En 1933, la famosa sociedad de debate británica Oxford Union aprobó una moción que decía: «Esta Cámara no lucharía bajo ninguna circunstancia por el Rey y la Patria». Eran, no es necesario entrar en detalles, años convulsos en Europa y en el mundo. El fresco recuerdo del horror reciente no permitía vislumbrar el horror mayor que se avecinaba. Filósofos, políticos, historiadores e inversores, todos trataban de comprender los nuevos fenómenos sociales, las corrientes de pensamiento que se estaban moldeando, los humores de distintas capas de la sociedad y sus formas de adaptarse a esos frenéticos momentos.
Todo podía ser un indicio, todo evento podría representar un peligro mortal para las naciones, todo era evaluado porque los líderes políticos se estaban midiendo entre sí en un ajedrez de varias dimensiones. En ese contexto, la escandalosa resolución de los jóvenes de la Oxford Union fue noticia de primera plana. El resultado —275 votos a favor y 153 en contra— horrorizó a Churchill, que calificó la votación de «abyecta, miserable, desvergonzada» y «nauseabunda», y alegró a Hitler, que vio en ella un indicio de que los jóvenes británicos habían perdido la voluntad de luchar, diagnóstico engañoso que, durante algún tiempo, pudo sonar acertado.
Por cierto, los estudiantes universitarios de Oxford, así como los de otras prestigiosas universidades, eran un grupo influyente a comienzos del siglo pasado, mucho más que hoy. Es posible que los altos estándares, hoy letalmente relajados, tuvieran algo que ver con eso. Prestar atención a sus puntos de vista tenía mucho sentido, se les consideraba futuros protagonistas políticos y por eso los medios se interesaban por lo que decían en las sociedades de debate.
Sin embargo, la enseñanza que dejó el famoso debate de «el Rey y la Patria» es que lo que sale de las cuatro paredes de la sala que alberga a los retoños de las élites no puede interpretarse como prueba de lo que piensa una sociedad. Los estudiantes de Oxford no son una muestra fiel de la población general. Provienen de entornos privilegiados, envueltos en cámaras de eco ideológicas, que además cuentan con una protección social extra que les permite abrazar la provocación y desarrollar el afán por el escándalo sin afrontar las consecuencias.
La guerra llegó, finalmente, y muchos de los que años antes votaron en el debate de «el Rey y la Patria» participaron de ella. Tal vez entre los votantes estuvieran quienes saltaron sobre Normandía, a la medianoche, con 40 kg de equipo, bajo fuego antiaéreo y en total oscuridad, sobre zonas inundadas… Entonces, ¿cómo deberíamos analizar los debates que se dan en el seno de las universidades respecto de lo que realmente ocurre en la historia?
Una Institución con historia épica
La Oxford Union, hoy es de nuevo protagonista de nauseabundos escándalos. Esta institución, fundada en 1823, no es meramente una sociedad de debate sino un campo de entrenamiento de la élite política británica y —en muchos sentidos— global. Su historia está marcada por una épica defensa de la libertad de expresión y su antiguo nivel de influencia contrasta violentamente con el caos y el declive financiero que la envuelven en la actualidad.
Nació en secreto como la «United Debating Society», en una época en que la Universidad de Oxford restringía severamente lo que los estudiantes podían discutir, prohibiendo los debates sobre política o religión. Sus jóvenes fundadores desafiaron la censura para crear un espacio donde se pudiera debatir abiertamente.
Por allí pasaron cientos de figuras encumbradas. Seis Primeros Ministros han sido ex-presidentes de la Union, incluyendo a Edward Heath, Harold Macmillan y Boris Johnson. En su tribuna ha resonado con las voces más influyentes del siglo XX y XXI: Winston Churchill, Ronald Reagan, Albert Einstein, Stephen Hawking, Richard Dawkins, el Dalai Lama, Malcolm X o Michael Jackson. Para participar se impone un Código de Etiqueta, símbolo de respeto por la seriedad del discurso. El debate solía ser un despliegue de oratoria, donde el ingenio se medía tanto por la elegancia del argumento como por la habilidad para navegar los argumentos contrarios y el voto final a viva voz.
El pogromo del 7 de Octubre: Catalizador de la Radicalización
Hoy, tristemente, el brillo de esos dos siglos languidece. El templo de la libre expresión está ahora sumido en el caos, al borde de la insolvencia y convertido en el escenario de manifestaciones violentas donde reina la censura, el totalitarismo y el linchamiento colectivo. La Oxford Union experimenta una escalada dramática de crisis cuyo catalizador fue el pogromo del 7 de octubre de 2023 en Israel, que disparó la radicalización del islamoizquierdismo en los campus.
