Los famosos zan-ryū Nippon hei fueron soldados japoneses rezagados que, tras la rendición de Japón en la Segunda Guerra Mundial, continuaron luchando, décadas después, una guerra inexistente. El más pintoresco de estos personajes fue el oficial de inteligencia Hirō Onoda, que se entregó en marzo de 1974, dando lugar a múltiples conjeturas que explicaran su férrea terquedad. Y si bien en la cabeza de Onoda su lucha tenía algún tipo de sentido, para el resto de la humanidad se convirtió en el ejemplo del absurdo peligroso. Actualmente, otro grupo de lunáticos se empecina en una batalla ridícula y, en honor a los zan-ryū Nippon hei los llamaremos Los Soldados Rezagados de Greta, una pandilla de ecolocos que acaba de anotarse una victoria en Hamburgo que obligará a la principal ciudad industrial de Alemania a desindustrializarse por completo de aquí al 2040.
Hamburgo es ahora el campo de Marte de Los Soldados Rezagados de Greta, ese batallón de niños trastornados que se formó en el auge de la histeria climática y que llevó a la señora Greta Thunberg a gritar sus berrinches en la ONU en 2019. De aquellos polvos surgió el lodo del «Referéndum del Futuro de Hamburgo» que se celebró el 12 de octubre pasado. La petición buscaba profundizar la ya suicida Ley de Protección Climática de Hamburgo que pretendía que la ciudad lograra un constructo ininteligible llamado «neutralidad climática» para el 2045. Los Soldados Rezagados de Greta movilizaron a toda la maquinaria política, mediática y legal para adelantar el suicidio al 2040. Y lo lograron.
Para conseguir el referéndum juntaron más de 100.000 firmas presentadas al Senado de Hamburgo en octubre de 2024. En el camino recibieron donaciones por más de 700.000 euros, principalmente de la organización ambientalista Campact, así como de empresas de energía renovable como Lichtblick, Greenpeace y otros secuaces del turbio mundo de las ONGs. El 43% de los habitantes de Hamburgo se molestó en emitir su voto, la mayoría por correo y poco más de la mitad de ellos lo hizo a favor. Así que el 23% de los hamburgueses más delirantes acabará con la mayor ciudad industrial de Alemania.
Para ser justos, estos activistas estaban en el caldo de cultivo adecuado. En el año 1997, la Ciudad Libre y Hanseática de Hamburgo ya había tenido la soberbia de pensar que con una ley podía influir sobre el clima. Pero esta ley les pareció poco, sobre todo al calor de las coordinadas protestas climáticas mundiales promovidas por su movimiento «Fridays for Future», así que en 2020, consiguieron que el Parlamento de Hamburgo aprobara una nueva «Ley de Protección del Clima», que consagró la neutralidad climática para 2050. Pero se ve que tienen algún tipo de compulsión obsesiva, porque para 2023 volvieron a considerar que era poco, así que lograron que el Parlamento de Hamburgo aprobara la nueva «Ley de Fortalecimiento de la Protección del Clima», que adelantó el objetivo de la neutralidad climática unos cinco añitos, al 2045.
Pero ¡atención!, el Parlamento hamburgués, así de obsesivo como se ve, resultó muy tibio para Los Soldados Rezagados de Greta a los que no hay ley que les venga bien. Cuestión que apenas la última ley entró en vigor en enero de 2024, ya querían una nueva, y para conseguirla forzaron la democracia directa a través de la recolección de firmas.
A esta altura resulta fundamental destacar que Hamburgo es responsable de menos del 0,022% de las emisiones de CO2 a nivel mundial. La ciudad no merece ni siquiera el adjetivo de «irrelevante». Pero no hay ridículo que pueda con esta gente y ahora Hamburgo debe reducir sus emisiones en un 98% para 2040. Tontos pero estrictos, deberán elaborar anualmente un balance de las emisiones para verificar los objetivos y si se superan las emisiones anuales totales permitidas, la diferencia se imputará a los cinco años siguientes, considerando que vaya a seguir existiendo Hamburgo
Una semana antes de la votación, una alianza multipartidista del SPD, la CDU y el FDP pidió el «no», advirtiendo el maremoto de costos y problemas que la nueva ley traería aparejados, pero acá se hace evidente el problema político que afecta al mundo entero y que la izquierda ultraradicalizada aprendió a manejar con maestría. Las decisiones ya no se dirimen en el debate institucional, sino en la movilización de minorías fanatizadas y completamente ignorantes de la forma en la que funcionan las cosas. El referéndum recibió el apoyo mayoritario en cuatro de los siete distritos de Hamburgo, especialmente en el centro de la ciudad, zonas con poca proporción de propietarios, de trabajadores rurales o industriales.
