«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Julián Montenegro no existe. Existe un hombre que firma así, y para una columna basta. Durante veinte años se ganó la vida en Buenos Aires escribiendo memorias de otros: empresarios retirados, un campeón wélter venido a menos, alguna viuda con archivo y rencor. Antes había hecho lo mismo en España, con la diferencia de que aquí sus clientes salían en los periódicos. Entre encargo y encargo hizo noches en la recepción de un hotel de la Avenida de Mayo, donde aprendió más de España que en España. En sus recuerdos, que nadie puede comprobar, hay un boxeador de Marsella, un farero portugués y un camarero de Valladolid que servía el vino como quien administra la extremaunción. Puede que alguno sea inventado. Él sostiene que eso no los hace menos ciertos. Ha vuelto a Madrid con dos maletas, una agenda llena de muertos y la intención de firmar por primera vez con un nombre. Este, que tampoco es el suyo.

El último chanclista

27 de agosto de 2026

El otro día, en un paseo marítimo de Levante, vi pasar al que a lo mejor era el último motorista en chanclas de la historia de España. Iba en una Vespa color crema con la camisa abierta, llevaba detrás a una mujer que comía un cucurucho con dignidad de infanta y avanzaba tan despacio que las chanclas, de goma azul, de ferretería, iban golpeándole el talón con un chasquido que sonaba igual que los naipes viejos cuando los baraja despacio el mus de los jubilados. No llevaba guantes, claro, ni prisa, ni conciencia alguna de estar protagonizando una extinción, y en eso se parecía a los últimos bisontes, que pastaban tranquilos mientras el ferrocarril acercaba a los cazadores. Me quedé mirándolo hasta que dobló hacia el puerto y pensé que convenía fijarse bien, que aquello ya era un documento.

Luego, en la terraza, leí la noticia que lo condenaba. La Dirección General de Tráfico ha decidido que desde el uno de octubre no se podrá ir en moto con chanclas por ninguna vía de España, que el calzado habrá de ser cerrado y cubrir el pie entero, y que en carretera serán obligatorios los guantes, todo bajo multa de doscientos euros, que al cambio del paseo marítimo donde yo estaba venían a ser sesenta y seis cañas con su tapa. El decreto se aprobó en junio, en Madrid, con las chanclas hibernando todavía en los armarios, y ha esperado al final de agosto para dolerle a alguien, como esas cartas del banco que uno encuentra al volver de vacaciones. La norma será sensata, supongo, y hasta llegará tarde a juicio de los traumatólogos, que llevan décadas cosiendo agostos. El siglo es otra cosa.

Uno pertenece a una generación que aprendió la física en un ciclomotor de 49 centímetros cúbicos, bajando a la playa por una carreterilla de adelfas con un primo detrás que llevaba la sombrilla atravesada como una lanza de torneo. Nadie tuvo nunca guantes. Teníamos, eso sí, una teoría completa del asfalto, transmitida por los mayores en la barra del bar con autoridad de concilio: la grava traiciona, el alquitrán de agosto se ablanda como el turrón al sol y la chancla, en caso de frenazo, sale volando y hay que volver a por ella. Un amigo mío, muy jurista él, sostenía que la chancla era la última prenda democrática que quedaba, porque igualaba al notario con el socorrista. «Quita, quita», le decía otro, «lo que iguala es la clavícula rota». El notario, por cierto, era el que mejor moto tenía. Y ahí solía terminar el debate, con la ronda siguiente.

Pero confieso mi parte. Yo fui motero aspiracional durante las tres semanas que duró un curso de conducción en el que me caí dos veces en un aparcamiento vacío, sin tráfico, sin curvas y casi sin moto. Iba equipado como para el desembarco de Normandía: casco integral, guantes homologados, botas con refuerzo y una chaqueta con protecciones que me daba andares de escafandrista. El monitor me miraba con la piedad con que se mira a los perros con abrigo y me aprobó al final con el cariño con que se aprueba a los hijos de los amigos. De modo que la ley nueva no me quita nada, porque yo ya me la había impuesto solo, por cobardía, que es la forma más barata de la prudencia. Los doscientos euros se los cobrarán a otros, a los que se atrevieron a ser felices sin equipamiento homologado.

Al caer la tarde volví a ver la Vespa color crema aparcada junto al puerto, con las chanclas azules colgadas del retrovisor igual que dos truchas puestas a secar. El dueño estaba al lado, en el chiringuito, descalzo sobre el terrazo fresco, y como el verano vuelve confianzudo a cualquiera me acerqué a contarle lo de octubre, lo de los guantes, lo de los doscientos euros. Me escuchó entero, sin dejar de mirar un mar del que ya se había ido casi todo el mundo, y tardó en contestar lo que tarda en bajar un trago largo. «Para octubre», dijo al fin, «esto también estará cerrado». No aclaró si hablaba del chiringuito, del verano o de él mismo. Pidió otra caña. La pagué yo.

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