En este tiempo de descuento de la humanidad en el que vivimos, es relativamente lógico que la inmoralidad y el relativismo sean las grandes tendencias en casi todo el planeta. Todo quisque busca huir de la frustración vital con pequeños placeres, como el diabético que engulle sus dulces a escondidas, sabiendo que aquello que le terminará matando, ahora le da un poco más de vida. Son las pequeñas mentiras cotidianas que hacen que la gente no se interese en absoluto por la verdad.
Hasta ahora, la Iglesia Católica ha venido siendo el faro moral de la humanidad. Y no porque no haya habido pecadores en la Santa Sede, que siempre los hubo, sino porque imperaba, sobre las debilidades humanas, la palabra de Dios: esa ha sido siempre la roca de la silla de Pedro. Allí donde los hombres no llegaban, la doctrina tradicional de la Iglesia mantenía fijo el rumbo del barco, fiel a su Cabeza. De hecho, pocas instituciones pueden presumir de tener una vigencia de veintiún siglos; no es casualidad.
La lamentable nota que el Vaticano ha publicado esta semana, negando o al menos desaconsejado el uso de los términos «corredentora» y «mediadora» para referirse a la Santísima Virgen María, sigue la estela de lo ocurrido hace meses con el documento Fiducia Supplicans en el sentido de poner en cuestión y someter a debate público verdades hasta ahora asumidas y defendidas por Roma. En ambos casos, flota en el ambiente una influencia clara del mundo protestante, que parece como si se hubiese logrado infiltrar intramuros del Vaticano, como en su día el propio Pablo VI admitió que «el humo de Satanás parecía haberse colado por las ventanas del Concilio Vaticano II».
Este documento, Mater Populi fidelis, lleva la firma del dicasterio de la Doctrina de la Fe, es decir, del controvertido cardenal Tucho Fernández, autor también de aquel otro engendro antes citado. Y por supuesto, va firmada por León XIV. La única razón para tratar de ensombrecer la labor corredentora de Nuestra Madre parece ser la voluntad de encuentro con «otras confesiones», suponemos que siguiendo ese criterio «peculiar» que defendió el anterior pontífice de que «todas las religiones llevan a la salvación». Como si la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo hubiese servido para dar a los hombres un «supermercado de las religiones», y que cada uno se apunte a la que quiera.
La llegada del cardenal Fernández a Roma, y en concreto al dicasterio que dirige, ha sido uno de los hechos más catastróficos que le han ocurrido a la Iglesia Católica en muchos decenios. Empezando por su propio perfil moral e intelectual, que en absoluto se corresponde con las virtudes que deben adornar a alguien que tiene en sus manos el rumbo de la antigua Santa Inquisición. Sus planteamientos liberales y catoprotestantes están haciendo un daño terrible a los feligreses, que reciben en sus parroquias toda la morralla derivada de estos documentos, infiltrada en homilías cada vez más alejadas de la moral católica tradicional.
Como decía con toda razón el padre Santiago Martín, fundador de los Franciscanos de María, «Roma puede decir lo que quiera», porque los católicos vamos a seguir considerando a Nuestra Madre como mediadora y corredentora, sin que eso reste en absoluto ningún valor a la Redención de la humanidad obrada por Cristo en la Cruz. Así lo han entendido decenas de Santos y de Papas en los últimos siglos, y así lo ha expresado el pueblo de Dios en innumerables cantos y oraciones. No va a venir ahora este cardenalito argentino a decirnos a todos lo que tenemos que creer.