«Ser es defenderse», RAMIRO DE MAEZTU
El «Polexit» planea ya en la mente de muchos polacos

El último castigo de la UE a Polonia: los fondos de recuperación no llegarán antes de las elecciones de 2023

El primer ministro de Polonia, Mateusz Morawiecki. Europa Press

Polonia quizá haya sido, junto con España, el miembro más entusiasta del «club europeo» con centro en Bruselas. Encuesta tras encuesta, incluso en medio de las incomprensiones de la Comisión, mostraban a Polonia como uno de los más entusiastas integrantes de la Unión Europea. Medio siglo bajo la bota soviética había convencido a los polacos de que no podía haber mejor destino que integrarse de vuelta en el Occidente europeo del que había estado tanto tiempo separada.

Hasta ahora. No es un secreto que Polonia, junto a Hungría, lleva ya años siendo el lobo omega de la manada comunitaria, el que se lleva todas las censuras y sanciones por su manía de mantener el amor por su soberanía. Y la gota que desborde el vaso de la paciencia polaca podría estar más cerca de lo que muchos creen en su panorama político nacional.

La gota en cuestión es que parece seguro que el dinero del Fondo de Recuperación de la Unión Europea que corresponde a Polonia no llegará a Varsovia antes de las elecciones parlamentarias de 2023. No busquen explicaciones técnicas: es una nueva triquiñuela política de Bruselas (y Berlín) para rendir por hambre a los rebeldes polacos. Y van a por todas: según informaciones filtradas a los medios, también se suspenderán los demás fondos comunitarios que corresponden a Polonia.

No es, desde luego, sorpresa alguna que la Comisión ya no disimula en absoluto su odio ideológico al partido que gobierna Polonia, Ley y Justicia (PiS), y está dispuesta a hacer mangas y capirotes con los procedimientos legales para hundirlo. Es algo similar a la siniestra advertencia de la presidente de la Comisión, Ursula von der Leyen en vísperas de las elecciones italianas: si los pueblos votan «mal», la UE está ahí para castigarles. La democracia es cosa demasiado seria para dejarla en manos de los ciudadanos polacos.

Ni que decir que nada de esta actitud aparece en los tratados comunitarios ni en los principios fundacionales de la Unión Europea, basados en el principio de subsidiariedad, la concepción de la alianza como una asociación voluntaria de estados iguales y soberanos. Desde hace tiempo quedó clarísimo que la Comisión ha superado esa fase, y su objetivo explícito es convertirse en un megaestado decidido a romper cualquier resistencia de las «provincias» díscolas hasta que se sometan a la autoridad indiscutible de Bruselas.

No es la primera vez que Bruselas usa la vara. Lo hizo contra Grecia en 2015. Lo volvió a hacer con Italia, a la que endilgó a cinco «gobernadores cipayos» con el nombre de primer ministro, pero sin pasar por las urnas, que se atuvieron milimétricamente a los planes comunitarios para el país. Y ahora es el turno de Hungría y Polonia, que tienen el descaro de querer seguir siendo Hungría y Polonia.

La Unión Europea no ha aprendido nada de las crisis sucesivas, desde la financiera de 2008 a la actual crisis energética, pasando por la crisis del euro o el Brexit. Como se decía de los Borbones, ni olvidan nada ni aprenden nada.

Tal vez no logren romper la determinación de los polacos, pero todo podría ser. Quizá Polonia ceda, al final, pero una cesión tan injusta, abusiva y pública no quedaría sin consecuencias, potencialmente letales. El «Polexit» planea ya en la mente de muchos indignados polacos, que podrían convertir su amor hacia Europa en aborrecimiento hacia la UE, o podría ser la Comisión la que, sin más, acabara empujando a Polonia fuera del tratado. Pero lo harían, lo están haciendo, a los ojos de todos los europeos, en un momento en que su política energética demencial de empobrecimiento generalizado lanza a las calles del continente a cientos de miles de ciudadanos.

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