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Este artículo se publicó en La Gaceta antes de convertirse en La Gaceta de la Iberosfera, no siendo entonces propiedad de Fundación Disenso.

Cuando la comunidad internacional celebraba el desastre libio

Las Primaveras Árabes financiadas y alentadas desde Occidente prometían la llegada de la democracia al país, pero terminaron con lo que quedaba de él y dejaron las costas libias en manos de las mafias migratorias.

Hubo un tiempo en el que Libia era un país. Bajo el yugo del tirano Muamar el Gadafi contaba con instituciones de Estado, una suerte de parlamento y representación internacional. El dictador acudía a las reuniones de la ONU hasta que las élites mundiales echaron madera sobre la llama que se había prendido meses antes en Egipto. Comenzaron entonces las Primaveras Árabes y la prensa globalista celebró la llegada de la democracia al norte de África. Nada más lejos de la realidad.
Hoy Libia no puede definirse como Estado. Cuenta con dos parlamentos simultáneos y los señores de la guerra se han hecho con el interior del país. En las codiciadas costas, las mafias han tomado el poder y utilizan sus pequeñas embarcaciones para transportar a miles de migrantes al Mediterráneo. Allí les abandonan a su suerte a la espera de la llegada de las patrullas europeas que, ante la ausencia de autoridades con las que negociar un tratado migratorio, los llevan a las costas italianas donde son realojados en pabellones a la espera de una solución definitiva.
Es la Europa del siglo XXI. La misma que celebró la caída del dictador Gadafi y que fue incapaz de articular un proceso democrático en el país, dejando a los ciudadanos en manos de los antier terroristas y creando el caldo de cultivo para la proliferación de cientos de células islamistas. Hace unas semanas, la ONU denunciaba la venta de esclavos en mercados públicos cuyo destino, en muchos casos, es la prostitución y Bruselas se llevó las manos a la cabeza.
Líderes mundiales de la talla de Barack Obama o Nicolas Sarkozy, por aquel entonces presidentes de Estados Unidos y Francia, respectivamente, realizaron incendiarios discursos contra Gadafi y prometieron «tiempos históricos para el país». Los ciudadanos los creyeron y la revolución se prolongó durante meses. Ahora muchos no tienen reparos en admitir que Libia se ha convertido en el «infierno en la tierra».
En abril de 2016, Barack Obama admitió que su mayor fracaso como presidente fue no pensar en las consecuencias de la intervención en Libia, después de la cual el país se vio sumido en el caos.
Obama, con la inestimable ayuda de Clinton, se dedicó entonces a armar y financiar a decenas de grupos rebeldes que después se han agrupado en clanes y han reclamado el poder en el país. Un escenario muy similar hubiera tenido lugar en Siria si finalmente hubiera caído el régimen de Bashar Al Assad.
«Mi peor error fue no planificar el día de después de la intervención en Libia, cosa que creo que había que hacer», afirmó Obama en una entrevista para Fox News.

Incapacidad migratoria

Los agentes fronterizos europeos recogen a los inmigrantes a apenas unas millas de la costa Libia y los trasladan a Italia. Las mafias han entendido la incapacidad de Bruselas para controlar la situación y lanzan un ultimátum a sus dirigentes: o articuláis los medios necesarios o el Mediterráneo se convertirá en un cementerio diario.
La solución de la ONU ha pasado siempre por exigir a las naciones europeas la acogida masiva de personas, en lugar de buscar algún tipo de medida para que aquellos que un día se vieron afectados por la guerra puedan regresar a sus casas.
Lejos de buscar una salida a la crisis migratoria dentro del propio país, la ONU apostó por abrir las fronteras para recibir una oleada masiva de inmigrantes. «Es inevitable. La evolución de la población es muy predecible, los comportamientos de mortandad apenas variarán y es poco probable que se produzcan cambios en la natalidad en Europa o Asia», aseguró Joseph Chamie, director de la División de Población, en declaraciones a El País. La ONU obvia, una vez más, la identidad cultural de cada país.

Mercados de esclavos

«200 euros los más débiles, los otros te los dejo en 500». Secuestrados y vendidos como esclavos, este es el destino final de muchas de las personas que llegan a la zona para cruzar el Mediterráneo atraídas por las ofertas de las mafias migratorias que operan con total libertad en aquel país que un día se llamó Libia, hoy convertido en una extensión de terreno sin orden ni gobierno.
Un informe de la Organización Internacional de las Migraciones, agencia que pertenece a las Naciones Unidas, alertó de la existencia de “mercados de esclavos” en Libia, donde se “venden como mercancía” inmigrantes indocumentados y refugiados que llegan desde los países subsaharianos.
“Lo que nos preocupa es que los migrantes son vendidos. Vender seres humanos se ha convertido en una tendencia entre traficantes a medida que las redes de las mafias se han reforzado cada vez más en Libia”, señaló en rueda de prensa el jefe de misión de la OIM para ese país, Othman Belbesi.
 
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