Finlandia ha terminado un nuevo tramo de su valla fronteriza de 200 kilómetros con Rusia, un proyecto iniciado en 2023 y valorado en 362 millones de euros, cuyo objetivo declarado es contener la creciente inmigración ilegal procedente del Este. Helsinki sostiene que esta presión migratoria no es espontánea, sino una maniobra deliberada del Kremlin para desestabilizar a la Unión Europea mediante el envío organizado de inmigrantes hacia los pasos fronterizos finlandeses.
El nuevo segmento refuerza especialmente los puntos de cruce tradicionales, muchos de ellos situados en zonas remotas y de difícil vigilancia, y afecta en gran medida a Laponia, la región más vulnerable por su despoblación acelerada. La Guardia Fronteriza explica que la reducción del número de habitantes hace que la zona sea «cada vez menos controlable», lo que incrementa los riesgos de seguridad en un territorio considerado históricamente un frontera geopolítica entre Oriente y Occidente.
Marja Mattila, vecina de Laponia «de toda la vida», resume el sentir de muchos finlandeses: no vive con miedo, pero sí con una conciencia clara de la amenaza. «Si miramos la historia, nunca ha venido nada bueno del Este«, afirma, recordando las tensiones recurrentes con Rusia y la invasión soviética de 1939.
La Guardia de Fronteras confirma el diagnóstico: la situación es «cada vez más tensa» y la reapertura completa de la frontera oriental podría desencadenar otro flujo masivo de inmigración ilegal organizada desde Rusia. La valla, que cubre aproximadamente una cuarta parte de la frontera total entre ambos países, se ha levantado sobre terrenos estatales y privados, y se considera una infraestructura clave para reforzar la soberanía finlandesa en un momento de creciente presión híbrida por parte de Moscú.