La gente come cada vez más en los Mercadonas. La comida es sana y barata. Te ahorras el servicio, la mantelería, el concepto del bar o restaurante, las pretensiones del dueño de vivir de ello, la reglamentaria costumbre de comer dos platos y un postre y al final (a la postre) yendo a lo práctico y al mero hecho digestivo, se come más o menos igual, y por bastante menos. Además se gana tiempo y nos da para llegar a atender a la bolsa de Nueva York, que abre a esa hora.
Con lo que ahorramos, se puede ir luego uno en el Dacia Sandero al Tagliatella a llevar a la novia, si no es muy hipergámica, y hacer el alarde de invitarla y todo.
Lo del Mercadona es un paso adelante y un nicho de negocio que yo pienso aprovechar. Ahora no, porque entre el trabajo y la bebé (ser despótico como una emperatriz china criada en estricto régimen de igualdad constitucional) apenas me da tiempo, pero cuando reanude el ritmo social, si es que eso sucede, voy a citar a mis amistades en el Mercadona. Nos comeremos unas lasañas y un muslo de pollo, como señores, y luego a lo mejor una tarrina de profiteroles (que no sé yo si los venden en el Mercadona o son ya mucho lujo) y tan pichis, oye, por seis o siete euros. Luego un cafelito en la máquina y estupendamente. ¿Para qué más?
Mirando el euro, da para comer fuera a menudo y sobra para echar a las criptos y ser independiente financiero algún día.
Una de las mentiras de Madrid es lo de comer fuera. Si las veces que la gente dice «tenemos que comer» se tradujeran en comidas efectivas en un restaurante normalito, no hablemos ya de algo medianamente pinturero, las economías se derrumbarían. Sería imposible llegar a mitad de mes. Todo se sostiene en el incumplimiento. El grado de convertibilidad de ese «tenemos que comer» es muy bajo y por eso aun se puede vivir un poco.
Lo de la gente comiendo en el Mercadona yo ya lo veo donde acudo a empujar el carrito. Algunos trabajadores van allí a almorzar y saludan con familiaridad a las cajeras, que a lo mejor tienen dos carreras. La opción de cenar puede ser también interesante, porque al final del día bajan algunos precios y es posible el chollo. Es una cultura de táper triste disfrazada de comida casera y sírvase usted mismo. Vete hasta el microondas, anda, y coge la tarrina de plástico con dos deditos no te vayas a quemar… El éxito está en saber descubrir opciones de negocio en la nueva pobretería española, como una inventiva hacia abajo, no hacia arriba.
Sentarse en una mesa y ser atendido, que nos reciten de forma cantarina el menú del día (que escuchamos siempre con la esperanza de la novedad), que se esperen un ratito a nuestra caprichosa indecisión y luego nos sirvan, es una cosa muy señorial que queda hasta impropia ya, como de marqueses de Leguineche o algo así.