Si Chesterton me lo permite, no odio al sanchismo, amo lo que tengo detrás cuando cabalgo contra el enemigo. Y no lo odio, entre otras razones, porque no puedo odiar a la irrelevancia, a la nadería. No puedo batirme en duelo con el innoble. No puedo debatir con esas cabezas llenas de serrín y tetas. No puedo tratar como igual a quien no acompañaría ni a burlar una inspección de Hacienda. No tengo nada que ver con su mundo y, gracias a Dios, el sanchismo tampoco tiene nada que ver como el mío. Si no estuviera arruinando mi nación, mi bandera, y mi gente, no habría escrito ni una sola de las miles de líneas que le he dedicado en estos años. Por la misma razón por la que no escribo sobre física cuántica, sobre los talent shows que nunca he visto, o sobre las costumbres sexuales de los camarones. Hasta un Chatgpt cualquiera hasta el culo de ácido lo haría mucho mejor que yo.
Con todo, quienes nos dedicamos a opinar de todo y nada, nos vemos en la obligación de hacer pequeñas y desagradables inmersiones en el barro. Si pudiera elegir, preferiría que los pornográficos chascarrillos de los audios de las cloacas jamás hubieran llegado a mis oídos, habría muerto feliz sin escuchar jamás las costumbres higiénicas de la sauna Adán, y celebraría la oportunidad de dejar este mundo sin haber tenido que escuchar ni una vez los homenajes a la gramática de revista de peluquería low-cost de la vicepresidenta comunista.
Y si bien hay que entrar a ratos en los barrios bajos de la vida, porque es ahí donde Sánchez ha situado el destino de la nación, procuro salir siempre cuanto antes, dándome más duchas después que si viniera de tomar una café en la taberna Garibaldi. Observo con una mezcla de temor y repugnancia que hay quien disfruta jugando a la oposición civil en la zona turbia de la existencia, feliz entre la vulgaridad, como porcino en charca compitiendo con sus iguales. Excelente decisión de la que no puedo sentirme más ajeno. No necesito cambiar a sus bestias por mis bestias. El estilo no es un asunto menor. Es crucial, es relevante, tiene un hondo sentido. Y, como tantas veces se ha escrito, no se compra, ni se vende.
Comprendo que la bajeza se contagia. La mugre se pega. La masa enturbia siempre. En el espectáculo atroz de los días que vivimos, combatir al enemigo es obligación moral. Hoy ya no somos una pequeña resistencia. Somos una inmensa mayoría. Los hay conversos, los hay reversos, los hay convictos, y los hay invictos. La masa clama contra el sanchismo y bienvenido sea. El fervor popular, esa agonía inútil, hace tiempo que salta de la cancha a la política, y vuelve a la cancha. Está bien, supongo. No es mi guerra.
El peor coruñés del siglo, Cándido, dijo una vez lo más bochornoso que puede escupir una boca con su cargo y posición, aquello de las togas que debían mancharse con el polvo del camino, y sin quererlo definió el sanchismo para la eternidad. Todo lo que ha venido después está en esa frase, que era diagnóstico, o pronóstico, qué sé yo. Pero son sus togas, su polvo, y su asqueroso camino. Por suerte, el conservadurismo español, la gran oposición popular a Sánchez, no necesita manchar toga alguna para alcanzar su destino: abrir la perrera monclovita para que salga la rabia, y sanar la nación.
Cierto que, al dirigirse al narciso desde la tribuna del Congreso, no entiende otro lenguaje, no queda otro remedio que hablarle en sus mismos términos, o más bien en términos reales: desde la sauna Adán hasta su hermano, desde la banda del Peugeot hasta las lumis de Ábalos. La triste realidad de España es que el presidente nos obliga a hablar a diario de burdeles y mordiditas, en lugar de debatir sobre un futuro mejor para los españoles. Qué le vamos a hacer. Llegará ese momento. Estamos en otro y tampoco es una lucha menor.
Pero el conservadurismo social que antes evocaba, ese brillo de esperanza que atraviesa la sociedad civil, no requiere a la masa embrutecida caminando en unánime grosería contra los groseros. Más fácil aún: el conservadurismo social no requiere a la masa. Por cosas de la democracia, requiere sus votos, una vez cada cuatro años. Nada más. Somos individuos. Hombres y mujeres. Con anhelos, pensamientos, y sensaciones diferentes. Con ideales comunes. Aliados, críticos, nunca sectarios. Libres. Nobles. Y, en lo posible, formados, algo cínicos, cabrones, divertidos, bien duchados y, con suerte, postrados ante el buen Dios, que es lo único que de verdad nos hace iguales.