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Del melenas de Waterloo a los clap clap de Bolaños

Félix Bolaños esta semana. Europa Press.
Félix Bolaños esta semana. Europa Press.

¿Fin de la patria jacobina? La piel dura (y también la suave) de Francia acabose. El fin de fête lo indicó hace ya unos años, para nuestra ingenuidad suicida, Michel Thomas, más conocido como Houellebecq, revelado cronista avant la lettre. Cuenta Hugues que “Macron ha ofrecido a la región de Córcega un estatuto autónomo que pasaría por recoger en la Constitución francesa sus «especificidades lingüísticas, culturales e insulares», dando así a los corsos un lugar único en su texto constitucional”. El escritor llama la atención sobre este ouvrir le melon, cosa de consecuencias impredecibles allende los Pirineos. En particular respecto al islam disgregador, caballo de Troya en la república jacobina. Creo yo también que producirá ecos deformantes en España. El catalanismo, que ya tempranamente vio en el nacionalismo irlandés un ejemplo justificador y arrojadizo, no tardará en aprovechar este ocaso de los galos, el regalo al movimiento nacionalista corso (con su ETA particular, filial terrorista y marxista-leninista en declive). Recordemos que el irredentismo barretinero incluye eso que llaman la Catalunya Nord, por ahí por Perpiñan, donde nadie habla catalán aunque se insista en que sí. Igual han oído a alguna oveja centenaria, superviviente de la Guerra de Suceción, beee, beee. 

Parlamentarismo español. Espectáculo delirante, romanticismo prebélico, diario de sesiones para la indigestión nacional. Si la democracia es la guerra por otros medios, esta semana en el Congreso algunos diputados parecían asomarse sin eufemismos desde las tricheras. Nada edificante y harto ilustrativo. Los dedos rígidos, acusatorios, las miradas a lo Adam Ant, el punk folclórico de una ministra Montero. Traía al hemiciclo vapores de tugurio ochentero de Malasaña. Sonando Las Vulpes, La Polla Records o Kortatu, chupas de cuero cubiertas de tachuelas y tono almodovariano. La señora aplaude como habla, chabacanería. El léxico, el poco que subsistía, ha sido reemplazado por un poder ejecutivo agresivo, ruidos guturales y señalamiento dactilar a la oposición, pasionaria tradición. 

Antecedentes ligeros. Comenzó la porquería esta en Cataluña, claro:  ocaso estético, camisetas de la CUP, cháchara populista que la descomposición convergente trajo a la política autonómica. Amén de una izquierda zapateril en bicicleta (y con sueldazo). Iglesias se fijó en el ejemplo y lo tuvo mucho en cuenta para su asalto de inspiración leninista. Aquellos diputados pijos pero antisistema del Parlament autonómico parecían hacer una querida revolución. Un episodio iluminador: Artur Mas, imagen del perfecto burgués catalanista, huyó cual Ceaucescu en helicóptero del parque de la Ciudadela ante la turba amenazadora. Los tripartitos de izquierda nacionalista, de una fealdad ominosa, habían puesto las bases experimentales. 

La fascinación. Como con el procés, habría que elaborar un catálogo de colaboraciones pasionales (obejitas pesecé) y pérfidos divertimentos (del carrinclón madrileño) a la causa inmunda de la izquierda y los nacionalismos periféricos contra el régimen del setenta y ocho. Cuando a algunos viejos carcamales de la prensa escrita les pareció haber descubierto a un piccolo Gramsci. Encumbraron al personaje Iglesias, que no por habitual entre la bazofia de una Historia ya repetida (lean) traía vientos nuevos. Esos aires renovadores, ventisca para la caspa. Son vicios del periodismo, condenado a maravillarse. Modus vivendi.

El teatro catalán. En Esquerra Republicana deben estar nerviosos. Tras la convocatoria urgente de elecciones autonómicas, la jugada puede salir mal. Sus cálculos se basaban en la imposibilidad de tener a Puigdemont haciendo campaña por el Principado, dado que la amnistía tardará un buen rato en aplicarse. Sin el prófugo de candidato, o haciéndolo desde Bruselas, los de Aragonés vislumbraban un panorama más cómodo y, así, vencer la guerra civil contra el postpujolismo. Pero el melenas de Waterloo gusta de mostrarse impredecible. Y, además, ha conseguido doblegar al Estado con la ley de amnistía a su medida, nada menos. Leo en La Gaceta: “En una entrevista en Rac1 [su abogado, un perla] ha admitido que existe la posibilidad de que la Policía pueda detener a Puigdemont cuando cruce la frontera española: «Lo que no se va a poder impedir es que sea presidente de la Generalidad». «Los únicos que lo pueden impedir son los catalanes cuando voten», ha recalcado el letrado Boye, bregado en viejos asuntos de terrorismo. Si Carles fuera detenido, el martirologio, el heroísmo en zapatillas que tanto emociona a los volubles catalanistas se habría materializado. Y el actual President no podría competir ante tamaña estatura, la mitología rediviva del Ja sóc aquí!

No pasa nada. Escribe una nota íntima Pablo Mariñoso. No sé si juzgar esa intimidad una rendición, el retorno a las catacumbas de aquellos cristianos, amenazados, para guardar el tesoro de la liturgia y la fe. Contemplando el retorcimiento de nuestra democracia (todo acaba rompiéndose, disposición a la muerte), confiesa el periodista: «Yo seguiré llegando a casa cada tarde y allí me estarán esperando con un beso y un plato caliente. Y tú, querido lector, madrugarás para trabajar haciendo el bien. Disfrutarás de un atardecer y juntos lloraremos ante la emoción de un embarazo. Ambos reiremos tras una mirada cómplice y qué mejor que juntarnos en torno a una mesa. Los clap clap de Bolaños no son tan fuertes como para tapar la belleza. No pasa nada». Cosa lampedusiana, quizás. Recuerdo a una amistad de noble sangre que alguna vez, durante esta dilatada época de derrotas, suele decir: «Carlos, no te preocupes. España es tan vieja que lo aguanta todo». 

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