«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
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Este artículo se publicó en La Gaceta antes de convertirse en La Gaceta de la Iberosfera, no siendo entonces propiedad de Fundación Disenso.

Aún se derrama sangre de mártires

8 de octubre de 2013

Tras la muerte redentora de Jesucristo en la cruz, se abrió en la humanidad la pagina dolorosa de las persecuciones a los cristianos, de todos aquellos que con su vidas daban testimonio de su fe, de la Fe que el hijo de Dios –Jesucristo– con su palabra, su flagelación y su muerte insufló en los corazones a sus apóstoles y seguidores.

Fue Esteban, tras ser lapidado por su propio pueblo, el primero que con su sangre dio testimonio de la Nueva Palabra, y tras él, durante tres siglos, en el coso romano a despecho de las fieras o en hileras interminables de cruces junto a las calzadas, cientos de seres empaparon con su sacrificio las tierras del Imperio; el mismo en el que apenas unos años después , y tras la conversión de su emperador Constantino, se levantaban la basílicas de San Juan de Letrán y Santa Sofía; luminarias del diverso devenir occidental y oriental del cristianismo: basamento principal de nuestra cultura y cincel que ha labrado, les guste o no a algunos, la roca donde estar y donde sobrevivir.

Una herencia presidida por la cruz del Nazareno que sobrevive a pesar de las quiebras que haya podido tener a lo largo de veintiún siglos de existencia y el enfrentamiento a pueblos paganos, y perversas ideologías como el comunismo que, carentes de Dios o temerosas de su grandeza, buscan a sangre y fuego o, subrepticiamente, con aliados circunstanciales, arrancarnos nuestro ser y convertirnos en puros objetos con fecha de caducidad.

De ahí que en el marxismo sólo puedan engendrase monstruos como Lenin o Stalin, títeres fracasados como Fidel Castro, una vasta lista de asesinos de los que en España tenemos una clara muestra, y gentuza de toda grey, apoyada la más de las veces por la estulticia de pretenciosos liberales y enajenados mentales, que creen que una sana convivencia y una democracia eficaz exigen suprimir los crucifijos de las aulas, cerrar capillas y postergar a los profesores de religión. Unos pobres tontos que, como ocurrió en la II Republica española, son los primeros en ser arrastrados por los maremotos religiosos, sociales y políticos que ayudan a crear.

Sí. Por desgracia, la sangría de los mártires no se agotó bajo la desafinada lira de Nerón, ni con Diocleciano, conocido como Dukljan el adversario de Dios; ni con el goteo interminable durante siglos en el que la Iglesia cristiana y católica ha sido inmolada a capricho del radicalismo de turno –el ejemplo de Vietnam entre los siglos XVII al XIX es claro con más de ciento cincuenta mil victimas–; ni ,desde luego, finalizó en el cercano XX, pues, según aterradoras cifras, los cristianos inmolados superaron los 400 millones; entre los que se encuentran los asesinatos –fuera de las trincheras– en España, en el periodo de 1936-1939, de alrededor de 10.000 católicos y, entre ellos, en apenas seis meses, de 12 obispos, 4.000 sacerdotes y 2.000 religiosos a manos de marxistas, anarquistas y morralla afín. De ahí que haya sido considerada por su intensidad la mayor persecución de toda la historia del cristianismo.

¿Y ahora que? Seguimos igual. La sangre de los mártires sigue goteando. En el año trece del siglo XXI según datos rigurosos el numero de cristianos perseguidos supera los 100 millones. Quema de iglesias y asesinato de cristianos en Nigeria y en Egipto por islamistas; persecución y tortura en Vietnam de los cristianos por el Gobierno comunista; más de 200 cristianos asesinados en Siria también por islamistas en su particular guerra santa; y así en más de 20 países que presumen de defensores de derechos humanos y tolerantes, que se sientan en la ONU e intercambian embajadores…

Nosotros, mientras tanto, callamos o, acobardados, nos arrugamos, por no perder petróleo, gas o futuros mercados. Quizás pueda ocurrir que estemos en mano de esos tontos liberales que se rasgan las vestiduras por una corrida de toros y pasen olímpicamente de la muerte de un cristiano, justificando su actitud con un “¡a quién se le ocurre ser cristiano en un país de mayoría islamista o comunista!”. Claro que quizás la cosa sea más seria y esos dos evidentes enemigos –me refiero, sí, al islam y al comunismo– de nuestra fe y de nuestra cultura hayan sabido aprovechar bien la ola relativista y materialista que nos invade para empujarnos fuera de nuestro centro de gravedad, autococeándonos y mirando hacia otro lado; lavándonos las manos como el cobarde Pilatos.

Por suerte, sin embargo, la sangre de los mártires es vivificante y la confusión que ahora nos asuela pasará. Las puertas del cristianismo son inexpugnables.

*José Juan del Solar Ordóñez es abogado y escritor.

 

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