«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Periodista, documentalista, escritor y creativo publicitario.

Como los israelitas

6 de noviembre de 2025

Estaba escribiendo el artículo de esta semana cuando tuvimos que salir a toda prisa hacia el hospital (algo demasiado frecuente para nuestro gusto), por la primera crisis epiléptica de cierta importancia de nuestro hijo enfermo. Lo traigo a colación, no para mantener informado al lector (aunque toda oración siempre es bienvenida), sino porque tiene mucho que ver con el tema sobre el que estaba escribiendo.

Igual que ocurrió en el año 1446 a. C. con el pueblo de Israel, también a nosotros el Señor nos asiste cada día y, gracias a ello, los cuatro lectores que me leen pueden hacerlo y yo tengo todavía ánimo para escribir. Nos asiste Dios porque nos despertamos cada mañana, cuida de nuestros seres queridos, tenemos algo que llevarnos a la boca, no sé si más sabroso que el maná, pero por lo menos diferente cada día.

El agua del grifo no es amarga y podemos beber hasta saciarnos. Y nuestras cruces también las endulza con la suya el Señor, quien nos recuerda que no es más el discípulo que el maestro. Pero a veces Dios también nos pide, como a los israelitas, que tomemos el camino largo, el que parece contradecir nuestra lógica, el que prueba nuestra confianza, confianza que, como los israelitas, cada día se ve comprometida y puesta en duda, a pesar de todos los milagros que obra Dios en nuestra vida.

Nos enfrentamos a Él cuando nos despiden del trabajo, cuando en casa no entra lo necesario para el sustento familiar, cuando una enfermedad grave hace acto de presencia, pero olvidamos que, hasta hoy, a pesar de la dolorosa y agotadora travesía, el Señor no nos ha abandonado jamás.

A los israelitas no los dejó sin alimento ni un solo día, les abrió el mar (poquita cosa) y alejó de ellos a los egipcios, que querían exterminarlos. A pesar de ello, cada día, cuando apretaba el hambre y la sed, ponían el grito en el cielo y decían que el Señor los había abandonado.

Es como si mi mujer y yo que tenemos un hijo con la sonrisa siempre en el rostro, el más cariñoso de todos, un auténtico regalo, y al que Dios cuida desde que nació, eleváramos ahora reproches al cielo por permitir que el día después de una de sus muchas visitas al hospital, cuando deciden empezar a administrarle la medicación para la epilepsia y, por un fallo burocrático en la farmacia, no nos la pueden dispensar, le da el primer ataque epiléptico de importancia. Pues así es la vida.

Y, aunque el Señor nos asiste cada día, nosotros no dejamos de elevar nuestros reproches cada día también.

No entendemos el misterio del sufrimiento, porque para nosotros, todo lo que no sea arrancarnos del desierto en cinco minutos y no en cuatro décadas y sin contrariedades no tiene sentido. Pero, la historia de los israelitas sí puede dar al menos un consuelo ante el misterio del dolor. Así es como el Señor quiso guiar y salvar al pueblo elegido, también hoy, así nos guía y nos salva a nosotros. La mayoría de las veces no nos ahorra los sufrimientos asociados a este valle de lágrimas, pero nos guía, nos asiste y nos conduce por el camino de la salvación.

Si el pueblo de Israel hubiera dudado y hubiera dado la espalda a Dios, como más tarde hizo, su travesía por el desierto hubiera sido más parecida a la de los egipcios, convertidos en merienda de los peces del mar Rojo.

Puede que la oscuridad que vive nuestro mundo tenga mucho que ver con haber convertido esto en un caos, dando la espalda a Dios y endureciendo nuestro corazón como el faraón, a quien el Señor dejó de asistir demostrándole que sin Él sólo nos queda la nada.

Nuestra vocación debe ser la de convertirnos en ese resto de Israel que, confiando y obedeciendo humildemente, avanza por el desierto con la boca seca y los pies llagados mientras todo se hunde en sombras de muerte a su alrededor, pero con la confianza incólume puesta en el Señor, Dios de los ejércitos.

Quien así viva tendrá una existencia plena y fecunda. Por ello la misión de ese resto de Israel es socorrer en la travesía a cuantos pueda, alejándolos de la perniciosa influencia de los muchos faraones que hoy someten al mundo.

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