En octubre de 2023, cuando aún se estaban contando los cadáveres en las calles de Israel y los rehenes eran llevados como trofeo a Gaza, se pidió debatir una moción que pretendía la «Intifada hasta la Victoria» («Intifada until victory»), que fue cancelada porque las autoridades vieron «serias preocupaciones legales» para la universidad. En mayo de 2024, estudiantes judíos enviaron una carta a las autoridades detallando más de 100 incidentes de antisemitismo.
Pero la crisis alcanzó su punto culminante en la Oxford Union con el debate del 28 de noviembre de 2024 sobre si «Israel es un Estado de Apartheid responsable de genocidio». La moción fue aprobada con 278 votos a favor y 59 en contra, en medio de la manipulación, la intimidación y sesgo contra los oradores que se opusieron a la moción, lo que generó críticas de que la Unión se había convertido en el «gobierno de la turba». El momento más alarmante ocurrió cuando se le preguntó a la audiencia si habrían informado a las autoridades sobre los ataques del 7 de octubre si los hubieran sabido de antemano; la gran mayoría indicó que no lo habrían hecho. Uno de los oradores a favor de la moción calificó a los ataques del 7 de octubre de «heroísmo».
Tras el debate, se conoció que la Oxford Union editó las grabaciones de video del evento para eliminar las interrupciones y los abusos dirigidos a los oradores que defendían a Israel. El periodista británico Jonathan Sacerdoti publicó el video completo del debate de la Oxford Union sin los cortes, lo que expuso la locura de aquel día en el recinto, dejando expuesto hasta qué punto están dispuestos los miembros de la institución a mentir y a usar la violencia para sostener sus falacias. El debate degeneró en un caos, ya que el equipo de Sacerdoti ni siquiera pudo terminar sus declaraciones por los gritos obscenos del público, y en un momento dado, a otro de los miembros del equipo que defendía a Israel se le pidió que abandonara la sala por defender el honor de los rehenes retenidos por Hamas.
Todo resultó lamentable para Oxford Union, especialmente el comportamiento de los fanáticos propalestinos ante la exposición de estadísticas por parte de Sacerdoti. El contacto de la turba con la realidad produjo una reacción que merece un tratado de psiquiatría. El antisemitismo, que ya existía antes del 7 de octubre, empeoró y se hizo más organizado y normalizado después. De hecho, la policía antiterrorista ha iniciado una investigación sobre las declaraciones hechas por los oradores propalestinos debido a la gravedad de su contenido. La ironía histórica es devastadora: la institución que nació desafiando la censura muere ahora practicándola.
El escándalo Abaraonye luego del asesinato de Charlie Kirk
Pero el colapso en la gobernanza y reputación de la Oxford Union tuvo su apogeo debido al escándalo en torno a su presidente electo, George Abaraonye, un estudiante de Filosofía, Política y Economía que en mayo de 2025 debatió con Charlie Kirk en la Union, un encuentro que luego sería trágicamente irónico.
La crisis estalló en septiembre, tras el asesinato de Kirk en la Utah Valley University. Abaraonye publicó mensajes de felicidad en redes sociales y WhatsApp, celebrando la muerte de un invitado reciente con el que había estado cara a cara poco tiempo atrás. Este acto de inhumanidad desató una condena masiva y la cancelación de decenas de oradores.
Abaraonye, en lugar de dimitir, tomó la inusual decisión de instigar una moción de censura contra sí mismo para someter a votación su presidencia, y perdió la moción por un margen abrumador —1,228 votos a favor de su remoción y 501 en contra—, viéndose obligado a dimitir de su cargo.
El asalto a Ehud Olmert
Pero el activismo islamoizquierdista ya se ha hecho con el control de la Oxford Union. El 16 de noviembre de 2025, manifestantes propalestinos treparon las paredes y bloquearon el edificio de la Union para impedir el discurso del ex Primer Ministro israelí Ehud Olmert, en una escalada de caos físico sin precedentes. La escena se tornó caótica cuando los manifestantes —cuyo número era de unas 60 personas— acusaron directamente a Olmert de ser un «criminal de guerra».