El referéndum impondrá una estrangulación veloz e implacable a las familias. Uno de cada siete habitantes de Hamburgo vive en una casa de la empresa inmobiliaria Saga. Según su director general, Thomas Krebs, los costos para la transformación requerida por el referéndum superan los 1.500 millones de euros. Estos gastos recaerán en los inquilinos, que se verán imposibilitados de afrontarlos. Los primeros afectados serán los sectores más vulnerables, pero el costo de la transformación hay que ampliarlo al resto de los privados. Además, la construcción de nuevas unidades estaría completamente muerta, ya no valdría la pena construir. La pérdida de empleos y la debacle social será exponencial.
Un informe de 2023 del Instituto de Hamburgo y al Öko-Institut describía de forma alarmante los cambios drásticos que la ciudad debe implementar ahora. Todas las calderas de gas y petróleo deben sustituirse. Toda la red de gas natural de Hamburgo, con una extensión de casi 8.000 kilómetros, deberá ser desmantelada. La ciudad tendrá que imponer en todas sus calles un límite de velocidad de 30 km/h y reducir significativamente el tráfico. Esto supone un desafío logístico y social de muy difícil cumplimiento debido a la escasez de trabajadores cualificados. Las empresas deben transformar completamente sus procesos energéticos. La proporción de electricidad en la matriz energética aumentará y deberán expandirse drásticamente las energías renovables, lo cual actualmente tampoco es viable. Se necesitará la electrificación completa de todos los automóviles, del transporte público, del transporte de mercancías y del ferroviario. La logística portuaria debería convertirse al hidrógeno o a los electrocombustibles. El costo de esta conversión se estima en miles de millones de euros anuales.
Hamburgo es la principal ciudad industrial de Alemania en parte gracias a su puerto, el tercero más importante de Europa. Pero si sus empresas, que generan millones de euros al año, son obligadas a volver a la era del hierro, esos millones dejarán de fluir, difícilmente el gobierno consiga los cientos de miles de millones necesarios para satisfacer el capricho de Los Soldados Rezagados de Greta, que seguramente querrán mantener su progresista estilo de vida urbano. Evidentemente no tienen idea de dónde surgen los productos y servicios que hacen su vida tan confortable y privilegiada, por eso es que acaban de votar por su propio apocalipsis personal.
El referéndum —al igual que las leyes, normas, narrativas y políticas públicas nacidas de la inefable alarma climática hegemónica desde fin del siglo pasado— es absurdo e insostenible. No tiene sentido, y es tan cambiante y contradictorio como lo permite la memoria de mosca de sus activistas. Pero no se trata de un acto de lógica económica, científica o política, sino un nuevo espectáculo de virtue-signaling, un ejercicio de autoafirmación tan absurdo como eficaz, que demuestra que la suma del activismo financiado, los slogans buenistas, una buena campaña de prensa y el apoyo en manada de celebridades ágrafas da sus frutos.
El resultado para los hamburgueses será catastrófico, pero para el resto del mundo es un llamado de atención. El sistema democrático es muy fácilmente manipulable por el activismo woke, gracias a una sociedad guiada por las emociones y no por la razón. Esta es la clave del éxito de todos estos movimientos. El #MeToo, BLM, Fridays for Future, y tantos otros salidos siempre de la misma matriz ideológica, han impuesto sus leyes, su escala de valores y su sistema de vida siempre que se les ha permitido. Y hacen, siempre que pueden, todo lo posible por destruir la civilización.
En Hamburgo, una sociedad desnortada votó su propio suicidio colectivo y celebra su ruina como un logro moral. La ciudad constituye el experimento más acabado del delirio woke: un lugar que se excluyó del futuro real en nombre de un futuro que sólo existe en la cabeza de sus soldados rezagados.