticas de integración que han permitido el arraigo del islamismo en el país.
Estos disturbios no son un hecho aislado. Son la continuación de las marchas antisemitas que tomaron Londres el 7 de octubre de 2023, cuando aún se contaban las víctimas de los ataques de Hamás en Israel. Detrás de esta movilización se encuentran redes bien organizadas, con vínculos en Pakistán y bajo la influencia de la Hermandad Musulmana, identificada hace una década por el propio Gobierno británico como una amenaza para la seguridad nacional.
Sin embargo, desde entonces no se ha actuado con firmeza. El islamismo ha avanzado en los barrios, las escuelas, las universidades, la administración y los medios de comunicación. El resultado es una sociedad cada vez más fracturada, donde la Policía debe proteger a los judíos encerrándolos, mientras los radicales dominan el espacio público.