Hay hombres realmente extraordinarios a los que nunca se reconoce en vida su valor, casi siempre por pura mezquindad general, o por ignorancia de los méritos contraídos. Probablemente, no haya un logro, en el ámbito de la política, comparable a derrotar al socialismo del siglo XXI: esa mezcla hedionda de ideología criminal, corrupción moral y connivencia con el crimen organizado. Los políticos que logran extirpar el cáncer del socialismo de las naciones, devolviendo la libertad a sus ciudadanos, merecen como mínimo tener una estatua en la avenida principal de su ciudad natal.
Eso es lo que debería esperar a Abelardo de la Espriella, el líder patriota colombiano que se ha impuesto al delfín político de Gustavo Petro para convertirse en el próximo presidente de la nación. No era fácil la empresa, pero el candidato liberal conservador ha conectado con una mayoría de colombianos que no soportaban más los excesos totalitarios, el absoluto caos económico y la irresponsabilidad de quien es uno de los cabecillas del Foro de Sao Paulo y del Grupo de Puebla, organizaciones abiertamente criminales de la Iberosfera. Iván Cepeda, mano derecha de Petro, no quería sino prolongar el caos en Colombia y hacer perdurar el socialismo más rancio y antidemocrático.
Abelardo aparcó sus negocios para liderar el movimiento «Defensores de la Patria«, presentándose como un dirigente ajeno a los partidos tradicionales. Durante la campaña presidencial ha defendido una política de mano dura contra la delincuencia, el fortalecimiento de las Fuerzas Armadas, una menor carga tributaria para las empresas y una mayor apertura a la inversión privada, marcando una distancia sideral con la improvisación chapucera y la obsesión prohibicionista de Petro y sus mariachis izquierdistas. La lógica del buen gobierno se ha impuesto al populismo de la más baja estofa.
Hay otro elemento que ha configurado el perfil ganador de De la Espriella, y que va más allá de la política. Ocurre también con otros políticos y gobernantes del mundo, aunque en España sea algo considerado de menor valor. Me refiero a su imagen de padre de familia, casado y con cuatro hijos, que ha sabido relacionar con una conversión a la fe católica que incluye continuas referencias a Dios, a Cristo, a la vida trascendente y a la oración. Colombia, con su Virgen de Chiquinquirá al frente, es una nación mayoritariamente católica (alrededor de un 70% según algunas fuentes), con una creciente presencia de evangélicos y otros protestantes que también han visto en el candidato patriota la mejor opción de futuro.
Aunque muchos «analistas» y «periodistas» lo consideren un elemento secundario, e incluso frívolo o poco sincero, la realidad es que un dirigente que se encomienda a Dios antes de realizar su programa político está dando un mensaje muy claro a los ciudadanos: «Por encima de mi cabeza, hay Alguien que es superior, y a quien me debo«. Luego, naturalmente, podrá cometer fallos, errores o incluso actos que merezcan un juicio severísimo; pero la obediencia al mandato cristiano implica una dimensión moral que no es en absoluto ajena a la política, y que tiene innumerables implicaciones prácticas. También, por supuesto, en el buen uso del dinero de los contribuyentes.
Abelardo ha derrotado a Petro y al petrismo en una nación hermana de España, y solamente podemos felicitarnos por ese triunfo. Igual que en Chile, Perú, Honduras y Costa Rica en los últimos meses: pueblos que han escapado de esa lacra infecunda y cruel del socialismo, una de las últimas pestes vivas de la Humanidad. Sé que muchos de ustedes se estarán preguntando calladamente, entre dientes: ¿Y a nosotros, los españoles, cuándo nos toca? Pero eso es algo que solamente puede responder la Providencia. Y a veces los pueblos necesitan aprender lecciones colectivas antes de resucitar.