«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Se trata de denuncias cínicas e hipócritas… pero absolutamente reales

El sincericidio europeo ante el colapso del Estado de bienestar

El canciller alemán Friedrich Merz. Europa Press

En un lapso bastante corto de tiempo, la crème de la crème del establishment europeo ha optado por un inesperado sincericidio; tanto Merz y Bayrou, como poco antes Lagarde y Draghi, hicieron declaraciones contra su propio líquido amniótico, el Estado del bienestar.

Se trata de denuncias cínicas, hipócritas y seguramente inconducentes… pero absolutamente reales.

En definitiva, estos animales políticos han decidido denunciar la obsolescencia del paternalismo benefactor, dejando a todos atónitos, no por lo que decían sino por el hecho de decirlo. Porque para un político de raza, criticar al Estado de bienestar es tabú.

Por ejemplo, a pocos días de que se vote su moción de confianza, el primer ministro francés François Bayrou, dijo en una entrevista que los baby-boomers —los nacidos entre 1946 y 1964— son los culpables de la crisis económica francesa porque durante décadas se favorecieron de pensiones anticipadas y generosas, ayudas sociales para prácticamente cualquier cosa y tantas otras mieles estatales… en fin, una vida paradisíaca que sus hijos y nietos tendrán que pagar amargamente. «¿No les parece genial? Todo esto para el confort de ciertos partidos políticos, pero también por el confort de los boomers» sostuvo Bayrou y agregó: «Estamos aceptando que los jóvenes sean reducidos a la esclavitud obligándoles durante décadas a reembolsar los préstamos que fueron decididos a la ligera por las generaciones anteriores. Y no hay nada más viciado que este legado que vamos a dejarles. Han logrado convencer a los más jóvenes de que era necesario manifestarse para pedir aún más deudas».

Aparentemente esta nueva narrativa es un diseño del propio Macron para recuperar la iniciativa y el voto joven. Al presentar la crisis de la deuda como una injusticia generacional, Bayrou intenta desviar el debate sobre la prolongada y siempre fracasada gestión de Macron con una verdad evidente: la carga fiscal que pesará sobre los contribuyentes más jóvenes. Pero los baby boomers constituyen un poderoso bloque de votantes, cortejado por gobiernos de todo el globo durante décadas. Presentarlos como los villanos es una jugada de riesgo.

En paralelo, el canciller alemán, Friedrich Merz, provocó el estupor mundial al decir, tajante, en una conferencia de su formación partidista que «el Estado de bienestar que tenemos hoy ya no puede financiarse con lo que producimos en la economía». Evidenciaba Merz lo que todos saben y callan, que las prestaciones sociales superan largamente la capacidad de las economías europeas que llevan más de 15 años sin crecer y con crisis financieras recurrentes.

El problema central de los países europeos es que han construido a lo largo de las últimas décadas sistemas de bienestar elefantiásicos, inflexibles a la reducción. Todos estos Estados del bienestar europeos son hoy una bomba de relojería que ya empezó a estallar. Pero los europeos continúan viviendo holgadamente y no perciben la dimensión de la decadencia. Por eso votan mayoritariamente por mantener el asistencialismo y por eso es muy marginal la cantidad de políticos que se atreven a hablar de este tabú; de hecho, si hablan del Estado de bienestar, lo hacen para pedir que se amplíe o para proponer que se redireccione (de migrantes a jubilados, de las grandes urbes a los pequeños pueblos, por ejemplo), pero casi nunca señalándolo como el origen del problema.

En todo el espectro político reina el silencio. Después de todo, los intentos de recortar el gasto son maná para las manifestaciones de la izquierda a las que la derecha tiene pánico, y con bastante razón, dado que propuestas como la «redistribución» o los «impuestos a los ricos» son cantos de sirena que siempre recogen adeptos. Es posible que muchos entiendan el sinsentido de este sistema de quebranto garantizado, pero vivir el ahora es una pulsión fuerte, y por otra parte, un declive que posiblemente no vayan a vivir es un precio que vale la pena pagar.

Bayrou no está tan errado. Cuenta la leyenda que los Estados de bienestar europeos representan la mitad del gasto social de todo el mundo. Es posible que el dato sea exagerado, pero es una excelente metáfora de la inviabilidad del modelo: un gasto tan descomunal frena cualquier posibilidad de crecimiento. Todos los motores económicos y culturales que hicieron a Europa la madre de Occidente se han muerto o están en vías de extinción por los más diversos motivos, léase la competencia china, el proteccionismo local al que ahora se suma el norteamericano, el encarecimiento de la energía, el kafkiano exceso de normas, el totalitarismo climático, la corrupción y el crecimiento exponencial de la clase burocrática improductiva.

