Ayer cumplió años Carlos, que alcanza las cuarenta primaveras en plena forma. Lo traemos aquí porque fue el primero de los amigos en dar el sí quiero y eso siempre da un poco de yuyu. Casi sin tiempo de saborear el viaje de novios, como tantos ingenieros españoles, se instala en Alemania. Allí nacen sus tres primeros hijos. Son felices a su manera, sin grandes necesidades materiales, hacen muchos amigos, sobre todo otros matrimonios jóvenes extranjeros, y cuando se quieren dar cuenta han pasado cinco o seis años desde la partida de Sevilla. Regresan.
Muy pronto la alegría de volver a casa la empañan los horarios esclavos, y eso que trabaja en la misma empresa que en Alemania, pero hace mucho tiempo que España le declaró la guerra a la conciliación, o sea, a la familia. Esa insoportable cultura de calentar la silla, pelotear al jefe y, por qué no decirlo, alargar la jornada para llegar a casa cuando los niños ya están dormidos, que de todo hay en la viña del señor. Cuánto disfrutarían hoy Mr. Scrooge y el mismísimo Herodes ocupando uno de esos despachos donde impera el modelo que considera a los nacionales cualificados reemplazables por mano de obra barata y masiva. El resultado no sólo es la caída de la natalidad, la falta de vivienda o la depauperación de los salarios, sino que ciudades como Madrid se hayan convertido en la Cochabamba en apenas un cuarto de siglo.
El caso es que nuestro hombre no es amigo de la queja, sino de predicar con el ejemplo. En silencio, se alza contra los obstáculos del mundo moderno sin las excusas que ponemos el resto y responde trayendo a este valle de lágrimas —bueno, su mujer, de la que luego hablaremos— tres niños más. Punto, set y partido.
Si alguien puede hablar del invierno demográfico y todas esas cosas es él, que siempre repite que las ayudas a la natalidad y la conciliación están muy bien, aunque no arreglan por sí solas el problema. Cuántas veces hemos hablado de ello y siempre llegamos a la misma conclusión: el cambio es cultural. El muro es la sociedad instalada en el carpe diem, resultado de una cosmovisión enfocada en el yo, el consumismo y el empoderamiento femenino, por eso llevamos décadas de políticas que miran al ahora, no al mañana. No será fácil, decimos, revertir todo el daño causado, pero estamos seguros de que sólo podremos reconstruir los vínculos deshechos a través del mejor invento de la historia, el matrimonio, la relación humana más importante y cimiento sobre el que se construye la civilización.
Todo esto suena rimbombante, como ocurre con las cosas esenciales dichas en el plano teórico, pero qué rápido las entendemos cuando las vemos con nuestros ojos. Cuando vemos desfilar a esos seis niños, uno tras otro, de camino al colegio. Cuando vemos a esa familia sevillana feliz y a sus padres poner siempre buena cara cuando salen del piso en alquiler en el que viven en un barrio de toda la vida, muy cerca del colegio donde estudiamos. Esa alegría es una provocación intolerable, pura rebelión contra la decadencia occidental.
La de Carlos es una felicidad singular, porque es un tipazo serio, con planta de militar antiguo. Es un hombre de pocas palabras y en él se hace buena la locución latina facta non verba, paradigma de hidalguía. Un español de infantería llamado a grandes cosas, sin ningún miedo a salirse del rebaño ni siquiera en los peores momentos cuando la presión social alcanza cotas que rebasan la delación. Él, al que sólo le falta encender un puro a carcajada limpia, permanece impasible aferrado a la verdad, quizá su mayor virtud.
Tengo la seguridad de que es imposible no admirar a esta familia ejemplar y al propio Carlos, porque el tipo ni siquiera se da importancia ni va llorando por las esquinas por la lata que deben dar los seis niños cuando se ponen intensos. Él cree que no tiene ningún mérito y eso nos rompe los esquemas, supongo que por el asombro que nos provoca estar ante algo tan sencillo y grande a la vez.
Hasta ahí mi compadre. Hablemos de María, jerezana salerosa, a quien Dios regaló todo el arte y el duende que le faltan —ya lo siento— al bueno de Carlos, al que cuando queremos vacilar le decimos que nos cuente un chiste. María confirma el dicho de que detrás de cada gran hombre hay una gran mujer y que a cada época la salva un pequeño puñado de hombres que tienen el coraje de ser inactuales, como recuerda Chesterton.
Feliz cumpleaños, camarada.