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Nos enfrentamos a un eje de fanatismo suicida

El odio hacia Eden Golan y la revolución para terminar con toda la cultura occidental

Eden Golan. Europa Press

De pronto, un concurso musical se transformó en un tablero de la geopolítica, la maldición de los tiempos interesantes tiene esas cosas. La celebración de Eurovisión nos devolvió una visión en el que las turbas semihumanas, ágrafas, sucias, corrieran por las ciudades medievales europeas clamando contra la presencia de una bruja judía. En la bella Malmö muchas, miles y miles de personas invadieron las calles, esta semana, uniformados con banderas palestinas y kufiyas, como antes se uniformaron de violeta o de verde. En su demencia colectiva, lo más suave que cantaron fue «Del río al mar», el mantra que invoca la desaparición del Estado de Israel, pero se sabe que cuando la masa se ceba puede pedir cualquier cosa. Recordemos que pidieron la cárcel o la muerte para quienes no se inyectaran los menjunjes que hoy se sacan disimuladamente del mercado. Pidieron la muerte al macho y gritaron que nuestros padres y hermanos eran violadores que se debían exterminar. Pidieron, con el mismo fervor y fanática convicción que dejemos de usar autos, comer carne y tener hijos. Siempre hay un genocidio inminente al que aludir.

Esta vez los muchísimos manifestantes (que dicho sea de paso tienen tanto tiempo libre y recursos como para acampar en Columbia, pasarse unos días en Suecia o festejar las elecciones en Londres) se la tomaron contra Eden Golan. Eden es judía, con eso alcanza para que la detesten, pero es además israelí y como tal actuaba en la semifinal del Festival de la Canción de Eurovisión, atrevimiento que los puso furiosos. Entonces cancelar a Eden se convirtió en un vital acto revolucionario. Entre los manifestantes estaba Greta Thunberg y está muy bien que estuviera porque Greta es una metáfora perfecta del material con el que se construye esta Revolución de los Tarados. Greta es más vieja que Eden, ya no es la alienada chiquita gerenciada por sus abusivos padres. Greta, una mujer cuyo rostro tiene tallada la amargura, hastiada de privilegios, dinero y marketing, acudió a hostigar a Eden con otros adultos, tan privilegiados como ella, tan parasitarios como ella, que fueron a amenazar la seguridad física y mental de una niña judía que cantaba una canción.

Por cierto, la controversia política alrededor de Israel participando en Eurovisión es histórica. Pero lo notable es que las quejas del siglo pasado provenían de los países de Medio Oriente, en cambio ahora son manifestaciones de occidente. Las turbas occidentales que se generaron a partir del peor ataque contra los judíos desde el Holocausto, han generado la viralización del antisionismo bajo el paraguas del «derecho internacional» y los «derechos humanos» y piden justicia para una imaginada Narnia Palestina, laica, feminista y democrática.

Pero la narrativa que hoy insufla el odio hacia Eden es un ejemplo más de la victoria del relato de la vieja izquierda. Se trata del aparato de propaganda más exitoso de todos los tiempos. Es la narrativa que transformó en héroes a la Pasionaria, a Allende, al Che; y es la historia oficial que hoy es la que manda. La misma que convierte al terrorismo en heroica resistencia. Es una narrativa que no tiene nada que ver con la realidad, pero que ha tenido un gran impacto en la política. El mecanismo es idéntico tanto con el Che como con los que invadieron Israel el fatídico 7 de octubre: Habiéndoles puesto el manto de víctimas, consiguen el aliento de esa masa de manifestantes antiOccidente que hoy insultan a Eden, como antes lo hicieron con Cervantes y con Jefferson. Esta narrativa no es inocua, es la que los depositó en poder en casi todas partes, la que inunda ONU, la que arruinó las universidades, la que gobierna EEUU. Y es una narrativa que se ha mantenido en el poder porque (mayoritariamente) la derecha la ha tomado como propia hasta hacerse indistinguible de ella.

Esta semana el ambiente en Malmö era igual al de los campus gramscianos en Columbia o en Harvard. El ambiente huele como las manifestaciones del 15M, como las de Occupy Wall Street. El ambiente es de una fealdad confortable, contradictoria, caótica en su autoindulgencia. Ese ambiente abucheó coordinadamente a Eden en el ensayo general, haciendo caer sobre la joven toda responsabilidad. Responsabilidad de qué, si cabe la pregunta. La responsabilidad de toda esa misma narrativa gobernante, la responsabilidad de toda la historia del pueblo judío que, para los manifestantes, es el epítome de la colonización del hombre blanco que nos trajo hasta esta maldita sociedad. Es un razonamiento delirante porque se trata de racismo en toda regla. Es castigo contra el Estado judío y su gente focalizado en la persona de Eden.

