«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
La mirada de Trump sobre Europa es alarmante

El diagnóstico de Trump sobre Europa (I): un giro radical en Bruselas o irrelevancia absoluta

Donald Trump. Europa Press

Muchas veces se ha anunciado que la era en la que Estados Unidos se consideraba el policía del mundo ha terminado y que el país debería reconcentrarse en sus propios asuntos y dejar de promover su sistema político y cultural por el mundo. Trump lo proclamó en el debate presidencial para su primer mandato y lo refrendó con su nueva «Estrategia de Seguridad Nacional» (NSS 2025), que transcribe el viejo espíritu de «America First». Pero este plan de seguridad estadounidense de una treintena de páginas no es sólo un nuevo intento aislacionista, sino que trastoca todo lo que Europa y el resto de las democracias liberales daban por sentado sobre el país más poderoso del mundo.

El presidente Trump ve un panorama desolador para Europa, con un presente enfermo y un futuro terminal, el diagnóstico puede ser acertado, pero respecto del pronóstico tal vez el viejo continente aún tenga algo que decir, todo depende de que los europeos acepten o desafíen el rol que el presidente norteamericano proyecta para el viejo continente.

El documento NSS 2025 ahonda en un aislacionismo paradójico: por un lado, Estados Unidos rechaza el orden mundial unipolar surgido tras la Guerra Fría y en su lugar aboga por una multipolaridad con esferas de influencia para Pekín y Moscú, buscando un (¿ingenuo?¿improbable?) equilibrio de poder duradero. Por el otro, Washington reafirma su hegemonía sobre el hemisferio occidental, reviviendo la «doctrina Monroe» que otorga a EE. UU. el derecho de supervisar el continente americano. Este marco fue promovido en la década de 1930 por los aislacionistas del movimiento «America First», a los que Pearl Harbor debilitó y corrió del centro estratégico, y cuyas ideas permanecieron en las sombras de la tecnoburocracia del Estado profundo estadounidense.

La nueva estrategia de seguridad nacional de Donald Trump repasa los grados de interés de EEUU en las diversas regiones planetarias, tomando posición respecto de los conflictos y tensiones actuales en base a la forma en la que el republicano entiende el mundo. El más duro de estos análisis se lo dedica a Europa, bloque al que desprecia por haber cedido su soberanía a la Unión Europea, a la que acusa, correctamente, de estar atacando libertades como la de expresión, la política o la económica. También advierte de un reemplazo civilizatorio inminente.

Cuando se trata de entender qué hay en la cabeza de Donald Trump, es necesario estar preparado para una montaña rusa de contradicciones. Por un lado, Trump viene alertando y acertando desde hace más de 10 años con el diagnóstico sobre la situación de Europa, y tiempo atrás estos análisis le valieron el desprecio y la burla de los líderes europeos durante su primer mandato, en aquellos años en los que Angela Merkel marcaba el pulso del continente, de los organismos internacionales y en los que era prácticamente el hegemón ideológico del mundo libre. Pero por el otro, aquel bullying sufrido por Trump en su primera administración tuvo un giro en la segunda, cuando los mandatarios europeos (algunos de los cuales son figurita repetida) pasaron del desdén a la sumisión más humillante. Esta carencia de matices envalentonó al norteamericano, muy afecto a resumir la diplomacia a sus relaciones personales.

Este es hoy el panorama de Europa que se ve desde los ojos de Trump: un grupo de personajes ineficaces, arteros, engreídos, autoritarios hasta donde les permite el marco institucional (y un poco más), cuyo fracaso los convirtió en falderos.

Una imagen vale más que mil palabras: Europa puede representarse en la foto de aquel improvisado e inútil viaje colectivo de los líderes europeos a Washington el último agosto, para debatir el enésimo plan de paz alternativo para la guerra en Ucrania, en el que, en el Salón Oval, Donald Trump estaba sentado como un emperador, altivo en su escritorio, sermoneando a la fila de mandatarios que tenía enfrente, sentaditos como buenos alumnos, asintiendo y agradeciendo como vasallos. En definitiva, la «NSS 2025» de Trump en lo que se refiere a Europa es la plasmación de esa foto: un plan que la vasalla.

