«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Hanau y Worms evidencian el cambio cultural

La Alemania de los Grimm se diluye entre kebabs, barberías turcas y carteles en árabe

Berlín inmigrantes
Inmigrantes en Alemania. Europa Press

En Hanau, ciudad del estado de Hesse conocida por ser la cuna de los hermanos Grimm, el visitante encuentra hoy un escenario que refleja la transformación cultural que atraviesa Alemania. Allí donde antes predominaban símbolos de la tradición germánica, ahora abundan restaurantes de kebab, locales de comida rápida con certificación halal y supermercados afganos. En las calles se escucha con normalidad el árabe y saludos propios del mundo islámico.

La estatua de bronce de los Grimm preside la plaza central, recordando el legado literario alemán. Pero su entorno ha cambiado por completo.

Esta transformación está ligada a la evolución migratoria del país. Alemania, a diferencia de la Administración de Estados Unidos con la llegada del presidente Donald Trump, carece de mecanismos estrictos de deportación. Y además, gran parte de quienes hoy dan forma a este nuevo paisaje urbano llegaron de manera legal: como trabajadores invitados en los años sesenta, como refugiados sirios o como ciudadanos que ya cuentan con pasaporte alemán.

Worms, una de las ciudades más antiguas del norte de Europa y famosa por el Edicto de 1521 contra Lutero, ofrece un ejemplo todavía más significativo. Su centro histórico ha visto desaparecer la clásica kneipe alemana, el bar tradicional alemán. Hoy sólo se encuentran shisha bars, salones de apuestas y barberías turcas.

Este tipo de cambios ha impulsado un debate interno que ya se escucha con claridad entre los propios alemanes. Tanto votantes de izquierda como de derecha coinciden en que la inmigración se ha convertido en un desafío que afecta a la cohesión del país. A ello se suma la llegada de más de un millón de refugiados ucranianos desde el inicio de la guerra, que ha intensificado la presión sobre ciudades y servicios públicos.

En muchos ámbitos de la vida cotidiana, desde los comercios hasta el transporte público, el debate empieza a abrirse paso. Crece la percepción de que Alemania afronta un cambio profundo que no sólo afecta a la convivencia, sino también a su identidad cultural.

Los analistas recuerdan que la integración no depende sólo de documentos o estadísticas, y que la nacionalidad por sí sola no garantiza cohesión. Es una reflexión que cobra fuerza mientras ciudades como Hanau o Worms muestran de forma visible el impacto del cambio demográfico.

Con un Gobierno que evita abordar ajustes de calado en su política migratoria, el malestar ciudadano continúa en aumento. Y aunque la transformación no implique un juicio inmediato, muchos alemanes admiten que sienten que su país atraviesa una etapa en la que su identidad tradicional corre el riesgo de desaparecer.

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