Al igual que las hordas de manifestantes de las universidades, los asediadores de Malmö parecen haber desarrollado sólidas posturas sobre la historia del pueblo judío en la región, aunque cuando se les pregunta no pueden explicar el origen de sus reclamos, no saben nada de historia, ni dónde está Gaza, ni quiénes gobernarían la Narnia Palestina que añoran. Simplemente siguen la ortodoxia del odio a su cultura y aplauden la consigna del momento, ayer el terror climático, antes de ayer la leyenda negra, el mes pasado el heteropatriarcado y hoy la destrucción de Israel sumado a la reducción de las emisiones de carbono y la carne artificial.

Cualquier foco de pasión queda legitimado si la causa ataca a Occidente y los nuevos revolucionarios han creado un conjunto rotativo de causas: acabar con la desigualdad, descolonizar, reescribir la historia, multiplicar las identidades sexuales, reparar el racismo estructural. Lo que se les oponga atenta contra los derechos humanos, entendidos según los manifestantes y ONU, como un conjunto de obligaciones positivas impuestas a los Estados occidentales exclusivamente. Eso sí, un sistema de derechos humanos gerenciados por los Estados islamistas donde tales derechos no tienen cabida. ¿Paradójico? Tal vez, al punto que dichos Estados pueden apedrear mujeres, colgar de grúas a homosexuales, violar sistemáticamente a niñas o financiar el terrorismo sin que esto afecte en lo más mínimo su posición de tutores del humanismo. Esta una situación descabellada es la comprobación implícita de que a nadie importan los derechos humanos y que la pretensión de universalidad es sólo un mecanismo de control.

Ahora bien, el control por parte de la izquierda de las instituciones como organismos internacionales, universidades, medios e industria del espectáculo; junto a la exitosa cancelación de sus críticos y contra narrativas constituyen en conjunto la mayor amenaza para nuestra cultura en toda la historia. Los histéricos, complacientes, ignorantes manifestantes que vemos en Malmö detestan el espacio en el que viven, el idioma con el que se comunican, la historia de su civilización y el cuerpo que habitan. Los actos de violencia del 7 de octubre son, para ellos, invenciones sionistas, diseñadas para profundizar el dominio blanco. Y puede ser incluso peor, que sepan que todo es verdad pero consideran que se trata de un acto de resistencia heroica.

Nada podrá hacerlos reparar en la ironía de que alientan un sistema social de esclavitud y violencia patriarcal brutal, lo que nos regresa a la funcionalidad de la Revolución de los Tarados. Existen numerosos grupos de apoyo al terrorismo islamista que son bien dignos de análisis. Hay un grupo llamado Fatties For Palestine y están los famosos Queers for Palestina, la realidad es que son muchas las agrupaciones de personas que no podrían sobrevivir 15 minutos bajo el régimen de la sharia. Pero su idiotez no los hace menos útiles y son quienes piden a gritos que sea Eden la que no pueda cantar, en lugar de pedir protección frente a quienes los exterminarían sin pestañear.

Se han vuelto tan locos que no sólo ven a las víctimas de un pogromo como los opresores, sino que ven a sus verdugos como aliados. Lo que me lleva de regreso a Eurovisión, a las hordas tratando de linchar a Eden, a los manifestantes sobre financiados, estúpidos clones de Greta; y a Hamás, Hezbolá y los líderes de Catar, Irán o Yemen saludando con alborozo a quienes salieron a las calles en apoyo y solidaridad con la lucha yihadista. Existen muchos precedentes trágicos para la idea de que una sociedad pueda suicidarse para cumplir sus fantasías ideológicas. Claro ejemplo es la Alemania nazi dedicando mano de obra y recursos al asesinato de judíos, en lugar de destinarlos al esfuerzo bélico. Los nazis priorizaron sus deseos de un mundo sin judíos más que a su propia victoria.

La Revolución de los Tarados prioriza su deseo de terminar con toda la cultura occidental, aunque esto signifique morir en atentados, apuñalamientos o violaciones masivas y descuartizamientos. No es que no se dan cuenta de que están masacrando a su civilización, es que su ideología así lo demanda. Todo eso ocurre desde hace años en occidente, y sin embargo, en las marchas ondean las banderas de Isis. Realmente prefieren la sharía al legado judeocristiano. Realmente se están abrazando a sus exterminadores. Si triunfa, como venimos viendo, la Revolución de los Tarados, la caída está a la vuelta de la esquina. Nos enfrentamos a un eje de fanatismo suicida con diferentes sucursales dedicadas al ecologismo, al indigenismo, al animalismo, al feminismo, al urbanismo de 15 minutos o a la hormonización de niños, todos uniéndose al islamismo. Nunca se trató de Palestina, ni de Israel, ni de Eurovisión ni de Eden, es una revolución contra la propia casa.

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