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LA GACETA DE LA SEMANA

Del chantaje de Nogueras al café de Óscar Puente

Miriam Nogueras, de Junts. Europa Press.
Miriam Nogueras, de Junts. Europa Press.

Pacificación. El concepto, estupendo, que ventila el Gobierno para justificar la bajada de pantalones ante el independentismo es la pacificación del conflicto. Un discurso calcado al de la Herri Batasuna para justificar a ETA en su momento, el conflicto vasco y tal. Hay que tenerlos como camiones, amén de tomarnos cuales imbéciles a los millones de catalanes no nacionalistas, siempre pacíficos cuando las violencias del procés. Resumidas éstas en el intento de usurpar la nacionalidad y los derechos democráticos (Constitución, Estatut) y la quema de calles en Barcelona. Mi edificio estuvo en riesgo de ser incendiado en 2017. Por eso hasta le encuentro gustillo kármico a la sinceridad de quien maneja a su antojo la gobernabilidad, Junts. Su portavoz parlamentaria, Míriam Nogueras, se dirigía así a Sánchez durante la sesión esperpéntica del miércoles: «Nuestros votos están al servicio de los ciudadanos de Cataluña y su progreso, no a su servicio ni al del Reino».

La falacia del progresismo. Quienes hemos tenido o tenemos algún amiguete convergente, conocemos los mimbres. Junts ocupa el espacio del conservadurismo catalanista, su visión del Principado, de España y del mundo en general. Y, aunque su cuota electoral haya menguado tras el caso Palau, el caso Pujol y las locuras del procés, no ha mutado ideología. Si apartamos (fantasía) la deformación nacionalista, cree en el orden social y la libre empresa. Es, en definitiva, gente de derechas con quien cualquier derechista de, pongamos, Valladolid o Vermont, podría estar de acuerdo en muchas cosas. E, incluso y llegado el caso, hacer negocios. 

Inmigración. Hablando de orden, el preocupante estado en que se encuentran numerosas ciudades y pueblos catalanes en materia de seguridad tiene varios responsables. Por supuesto, las marcas de izquierdas Comuns, PSC, ERC y CUP. El equipo refugees welcome. Aunque los socialistas, cuando gobiernan algún pueblo barcelonés de rentas muy altas, cuidan mucho la seguridad ciudadana. Luego está la derecha nacionalista, tan atribulada desde 2012, juguetona con las cosas del comer, obcecada en su suicidio. De ahí la sorpresiva victoria de Aliança Catalana (partidaria de la expulsión de inmigrantes reincidentes) en Ripoll o el voto independentista al candidato del PP en Badalona las pasadas municipales, García Albiol.  

Lo bueno de Pedro. Escribir sobre Sánchez es fácil y divertido. Él solito te procura el argumento y el contraargumento. Este vizconde demediado (Calvino) va a pasar a la historia, tema que parece preocuparle bastante según contó Màxim Huerta el Breve, como el exponente más descarnado de la política, ese arte de mentir. Carente de cualquier rubor, rodeado de una camarilla de ineptos e ineptas, desvergonzados y desvergonzadas, ha conseguido convertir la tradicional artería del político profesional en una cosa zafia y demasiado evidente. La esperada tragedia (todo llega) podría consistir en la desaparición de este PSOE ya sólo sanchista, en el caso de que su electorado volviera, quizás por cansancio o por un momento de lucidez, al sentido común. Mas, a día de hoy, el partido y su incansable aparato de propaganda siguen a tope con Pedro y sus desdoblamientos esquizofrénicos. Un doctor Jekyll y señor Hyde en versión portero bueno de discoteca/portero malo de discoteca.    

¿En qué cree el Presidente? En realidad, Pedro no tiene ideología. Regalar la competencia en inmigración a un partido que ni gobierna (Junts) o loar el progresismo de Bildu resulta clarividente. Él es un oportunista, ha encontrado en la elástica etiqueta «progresista» la justificación a su informalidad respeto a la verdad. Guarda una fidelidad: no cree en nada salvo en él mismo. Buen elemento de estudio para la psicología del poder. 

El verdadero fin. Será difícil que una comunidad autónoma (Cataluña) detente la competencia en inmigración (artículo 149 de la Constitución). De igual modo, otras regalías que Sánchez ofrece a Junts, como forzar a las empresas a que retornen desde otros puntos de España. En cualquier caso, la voluntad a medio o largo plazo (este comunismo no sería muy templado, más bien azorado) es el cambio de régimen. Y, para alcanzarlo, basta con abonar la estrategia del desgaste. La semana pasada recordábamos cómo el catalanismo de principios del XX había logrado en unos años convertir en papel mojado la Carta Magna vigente (1876). Pues ahora tenemos a un presidente de facto catalanista (sobran otros adjetivos). El gustoso rehén que habita Moncloa ahondará la estrategia de manosear cuantos artículos de nuestra Constitución le molesten (molesten a sus socios republicanos y nacionalistas varios) hasta hacerla inservible. Un cambio de régimen pasito a pasito, pero con rumbo fijo hacia la república bananera federal (y fuera de la UE).

Sin perdón. «Camino de Murcia leyendo los diarios de la mañana. Me adentró en los de la fachosfera, y el café, de pronto, me sabe a whiskey [sic]». Esto lo dejó escrito Óscar Puente el jueves. Está bien, da la talla del personaje, su correcto y mesurado sentido del cargo que ocupa, ministro de todos los españoles, por cierto. También resulta admirable el respeto que le tiene a la prensa. He recordado a otro ministro de transportes socialista, Enrique Barón, por comparar. Nadie se cuestione mucho el porqué del actual PSOE. Lo han ido ocupando zoquetes que, a falta de formación y saber estar, airean su único patrimonio: sectarismo. El café le sabe a «whiskey». Y ese aire de matón al servicio del malo en un spaghetti western

No beba más, señor Fu. En algunas ocasiones he presenciado el fenómeno de un asiático borracho. Cerca de casa hubo, durante décadas, un restaurante japonés cuyo propietario agarraba buenas trompas. Eso sí, cuando le pedías la segunda cerveza, ponía pegas e, incluso, te podía soltar que ya habías bebido suficiente. Todo eso con los ojos hinchados y su cuerpo de japonés con kimono balanceándose. En otras ocasiones, he visto chinos literalmente doblados en los sofás del Dry Martini o en la coctelería Ideal. Esperanza Ruiz descubre el dato, desconocido para mí, de tal intolerancia: «Los asiáticos son acetiladores lentos, y que suelen padecer déficit de la aldehído deshidrogenasa, lo que explica que tengan mal beber». 

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