Que el moro haya invadido Ceuta, una ciudad tan española como Albacete, y no haya ardido el misterio es un certificado de defunción para España. Nuestra sociedad carece de pulso, está en coma inducido. Si se recupera no habrá que hablar de revitalización, sino directamente de resurrección, de un prodigio más que de un repunte.
España no tiene esa sociedad civil que, mal que me pese, sigue vertebrando las comunidades políticas anglosajonas. Entre el poder y el individuo hay un absoluto y desolador vacío. Se repite hasta el cansancio la pregunta de a qué esperan los ciudadanos para levantarse, pero no hay cómo hacerlo, no hay cauces, una vez que el poder ha colonizado las instituciones hasta desnaturalizarlas, como en esas películas en las que los extraterrestres entran en el cuerpo de la gente.
Y probablemente tenga un sentido profundo la paradoja de que, mientras el pensamiento político popular español se decanta hacia un vago colectivismo estatalista, la naturaleza íntima del ciudadano se mantiene en un individualismo feroz. Por el contrario, los países que han hecho del individualismo una bandera explícita tienden más a la acción coordinada.
Pero mientras el español mantiene su fiera individualidad frente a su vecino, de algún modo confía en el poder, quizá como un atavismo heredado de cuando creía en el Dios católico y su Providencia, una transferencia psicológica perfectamente natural.
Ya no vamos a montar un motín en Aranjuez al grito de «¡que se nos los llevan!». Seguro que hay una agencia o un instituto que se ocupa del último motivo de indignación. El horizonte personal es mínimo, se mide en metros: más allá, el Gobierno se ocupará. O no. Pero, desde luego, no es cosa mía.
Queda una población pastueña, atocinada, mansa, ovina, más recelosa del de al lado que de esa máquina de perpetrar abusos y repetir mentiras que se ha convertido la Administración. Y los que están dispuestos a hacer apenas tienen cómo.
Sobre todo: el sistema se ha cimentado sobre un cúmulo de falsedades tan enorme que desanima inmediatamente pensar en todo lo que hay que desmontar para regresar a la cordura, para tener una posibilidad de supervivencia como nación.
Porque Ceuta tiene, al menos, la ventaja de la sinceridad visual, de la imposibilidad de mirar y seguir engañado. De nada sirven las consignas de medios comprados ante la evidencia ocular en una ciudad asaltada, con compatriotas nuestros viviendo como refugiados en su propia patria. Leer a algunos opinadores áulicos con las imágenes de fondo recuerda a aquella emisión de la CNN, ya convertida en meme inmortal, donde un locutor habla de una manifestación «mayormente pacífica» de Black Lives Matter mientras el espectador puede ver detrás de él los edificios ardiendo.
Hemos vivido las mentiras pandémicas, la riada de Valencia, el gran apagón, los incendios, los desastres ferroviarios, todo sin que se nos mueva políticamente un músculo. Hasta Pedro debe estar parpadeando incrédulo ante nuestra docilidad perruna. Pero Ceuta es la prueba de fuego, el test definitivo. Y lo estamos fallando.
Quizá haya algo de la inversión de la pirámide demográfica en todo esto, no sé. Somos una sociedad envejecida, dominada por un contingente que quizá tuviera buenos motivos –mejores, en cualquier caso– para fiarse de la versión oficial de las cosas. Hay más miedo, más cautela, tal vez incluso menos interés en un futuro en el que ya no estarán, y el que venga detrás, que arree.