Corea del Sur se ha convertido en el ejemplo más extremo del desplome demográfico que ya se extiende por el mundo desarrollado. Con una tasa de fertilidad de apenas 0,8 hijos por mujer, el país no sólo lidera la caída global de nacimientos, sino que anticipa un modelo social que ya empieza a replicarse en Occidente: menos familias, menos niños y más mascotas como sustituto afectivo.
Ese giro se ha estructurado en torno a movimientos como el llamado 4B, una corriente surgida entre jóvenes surcoreanas que plantea una ruptura total con el modelo tradicional de familia. El término hace referencia a cuatro renuncias explícitas: no casarse, no mantener relaciones sentimentales, no tener relaciones sexuales con hombres y no tener hijos. No se trata sólo de una decisión personal, sino de una respuesta organizada a las condiciones sociales, laborales y culturales que muchas mujeres consideran incompatibles con formar una familia, y que está teniendo un impacto directo en el desplome de los nacimientos.
El resultado ya es visible en la vida cotidiana. Las ventas de cochecitos para perros han superado a las de bebés y el número de mascotas se ha disparado en la última década. En paralelo, al menos 150 escuelas primarias no han registrado nuevos alumnos en el último curso y la matriculación infantil en Seúl ha caído un 8% en sólo un año.
Las previsiones son aún más preocupantes. Corea del Sur envejece a gran velocidad y podría convertirse en pocas décadas en una sociedad dominada por jubilados, con una fuerza laboral cada vez más reducida y un sistema de bienestar bajo presión.
El Gobierno ha intentado frenar esta tendencia durante años con ayudas económicas, permisos parentales y políticas de conciliación, tras invertir más de 200.000 millones en dos décadas. Sin embargo, las medidas no han logrado revertir una dinámica que va más allá de lo económico.
Las mujeres señalan factores estructurales como el elevado coste de la vivienda, la presión laboral —con algunas de las jornadas más largas del mundo desarrollado— y la desigualdad en el reparto de las tareas domésticas. Diversos estudios apuntan a que dedican cerca de tres horas más al día que los hombres al trabajo en el hogar.
A ello se suma un clima de creciente tensión social. Casos de violencia, escándalos sexuales y la expansión de contenidos ilegales han alimentado la desconfianza hacia las relaciones. En paralelo, ha surgido una reacción masculina que rechaza el feminismo y acusa a estas corrientes de agravar la crisis de natalidad.
El resultado es una fractura cada vez más visible entre hombres y mujeres jóvenes, con implicaciones políticas y sociales. Este conflicto, unido a la renuncia a formar familias, explica en gran medida el desplome de los nacimientos.
El caso de Corea del Sur no es aislado. Países europeos como España, Italia o Grecia registran también tasas de fertilidad muy bajas, mientras que en Estados Unidos los nacimientos han caído con fuerza en las últimas dos décadas.
La diferencia es que Corea del Sur ya ha cruzado el umbral crítico. Su evolución muestra hasta qué punto una sociedad puede entrar en declive demográfico cuando se combinan dificultades económicas, cambios culturales y un enfrentamiento abierto entre sexos. Un escenario que empieza a perfilarse también en Occidente.