Un nuevo informe ha desvelado que los inmigrantes representan una proporción considerable de las personas que viven en la pobreza absoluta en Italia, incluso mientras las tasas de pobreza entre las familias compuestas únicamente por italianos continúan descendiendo. Según cifras del Istat, de los 2,2 millones de hogares en situación de pobreza —es decir, sin ingresos suficientes para cubrir un nivel de vida mínimo—, alrededor de 1,5 millones son italianos y 733.000 son ciudadanos extranjeros. Esto significa que, pese a constituir menos de una décima parte de la población, los inmigrantes pobres representan aproximadamente un tercio del total.
Maurizio Belpietro, director del periódico La Verita, publicó un artículo en el que advirtió sobre lo que calificó como un fenómeno de «importación de pobreza». «Del total de la población inmigrante, el 35,6% vive en pobreza absoluta, una cifra cinco veces superior a la de los italianos», señaló Belpietro, quien cuenta con 360.000 seguidores en X y ejerce una notable influencia en el debate político del país.
Las cifras muestran que las familias mixtas —con un progenitor italiano y otro extranjero— presentan una tasa de pobreza absoluta ligeramente inferior, del 30,4%. Sin embargo, la situación sigue siendo crítica, y expertos advierten que la promesa de que la inmigración masiva sostendría los sistemas de pensiones europeos no se refleja en los datos.
Francesca Totolo, comentarista italiana, subrayó en X que los inmigrantes no contribuyen al sistema de pensiones de manera significativa: «La tasa de pobreza entre familias compuestas únicamente por extranjeros alcanza el 35,2%, mientras que entre las familias totalmente italianas es apenas del 6,2%. Esto significa que serán los italianos quienes financien ayudas, subsidios, vivienda y pensiones a los extranjeros sin recursos».
El debate sobre el impacto económico de la inmigración no se limita a Italia. Estudios históricos en Países Bajos indican que los inmigrantes costaron al Estado 400.000 millones de euros entre 1995 y 2019. En Alemania, se estima que los costes anuales asociados a la inmigración ascienden a unos 50.000 millones de euros, incluyendo prestaciones sociales, vivienda, educación y subsidios familiares.
En Francia, el académico Jean-Paul Gourévitch ha señalado que la inmigración no genera beneficios económicos netos: «Los datos de empleo muestran que la inmigración cuesta más de lo que aporta. Según mis estudios, el déficit se sitúa entre 20 y 25 mil millones de euros al año, aunque los economistas de izquierda y derecha difieren: los primeros estiman entre 6 y 10 mil millones, los segundos entre 40 y 44 mil millones».
El contraste con China resulta revelador: a pesar de sus estrictas políticas migratorias, el país ha logrado un crecimiento económico acelerado y domina sectores estratégicos como la tecnología verde y la industria automotriz, demostrando que no es necesario depender de la inmigración para impulsar la innovación o garantizar la sostenibilidad de sistemas sociales y económicos.