Un joven británico ha sido detenido en una manifestación contra la apertura de una nueva mezquita en Cumbria (condado de Inglaterra) por gritar la frase «nos gusta el beicon» en tono burlón. El arresto, llevado a cabo por dos agentes que lo sacaron del lugar, ha generado polémica por el carácter aparentemente inofensivo de la expresión, que algunos consideran amparada por la libertad de expresión.
El muchacho, de 23 años y padre soltero, se encontraba entre los asistentes a la protesta cuando lanzó el comentario. Según la versión policial, sus palabras podrían constituir «abuso racial» al haberse pronunciado frente a un recinto religioso musulmán, donde se sabía que la referencia al cerdo sería interpretada como una provocación.
El Reino Unido, a pesar del crecimiento constante de la población islámica, continúa siendo oficialmente un país cristiano, y su marco legal reconoce la libre expresión de ideas y opiniones. Por ello, el caso ha suscitado preguntas: ¿cómo es posible que un simple guiño gastronómico termine en una detención?
El beicon, en realidad, forma parte de la identidad cultural británica desde hace siglos. Su presencia en el desayuno inglés tradicional se remonta a la era victoriana, cuando Isabella Beeton incluyó en su Book of Household Management de 1861 una receta de desayuno que podía prepararse en un cuarto de hora. Con el tiempo, ese full English breakfast fue incorporando judías con salsa, hash browns e incluso variantes regionales como la morcilla, pero el beicon nunca ha faltado.
Hoy en día, el negocio del beicon mueve en Reino Unido alrededor de 1.300 millones de libras anuales, lo que demuestra hasta qué punto está arraigado en la dieta nacional. Por eso, para muchos británicos, decir «nos encanta el beicon» no es más que una obviedad compartida por la mayoría.
Cuesta entender que un comentario de este tipo, pronunciado aunque sea en un contexto delicado, pueda llegar a equipararse con un acto de desorden público. Más aún cuando, como señalan algunos críticos, existe una diferencia fundamental entre religión y raza, y el Reino Unido no cuenta —al menos por ahora— con leyes de blasfemia.
El contraste resulta aún más irónico al recordar que pequeños ladrones pueden sustraer productos cárnicos por valor de hasta 200 libras sin apenas arriesgarse a pasar una noche en el calabozo, mientras que un joven acaba esposado por alabar un alimento profundamente vinculado a la tradición nacional.