El prestigiosísimo New York Times, mascarón de proa del progresismo mediático mundial, anunció en 1958 que el océano glacial Ártico iba a desaparecer en una generación. Ya están aquí los nietos de aquella generación y aquí siguen los hielos.
Pero aquel anuncio, que hoy nos resultaría tan familiar, fue un hecho aislado ya que en los sesenta y setenta el consenso científico, esa cosa tan infalible a la que hay que obedecer bajo pena de excomunión, anunciaba una glaciación para medio siglo después, anuncio que se dedujo de los datos provistos por las imágenes de satélites, por la medición de la temperatura de los océanos y por la observación de los hielos septentrionales. Ya ha pasado algo más de ese medio siglo y parece que seguimos sin necesidad de aumentar nuestras ropas de abrigo.
Siguiendo la trayectoria del New York Times se puede observar la fragilidad de los dogmas climáticos que con tanta reverencia acata la gran mayoría. En enero de 1978 dicho periódico publicó que «un equipo internacional de especialistas ha concluido a partir de ocho datos sobre el clima que la tendencia al enfriamiento de los últimos treinta años va a continuar, al menos en el hemisferio septentrional». Pero exactamente un año más tarde, en febrero de 1979, el mismo periódico anunció que «probablemente los niños de hoy vivirán tiempos en los que el hielo del Polo Norte se haya derretido, un hecho que quizá provoque cambios catastróficos en el clima».
Tres años después, en 1982, también recogió el periódico neoyorquino las advertencias del egipcio Mustafá Kamal Tola, director del Programa Medioambiental de la ONU: «Si el mundo no endereza su marcha, en el 2000 habrá una catástrofe medioambiental que provocará una devastación tan completa e irreversible como un holocausto nuclear». Un cuarto de siglo después de la fecha anunciada, seguimos esperando la devastación.
En 1988 se predijo que las Maldivas quedarían cubiertas por el agua en treinta años. Ya vamos para cuarenta y en aquel hermoso archipiélago siguen construyéndose hoteles en primera línea de playa.
En 2000 la prensa británica anunció que la nieve iba a dejar de existir en pocos años.
En 2007 el presidente del Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático de la ONU (IPCC), el indio Rajendra Pachauri, dijo que si no se actuaba antes de 2012, la Humanidad estaba condenada.
Se ha anunciado mil veces la desaparición del casquete polar ártico en breves años. Pero según van cumpliendo los plazos anunciados, se va trasladando la predicción hacia años posteriores. De momento todos los augurios han fallado, ninguno de los agoreros, tanto políticos como científicos, se sonroja, y medios y público siguen prestándoles atención.
El más famoso de estos agoreros fracasados es, sin duda, el exvicepresidente estadounidense Al Gore, protagonista de Una verdad incómoda (An Inconvenient Truth), exitosísimo documental que en 2007 ganó el Óscar en su categoría y por el que Gore recibiría ese mismo año el Nobel de la Paz. Entre otros muchos anuncios fallidos incluidos en una cinta proyectada en los colegios de todo el mundo a cientos de millones de niños asustados, Gore lamentó que en 2016 ya no habría nieve en la cima del Kilimanjaro. Y en 2009 predijo la desaparición del hielo ártico en 2014. Una década después de los inexistentes derretimientos, Al Gore sigue siendo la gran referencia de los fieles del calentamiento.
Como anécdota particularmente divertida, en el Parque Nacional de los Glaciares, en Montana (EEUU), se anunció en carteles durante años que los glaciares que allí se contemplan ya no existirían en 2020. Llegó esa fecha, siguen pasando los años, y los glaciares siguen allí. Los únicos desaparecidos son los carteles.