«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Santanderino de 1965. De labores jurídicas y empresariales, a darle a la pluma. De ella han salido, de momento, diez libros de historia, política y lingüística y cerca de un millar de artículos. Columnista semanal en Libertad Digital durante once años, ahora disparo desde La Gaceta. Más y mejor en jesuslainz.es

De poligamias y otras imposiciones

9 de marzo de 2026

El 20% de los residentes actuales en España nacieron en el extranjero. Se calcula que dentro de cinco años, en 2030, serán tirando por lo bajo el 25%, uno de cada cuatro. En el año 2000 eran el 5%. Y veinte años atrás tendía a cero.

El Gobierno socialista prepara la nacionalización masiva de más de dos millones de inmigrantes para los próximos meses. Lo que conseguirá con ello es muy sencillo: ir cambiando la estructura electoral española mediante la incorporación de votantes agradecidos al PSOE, un enorme porcentaje de ellos descendientes de republicanos exiliados que, no nos engañemos, algún rencor habrán mamado en sus familias. Sánchez no da puntada sin hilo. Y a ellos hay que añadir una cantidad similar de afroasiáticos ya nacionalizados o en camino hacia serlo. Evidentemente, también ellos se decantarán mayoritariamente por el partido campeón de la multiculturalidad y la inmigración irrestricta. No es suposición, sino resultados de una encuesta que acaba de publicar el ABC sobre la intención de voto según el país de origen de los nacionalizados: en todos los países menos dos, los votantes del PSOE y Sumar-Podemos son mayoría. Las dos excepciones derechistas son Cuba y Venezuela. ¡Lo que hace la experiencia!

Evidentemente, España no es ninguna excepción. Incluso va algo atrasada en comparación con otros países más madrugadores en estas cosas. En el Reino Unido, por ejemplo, el Partido Laborista, ante el incontenible crecimiento de la población musulmana, está dispuesto a implantar la sharía en nombre de la tolerancia religiosa. Y el Tribunal Europeo de Derechos Humanos acaba de plantearse por primera vez autorizar la poligamia en todo el continente. El argumento esgrimido por los inmigrantes musulmanes que la defienden es que así se respetaría su modelo de familia y no se les impondría uno ajeno a sus leyes, costumbres y religión. Lo que durante dos milenios ha sido delito, no tardará en ser convertido en derecho. Ya ha pasado con el aborto, así que nada tendría de extraordinario. 

Este humilde suscribiente recuerda cómo avisaba hace muchos años de que algún día llegaría esta reivindicación, junto a otras, en cuanto la cantidad de inmigrantes fuese la suficiente para influir en gobiernos y parlamentos, ante lo que solía recibir miradas de incomprensión en el mejor de los casos. Bueno, pues ya lo tenemos aquí. Según pase el tiempo y aumente la población musulmana y su influencia, ¿se planteará también la legalización del repudio de la mujer y de los matrimonios infantiles? ¿Volverán el adulterio y la homosexualidad a ser delito? ¿Y se castigará la apostasía con la muerte, como establece el Corán? El tiempo dirá.

Por otro lado, estas simpáticas fragmentaciones jurídicas feudales tienen otros defensores no llegados de la inmigración reciente. De vez en cuando se oyen propuestas de asociaciones gitanas para que los conflictos entre sus miembros sean resueltos por sus tradicionales consejos de ancianos sin que intervenga la «justicia paya», lo que encaja con lo que hace seis años declaró, en una entrevista en El Mundo, Simón Montero, presidente de la Federación de Asociaciones Gitanas de Cataluña. Explicó que su deseo es «crear un territorio gitano con nuestras leyes, empresas y gobiernos. Son muchos años de persecución, de expulsión, de racismo, de intentos de exterminio. Ya es hora de que tengamos nuestro lugar y podamos vivir sin tener que justificarnos y en paz».

Regresando a asuntos inmigratorios, la UE ha anunciado que España y los demás países europeos mediterráneos, receptores de grandes cantidades de inmigrantes ilegales, podrán beneficiarse de un fondo europeo de ayuda. «Contingente anual de solidaridad» se van a llamar las cantidades aportadas para hacer frente a la presión inmigratoria. Lo que queda claro es que ni los gobiernos nacionales ni la UE tienen la menor intención de acabar con una inmigración que piensan seguir financiando con los impuestos pagados por los europeos. Y la ONU hace lo mismo por todo el mundo, como el contradictorio Trump denunció recientemente en su propia Asamblea General. No parece, pues, que las cosas vayan a cambiar hasta que llegue el inevitable caos.

Hace poco se emitió una entrevista televisiva, en una cadena cuyo nombre ni conozco ni importa aquí, a una mujer, cuyo nombre ni conozco ni importa aquí, que, ante el supuesto fracaso de la familia tradicional, pedía la abolición de la familia como una nueva conquista tras las anteriores del divorcio y el matrimonio homosexual: «Ahora igual serán complicadas estas nuevas fórmulas de familias, pero en la siguiente generación será una cosa supernatural, mucho mejor llevada».

Interesante perspectiva. El problema es que cuando llegue esa siguiente generación a la que se refirió la opinadora, tendrá que explicárselo a los ya mayoritarios, progresistas, feministas e igualitarios hijos del islam. No sé si desear que Dios me conceda la oportunidad de llegar a disfrutar del espectáculo.

Fondo newsletter