Es el dilema fundamental de todo Occidente. El despilfarro de prestaciones y programas sociales posterior a la Segunda Guerra ha coincidido con el envejecimiento de la población (cruzar estas variables puede ser causal de pena capital, pero el lector, en secreto, sin que el Estado lo vea, puede animarse a pensar la relación entre ambas) y en consecuencia, la reducción del número de contribuyentes vuelve al modelo insostenible. Los países han construido sistemas de bienestar tan amplios que han superado la capacidad de las economías para financiarlos, pero paradójicamente se ha vuelto casi imposible reformarlos. No hay objetivo más espanta-votos que achicar el Estado de bienestar y no hay Estado de bienestar más poderoso que el europeo.

Por eso, la pujanza empresarial, la inversión de riesgo y la innovación no pueden prosperar en Europa. La inmigración, una posible solución a la falta de productividad derivada del invierno demográfico, fue utilizada como estandarte político de manera que se nutrió de corrientes ajenas a la cultura local, también en lo que se refiere al trabajo y la producción. O bien atrajo a trabajadores poco cualificados, o a masas de inmigrantes que se sumaron a la teta de las prestaciones sociales, tensionando más al sistema. A diario, a lo largo del continente son noticia agresiones cometidas por inmigrantes ilegales que generalmente gozan de apoyo estatal. La crisis económica ha expuesto esta realidad que años atrás quedaba disimulada. En fin, que la solución se convirtió en problema y la sobrecarga fiscal sobre las empresas, para mantener estas prestaciones, se hizo ruinosa.

Esta situación crece con los años, y hoy ninguna empresa europea se clasifica entre las más importantes del mundo. Para colmo, Europa adoptó una política energética ridícula para lograr un imposible NetZero, razón por la cual subvencionó fuentes de energía ineficientes, mientras perseguía la generación eléctrica a base de gas natural, nuclear y carbón. El resultado es que la electricidad en Europa es carísima, afecta a los consumidores privados y a las empresas que no pueden competir con industrias extranjeras que disfrutan de energía mucho más barata.

Sumado a esto, la guerra en Ucrania puso de manifiesto otro aspecto de la inviabilidad europea que los especialistas vienen advirtiendo hace décadas: en lo relativo a defensa, el viejo continente no puede defenderse. Esta clave, particularmente humillante, se puso de manifiesto en la foto que nos dejó la reciente reunión de los líderes europeos con el presidente Trump en la Casa Blanca. Donald Trump encabezaba la reunión mientras que los mandatarios europeos se sentaban secundariamente a su alrededor, atolondrados por alabarlo sin tener nada para decir más allá de oraciones vacías que podrían haber sido pronunciadas por una reina de belleza. Desempeñan un papel menor, o intrascendente, en las conversaciones de paz sobre una guerra en su propio continente.

El Occidente libre está diseñado por Europa, no hay un sólo aspecto de nuestra cultura que no provenga de esas tierras. Incluso el concepto de la fusión de culturas es europeo. Pero la Europa que moldeó nuestro mundo pierde influencia en él, tanto económica, como cultural, científica, artística, geopolítica y militarmente y por eso, sorpresivamente, ahora los políticos comienzan a gritar que el rey está desnudo.

Es cierto que Merz, Bayrou, Lagarde o Draghi no tienen autoridad para hablar de austeridad, de equilibrio fiscal, de coherencia institucional o política. Ninguno de ellos predicó con el ejemplo. Ahora mismo, Francia y Alemania siguen engordando, con deuda que pagarán los aún no nacidos, al obeso aparato estatal. Francia está peor que Alemania, con su endeudamiento a punto de desencadenar una crisis política que obliga al gobierno a convocar una moción de confianza en los próximos días que muy posiblemente perderá. Pero, con Macron o sin él, todos los intentos recurrentes de bajar el gasto en Francia han fracasado, la sola idea de aumentar la edad de jubilación un par de años se considera una herejía. Bayrou habló de eliminar unos días festivos y a los franceses les resultó una tragedia. Gran Bretaña se encuentra en una situación similar, también Italia. Y todos se muestran sin idea de cómo seguir, a la espera de rescates, de ampliar el proteccionismo, de subir impuestos, y luego…, bueno, posiblemente saltar al abismo.

Más allá del futuro político y económico de los gobiernos europeos, este debate sobre el Estado de bienestar y sus consecuencias intergeneracionales incumbe a todas las economías occidentales. El modelo benefactor es un auténtico castigo para las generaciones venideras. Los sistemas previsionales no son sostenibles, los sistemas de asistencia educativa desde el jardín maternal hasta el posgrado no son sostenibles, el arte, la vivienda, el turismo, la información y hasta las cirugías estéticas subvencionadas no son sostenibles. Los beneficiados por el Estado de bienestar son una fuente de votos decisiva y cada vez más amplia, pero son a la vez el veneno que está socavando toda posibilidad, ya no de crecimiento, sino de supervivencia.

Y por eso, los políticos frente a sus crisis, se animan a lo indecible. Siguen estafando a los creadores de riqueza para financiar sus votos con prestaciones sociales insostenibles, pero han comenzado a pronunciar esta verdad incómoda, no por valentía ni honestidad, sino porque la realidad los ha puesto contra las cuerdas. Su sincericidio es un manotazo de ahogado frente al colapso del andamiaje sobre el cual construyeron sus carreras políticas.

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