«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Copenhague endurece su política de integración

Dinamarca se planta frente al islamismo: «No queremos sociedades paralelas»

Mujeres con velo islámico. Europa Press.

Dinamarca ha comenzado a levantar un muro político, legal y cultural contra el avance del islamismo radical en Europa. El Gobierno de la primera ministra Mette Frederiksen, del Partido Socialdemócrata, ha adoptado una línea de firmeza migratoria e identitaria que rompe con el modelo multicultural dominante en buena parte del continente.

Entre las medidas anunciadas figura impedir el llamado islámico a la oración en colegios y espacios públicos mediante altavoces desde mezquitas. También se incluyen restricciones al uso del burka y una ofensiva contra las llamadas sociedades paralelas, comunidades cerradas que viven al margen de las costumbres, normas y valores nacionales.

El objetivo declarado por Copenhague no es prohibir la práctica religiosa del Islam, sino frenar la consolidación de enclaves islamistas incompatibles con la identidad danesa y con la integración real.

Dinamarca rechaza el multiculturalismo

La política danesa supone un rechazo frontal al modelo multicultural que durante décadas fue presentado por las élites europeas como horizonte inevitable.

Dinamarca, uno de los países más pequeños y prósperos del norte de Europa, pasó de ser una nación asociada a la confianza social, el bienestar y la apertura migratoria a convertirse en uno de los gobiernos más duros de Europa en materia de inmigración e integración. La razón es clara: Copenhague considera que la tolerancia no puede convertirse en renuncia cultural.

El Gobierno danés ya no se pregunta únicamente si la integración funciona, sino cómo impedir que la fragmentación social destruya la cohesión nacional antes de que sea irreversible.

Prohibición del llamado islámico en espacios públicos

Una de las decisiones más simbólicas es la prohibición del llamado islámico a la oración en colegios y lugares públicos mediante altavoces. El ministro de Inmigración ha explicado que la medida no busca limitar la libertad religiosa, sino preservar el carácter cultural del país.

Dinamarca no quiere transmitir la imagen de una nación que debe borrar sus propias costumbres para demostrar tolerancia hacia comunidades llegadas de fuera. El mensaje político es directo: la integración exige respeto a las normas y tradiciones del país receptor, no la transformación del espacio público en función de exigencias religiosas importadas.

Contra el burka y las sociedades paralelas

El Ejecutivo danés también mantiene restricciones contra símbolos como el burka y ha puesto el foco en las sociedades paralelas. Estas comunidades, según el diagnóstico de Copenhague, dificultan la integración, debilitan la confianza social y crean zonas culturales desconectadas del resto del país.

Dinamarca intenta impedir que el islamismo radical utilice la libertad occidental para construir espacios donde se rechazan precisamente los valores que hicieron posible esa libertad: igualdad ante la ley, integración nacional, seguridad pública y primacía del orden civil sobre la presión comunitaria.

Asilo en mínimos históricos

Otra de las medidas clave es la reducción de las concesiones de asilo a niveles mínimos históricos. Mientras otros países europeos, como España, destinan cada vez más recursos a absorber flujos migratorios crecientes, Dinamarca ha optado por cerrar el grifo y endurecer las condiciones de entrada y permanencia.

La política de Copenhague funciona así como un muro no sólo fronterizo, sino también administrativo. No se trata únicamente de impedir entradas irregulares, sino de evitar que la inmigración masiva transforme de forma irreversible la estructura social del país.

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