Un nuevo estudio académico ha encontrado al último culpable de la crisis climática: los hombres. No las decisiones energéticas de los gobiernos, ni la dependencia industrial de China, ni el empobrecimiento que provocan ciertas políticas verdes, sino el comportamiento masculino, especialmente el de los llamados «hombres blancos eurooccidentales de élite».
El artículo, firmado por más de veinte autores de trece países y publicado en Norma: International Journal for Masculinity Studies, lleva por título Men, masculinities and the planet at the end of (M)Anthropocene. En él, los investigadores sostienen que las conductas masculinas tienen un impacto negativo sobre el planeta y que determinados modelos de masculinidad dificultan la acción climática.
La tesis central del texto es que los hombres tienden a tener una mayor huella de carbono, comer más carne, viajar más y preocuparse menos por el medio ambiente. Para sostener esta afirmación, los autores citan un estudio francés de 2025 realizado sobre 15.000 personas, según el cual los hombres emitirían un 26% más de contaminación que las mujeres a través del transporte y la alimentación.
El estudio también sostiene que los hombres serían «menos ambiciosos y menos activos» en política ambiental, así como menos dispuestos a modificar sus hábitos cotidianos para adaptarse a las exigencias climáticas. En otra investigación citada por el artículo aparece incluso el concepto de «estrés de masculinidad», definido como la preocupación por parecer femenino. Según esa tesis, los hombres que padecen ese supuesto problema se preocuparían menos por el cambio climático y evitarían productos ecológicos para preservar una imagen masculina tradicional.
Los autores amplían además su crítica hacia la presencia masculina en sectores como la industria pesada, la química, las energías basadas en carbono, la agricultura y el ámbito militar. El resultado es una lectura en la que la masculinidad aparece prácticamente como una categoría de riesgo ambiental.
El editor del artículo, el profesor Jeff Hearn, sociólogo de la Universidad de Huddersfield, en el norte de Inglaterra, ha afirmado que existe ya «mucha investigación» que muestra los efectos negativos de ciertos comportamientos masculinos sobre el medio ambiente y el clima. A su juicio, lo sorprendente es que esta dimensión no aparezca con más frecuencia en los debates sobre sostenibilidad.
El texto reserva sus críticas más duras para los «hombres blancos eurooccidentales de élite», a quienes contrapone con los hombres de bajos ingresos del llamado sur global. También admite, aunque de forma secundaria, que algunos hombres trabajan «urgente y enérgicamente» para corregir esas tendencias.
La investigación llega envuelta en el habitual lenguaje de cierta academia contemporánea: «(M)Anthropocene», «estrés de masculinidad», «hombres eurooccidentales» e «industrias extractivas». Un vocabulario destinado, previsiblemente, a circular con comodidad en seminarios universitarios, congresos de género y despachos dedicados a producir nuevos marcos conceptuales para viejas obsesiones ideológicas.
El estudio aparece, además, en un momento delicado para la política climática europea. El Pacto Verde y las regulaciones ambientales de Bruselas han encontrado una resistencia creciente entre agricultores, Estados miembros y votantes que denuncian el coste económico y social de una transición ecológica impuesta desde arriba.