El simbolismo utilizado fue extremo: varios manifestantes alzaron sus manos cubiertas de pintura roja brillante, un fuerte gesto gráfico que representa la infame imagen del linchamiento de soldados de las FDI durante la Segunda Intifada. Entre las manifestantes identificadas con las manos pintadas de rojo se encontraban Khadija Khokhar, becaria Fulbright financiada por los contribuyentes estadounidenses, y Nazifa Binte Harun, estudiante de posgrado con una beca DAC de Oxford para países en desarrollo.
El nuevo presidente de la Oxford Union, el paquistaní Moosa Harraj, violó el protocolo al negarse a presentar a Olmert y, al finalizar el evento, se marchó directamente sin darle la mano. La hostilidad no tuvo límites; los manifestantes interrumpieron constantemente el discurso de Olmert, incluso cuando describía su oferta de paz de 2008. Al menos tres personas tuvieron que ser retiradas de la cámara, incluyendo a dos miembros de la propia Oxford Union, debido a sus acciones violentas.
Es paradójico porque Ehud Olmert es un adversario político declarado de Benjamin Netanyahu y crítico de sus políticas, particularmente en lo referente al conflicto palestino. Olmert es una figura de centro-izquierda, lo que lo sitúa en una posición ideológica mucho más cercana a la turba de lo que la turba imaginaba.
Este incidente se produjo apenas días después de que la Oxford Union emitiera una votación contundente a favor de una moción que calificaba a Israel como una «amenaza mayor para la estabilidad regional» que Irán, lo que subraya el sentimiento antiisraelí dominante.
«Go woke, go broke»
El eslogan «go woke, go broke» es la clave; en los últimos años, la adhesión a esta demencial corriente ideológica conllevó la bancarrota y la decadencia. En el caso de las instituciones académicas, la situación es idéntica. La Oxford Union, otrora templo mundial de la oratoria, se encuentra al borde de la quiebra, un destino que se atribuye directamente a la gestión caótica de sus líderes y a las consecuencias económicas de la polarización política. Según un informe de enero de 2025, la sociedad solo tiene dos años de operación restantes, ya que al ritmo actual de pérdidas semestrales que superan las £99,000, su saldo de caja de £718,000 se agotará irremediablemente. El presupuesto para el año fiscal proyecta una pérdida total superior a £358,000, un déficit que es un escándalo en sí mismo para una institución de su prestigio.
La debacle financiera es una peligrosa combinación de ingresos decrecientes y un despilfarro inexplicable. El desorden político ha impactado directamente en la principal fuente de ingresos: las membresías. Debido al ambiente turbulento y a que los debates se descarrilan frecuentemente, la Union prevé un déficit irremontable. Otras fuentes comerciales están fallando espectacularmente; las competiciones de debate sólo logran cubrir el 16% de lo presupuestado. Incluso los proyectos comerciales son focos de pérdida: la venta de alimentos y bebidas prevé un déficit de £9,000 cuando se esperaba alcanzar el equilibrio. A esto se suma el costo insostenible de la producción de videos para YouTube, que cuesta alrededor de £100,000 anuales y genera menos ingresos de lo que gasta.
El gusto de los jóvenes izquierdistas por el lujo es flagrante: un solo evento, el Hilary Term Ball, incluyó £5,000 en champán Bollinger, £1,800 en pavos reales y £750 en una escultura de hielo. El déficit se ve agravado por los costos legales derivados del activismo: el gasto en abogados es de alrededor de £11,000 destinados a honorarios legales y de consultoría, en parte para manejar las repercusiones del polémico debate sobre Israel-Palestina y los festejos de los miembros por el asesinato de Kirk.
Esta gestión negligente condujo a una dependencia peligrosa de los donantes, evidenciada por una campaña de recaudación de £5,000,000. Sin embargo, incluso esta vía se vio paralizada por el caos generado por George Abaraonye, que provocó el congelamiento inmediato de hasta £500,000 en donaciones, poniendo en peligro la capacidad de la sociedad para asegurar la presencia de invitados de alto nivel, lo que amenaza con el cese total de la sociedad.
El precipicio moral
La Oxford Union ha sido violada por las fuerzas de la intolerancia, el odio y la tiranía de una turba que traiciona los principios que alguna vez afirmó defender. Si este es el clima intelectual y moral que moldea a los líderes del mañana, las implicaciones son escalofriantes, no sólo para la Unión, sino para la sociedad en general. Si los estudiantes de 1933 pecaron de ingenuidad ante la amenaza nazi, los de 2025 pecan de complicidad activa con ella. Y esta vez, no habrá Normandía que rescate a la institución de su propio fanatismo.