La Casa Blanca prevé un mundo multipolar, dominado por Estados Unidos, Rusia y China, cada uno con su área de influencia, en el que debería reinar el equilibrio. En ese sentido, terminar la guerra en Ucrania deviene como condición necesaria para la normalización de relaciones con Rusia. Se trata de un giro filosófico pronunciado, que redefine el orden mundial, jubilando al «orden basado en reglas». Se abandona la promoción del orden liberal y la democracia, abriendo los brazos a regímenes totalitarios, absolutismos teocráticos como los del Golfo Pérsico y a otros modos de gobierno bien alejados de los valores occidentales.

La nueva estrategia de seguridad nacional norteamericana marca así un giro radical respecto de la intervención estadounidense en el extranjero que, en la era Trump, se comprometerá sólo si se afectan los intereses vitales del país, procurando mantener alejadas del continente a otras potencias (léase China, aunque la alude solapadamente) a las que quiere negar la capacidad de posicionar fuerzas amenazantes o de controlar activos vitales. Este control no sólo concierne a Latinoamérica, sino a otras zonas que se extienden hasta Canadá y el Círculo Polar Ártico, los accesos antárticos, los puestos insulares de la Cuenca del Pacífico y Groenlandia.

Pero aquí aparece un problema que las escasas páginas de la estrategia no desarrollan: China y Rusia no son compartimentos estancos ni tienen como horizonte el tan deseado “equilibrio” trumpista. En realidad ya han desarrollado una alianza estratégica muy profunda en los ámbitos militar, tecnológico, financiero, de inteligencia y diplomático. Si esta alianza perdura y se solidifica gracias a este plan de “aislacionismo”  y “equilibramiento” y, en consecuencia, la multipolaridad logra la paridad tecnológica y económica, el mundo podría deslizarse irremediablemente hacia una hegemonía autoritaria. Y es aquí donde el rol de Europa debería reinventarse como guardián de los valores liberales en lugar de convertirse en vasallo tironeado por dos ejes políticos que lo desprecian.

Pero Europa no encuentra su voluntad política ni la valentía para enfrentar el hecho de que sus pretendidos baluartes como la autonomía o el orden basado en reglas ya no existen, como no existe la protección del aliado al que besaban el anillo, ni existe el músculo de su poder blando. Un cambio de mentalidad del liderazgo europeo es fundamental. No sólo un recambio político (que, como sostiene Trump, es ralentizado o impedido por la burocracia corrupta de Bruselas), sino un cambio de mentalidad para asumir la responsabilidad sideral que significa tomar decisiones en cuestiones de guerra y paz, cuestiones para las que la inmensa mayoría de los políticos no está ni intelectual, ni política, ni técnica, ni psicológicamente preparada.

La comodidad estructural que los trajo hasta acá, nacida de la inercia de glorias pasadas, ha convertido al continente en un museo con altos costos de mantenimiento. Europa está dividida ideológicamente, tratando de operar en bloque. A pesar de que sus mandatarios viven reunidos, es incapaz de definir los intereses comunes que defender. En momentos tan acuciantes, Europa está ocupándose de impedir que los adolescentes usen redes sociales, del diseño de las tapitas de botellas de plástico, que las personas usen efectivo y fanatizada por regular y frenar toda innovación. Cree (¿cree?) que la guerra híbrida o, peor, una invasión en toda regla puede gestionarse burocráticamente. Esta ilusión ha producido un desarme no sólo militar sino intelectual.

Por eso, luego del lanzamiento por parte de Rusia de una guerra a gran escala en 2022, no han podido detener la dependencia de la energía rusa y en lo que respecta a la dependencia de Estados Unidos ha aumentado. Un cambio de mentalidad exigiría sacrificios que el viejo continente no está dispuesto a hacer, como desmantelar el elefantiásico Estado de bienestar, promover la industria digital libre, decantarse por el crecimiento de la energía nuclear, o invertir en defensa para superar el esfuerzo bélico del eje China-Rusia.

