«Ser es defenderse», RAMIRO DE MAEZTU
Este artículo se publicó en La Gaceta antes de convertirse en La Gaceta de la Iberosfera, no siendo entonces propiedad de Fundación Disenso.

Ha muerto el jesuita José Enrique Ruiz de Galarreta

Giuseppe para los amigos, entre los que no me encontraba. Tenía 77 años, o los cumpliría a lo largo de 2014. Algo por encima de la media de edad de lo que queda de la Compañía de Jesús. Pero casi un jovenzuelo. Para lo que hay.

Sobre su persona sólo podría yo decir aquello de muy conocido en su casa a la hora de cenar. Aunque sin duda algunas personas le conocerían. Y le estimarían. El saber algo de él me llega por el exfranciscano, y no sé si secularizado como sacerdote, José Arregui. De quien tengo el peor de los conceptos. Con lo que de entrada todos sus elogios me parecen deméritos. Y su necrología del jesuita es elogiosísima. Pero como el susodicho se inventó cosas sobre el obispo Munilla también se las ha podido inventar sobre el jesuita. Si así hubiera sido este artículo no tendría sentido. Pero, en ese caso, las reclamaciones al maestro armero, o sea a Arregui. No a mí.

Según el exfranciscano este jesuita, listísimo como todos los de la Orden, yo sin embargo he conocido a algunos que rivalizaban con Abundio, cuando en misa leía textos del Antiguo Testamento o incluso de los Evangelios, si no coincidían con sus ideas cambiaba las palabras rituales y concluía: «Esto no es palabra de Dios». Y naturalmente sus superiores se llamaban a andana. Me parece intolerable por el uno, o el huno, y por sus superiores. 

Arregui termina de retratarle de este modo:

«Su fe se resumía en una palabra, mejor, en una vida: Jesús, el hombre. Fue un discípulo enamorado de Jesús, parábola de la Vida que contaba parábolas y que a José Enrique tanto le gustaba explicar. No le interesaba si había sido concebido sin varón ni si la tumba quedó vacía. “Ya no me importa nada de su generación eterna ni de su consubstancialidad ni de sus dos naturalezas”, nos dejó escrito.

Esos y otros dogmas le traían sin cuidado. ¿En qué creía? Creía en el hombre Jesús y en la Presencia buena que él encarnó con su vida buena y que todos podemos encarnar como él, siendo Aire, Viento, Agua, Luz».

Pues qué quieren que les diga. Adolfo Nicolás, Prepósito General de la antaño ínclita Compañía, se sigue luciendo. Y la pérdida de un sujeto así es más bien ganancia para la Iglesia. Lo peor es que quedan bastantes más como él. Aunque afortunadamente en su mayoría septuagenarios y octogenarios. Que por otra parte deben ser ya casi la mayoría de los jesuitas. Si al grupo unimos los sexagenarios, mayoría absoluta.

No voy a ser hipócrita. ¿Sentimiento por su desaparición? Ninguno. A lo más ese genérico de no querer que se muera nadie. Que no sirve para nada pues la muerte es inevitable. En cambio, lo que creo que es obligado, es encomendar su alma a la misericordia de Dios. Yo ya lo he hecho.  

 

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