Más de década y media de acoso ha terminado dando resultado, como sucedió en Polonia: Hungría, el último país en resistir la insoportable presión política y económica de Bruselas ha vuelto al «redil globalista». Con una participación cercana al 78%, la más alta en años, la oposición ha logrado una mayoría suficiente para desalojar a Fidesz del poder tras dieciséis años de gobierno ininterrumpido.
Pocas veces una elección nacional en un país relativamente pequeño ha suscitado tanta atención ni su resultado producido tanto alivio fuera de sus fronteras. La derrota de Viktor Orbán ha sido recibida en Bruselas, París o Madrid como el cierre de una anomalía que duraba demasiado.
A pesar de ser caracterizado su mandato como una «tiranía» y sugerir que su derrota podría provocar la resistencia del gobierno a ceder el mando, Orbán reconoció el resultado sin ambages antes de que terminara el recuento, prometiendo seguir en la lucha. Porque sabe que lo que está en juego aquí va más allá del destino de su pequeño país.
Durante más de una década, Hungría ha funcionado como un cuerpo extraño dentro de la Unión Europea. Un país que insistía en tomarse en serio eso de la soberanía, que cerraba fronteras cuando otros las abrían, que hablaba de identidad nacional sin pedir perdón y que se permitía el lujo de discutir decisiones tomadas en Bruselas como si no fueran dogmas.
La presión sobre el Gobierno húngaro ha sido constante. Expedientes sancionadores, procedimientos por «vulneración del Estado de derecho», bloqueo de fondos europeos que alcanzan cifras próximas a los 18.000 millones de euros. El mensaje, exquisitamente soviético, no podía ser más claro: el que se mueva no sale en la foto.
A esa presión institucional se ha sumado otra más difusa, pero no menos real. Durante años, Hungría ha sido objeto de una campaña mediática y política sostenida en la que Orbán se presentaba como una especie de reliquia incómoda en el corazón de Europa, una anomalía que había que corregir antes o después. No es casual que la victoria de su rival haya sido presentada inmediatamente como un «retorno a Europa», como si Hungría hubiera estado, hasta ahora, en algún tipo de extrarradio moral.
Las reacciones son elocuentes. Ursula von der Leyen celebró que «Hungría ha elegido Europa», mientras líderes como Macron o Sánchez se apresuraban a felicitar al vencedor en términos que iban mucho más allá de la cortesía diplomática. Desde Estados Unidos, voces del entorno demócrata interpretaron el resultado como una derrota del populismo en el continente. Demasiada unanimidad como para pensar que estamos ante un simple relevo.
El vencedor, Péter Magyar, ha construido su campaña precisamente sobre la promesa de normalización: mejores relaciones con Bruselas, desbloqueo de fondos, reintegración en el consenso europeo. Es una oferta política legítima, pero conociendo las presiones de todos estos años no deja de sonar a capitulación.
En ese contexto, las referencias a la influencia de redes internacionales, como las vinculadas a George Soros encajan en una realidad más amplia: Hungría llevaba demasiado tiempo en el punto de mira como para que este resultado pueda leerse sólo en clave doméstica.
Ni Orbán es un líder más ni estas elecciones han sido unos comicios de un pequeño país como cualquier otro. Orbán había convertido un país de seis millones de habitantes a algo similar a la aldea gala de Astérix, con un modelo que se resumía en uno de sus lemas más famosos: «Hungría quiere seguir siendo húngara». Durante años, Hungría ha sido la prueba de que era posible, al menos dentro de ciertos límites, desviarse del camino marcado. Decir no en cuestiones clave —inmigración, soberanía, relación con las instituciones europeas— sin quedar inmediatamente fuera del sistema. Ese margen se ha reducido de forma drástica. La propia rapidez con la que Europa ha celebrado el resultado indica hasta qué punto se consideraba necesario.
Orbán no apareció de la nada ni se sostuvo en el poder por accidente. Ganó cuatro elecciones consecutivas, la última con más del 50% de los votos, en un país donde la oposición, pese a todo el apoyo externo, ha tardado años en articular una alternativa viable. Las tensiones que alimentaron su proyecto no desaparecen con una derrota electoral.