Trump todo esto lo sabe y está dispuesto a aprovecharlo. Según varios informes periodísticos, pretende alejar a algunos países como Italia, Hungría, Polonia y Austria de la Unión Europea. Estos trascendidos pueden ser falaces, pero el informe oficial sí dice claramente que Europa enfrenta un «borramiento de la civilización» y será «irreconocible en 20 años» y por eso propone aumentar las relaciones con los políticos europeos alineados con su administración, apoyando a los partidos, movimientos que buscan la soberanía y la restauración de las formas de vida tradicionales europeas; concretamente propone: «cultivar la resistencia a la trayectoria actual de Europa dentro de las naciones europeas».

Queda saber si los políticos y partidos que Trump considera “la resistencia” pasarían a formar parte de una nueva cohorte dependiente…pero eso es hacer futurología.

La cuestión es que las últimas semanas han sido un no vivir para los actuales líderes europeos. Aún no se habían recuperado del contenido y los vaivenes del plan de paz de 28 puntos propuesto por la administración Trump; cuando los sorprendió la publicación de la «NSS 2025», a la que han reaccionado como un ciervo encandilado.

Incapaces de pensar fuera de su caja, volvieron a mendigar conversaciones cruciales, que ya dejan de ser cruciales por lo cotidianas e infructuosas. Keir Starmer, Emmanuel Macron y Friedrich Merz llamaron de nuevo este miércoles a Donald Trump para continuar su «trabajo intensivo» para poner fin a la guerra y emitieron una nueva declaración después de la llamada diciendo que estaban de acuerdo «en que este era un momento crítico, para Ucrania, su gente y para la seguridad compartida en toda la región euroatlántica». Es un loop que lleva un año exacto, la «Coalition of the Willing» ya parece una caricatura.

Trump, por su parte, admitió haber intercambiado palabras muy fuertes con los mandatarios europeos durante esa llamada y se mostró escéptico de nuevas reuniones a menos que exista una perspectiva que a él le interese. Pero es que un día antes, en una entrevista, Trump los humilló diciéndoles que eran «débiles» y los culpó por el desarrollo de la guerra de casi cuatro años. El mismo miércoles, Zelensky también mantuvo reuniones y conversaciones de crisis con los mismos mandatarios europeos que parecen atrapados en una ratonera. Finalmente, Trump cerró estas idas y venidas con el plazo de la Navidad para que se concluyera un acuerdo.

Este es el panorama en el que la Estrategia de Seguridad Nacional de Trump no concede a Europa su propia esfera de influencia. Al contrario, Europa parece destinada a caer bajo algún tipo de tutela, y no debería descartarse que quede incluída en la “doctrina Monroe” de Putin. Ahora, el bloque se encuentra con poco margen de maniobra, en parte porque la gran mayoría de los Estados miembros han abrazado una lógica de dependencia voluntaria y, en parte, porque sus propias realidades locales no les permiten pensar en políticas a plazos medianos o largos. Se niegan a admitir que la «protección» que tanto cultivaron ahora los asfixia políticamente y los vuelve vulnerables a cada cambio de rumbo estratégico como el «NSS 2025».

En las conversaciones sobre el plan de paz para Ucrania, las potencias europeas hoy no pueden influir en el destino de una guerra que involucra a un país europeo y que es crucial para su propio futuro. Europa está entendiendo por las malas que la idea de que sólo con el poder blando alcanza es ridícula, y que no se puede sostener sin el respaldo del poder duro.

La mirada de Trump sobre Europa es alarmante, pero es también el reflejo de las propias decisiones europeas. Si Europa no asume un giro mental y político radical, no volverá a ser un actor relevante y se convertirá en un apéndice prescindible, que nadie defenderá porque sus propios custodios renunciaron a hacerlo. El diagnóstico de Trump es brutal, pero Europa podría tener algo para decir sobre su pronóstico, en lugar de seguir mendigando protección y relevancia. El tiempo se agota.

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