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Hughes, de formación no periodística, es economista y funcionario de carrera. Se incorporó a la profesión en La Gaceta y luego, durante una década, en el diario ABC donde ejerció de columnista y cronista deportivo y parlamentario y donde también llevó el blog 'Columnas sin fuste'. En 2022 publicó 'Dicho esto' (Ed. Monóculo), una compilación de sus columnas.
Hughes, de formación no periodística, es economista y funcionario de carrera. Se incorporó a la profesión en La Gaceta y luego, durante una década, en el diario ABC donde ejerció de columnista y cronista deportivo y parlamentario y donde también llevó el blog 'Columnas sin fuste'. En 2022 publicó 'Dicho esto' (Ed. Monóculo), una compilación de sus columnas.

Decir chihuana

2 de febrero de 2024

En Europa, los agricultores han llegado a Bruselas, o como dice un amigo, ya están en el Nido del Águila. Bruselas, donde las coles, sí puede ser protegida.

En España, algo es algo, un agricultor ha hablado como no ha hablado nadie. Un Séneca. Su intervención está aquí.

En ella todo es sirope, todo es miel.

Lo mejor llega en el contraste con otro agricultor, uno de la vía moderada, que rechaza las tractoradas y las «barbaridades de los franceses» como volcar la leche. Entonces reacciona;

«¡Pues vuélcala!»

«Es que hablando sin na no tenemos na». Maravilla de habla donde el na lo es to. ¿Qué es el na? Na no es lo mismo que nada. El español contrae la nada y a la nada nihilista y culta le opone la nada zumbona, despectiva y popular.

Y sin na no se tiene na, siendo el primer na la acción política y la protesta, y el segundo na el poder o libertad política. Ahí está, en dos patás, el hilo entre violencia y poder.

Sevillanamente, imitando la genialidad del «no ni na», podríamos decir que «sin na, na», y tendríamos las tres sílabas del to de la política: sin na, na.

Frente a la lengua mareante de los políticos, el español popular, brevísimo, apocopado y cortante que aun suena en el campo.

Nuestro agricultor es afrancesado cuando toca,  y no aprecia tanto la lumière como la gónada revolucionaria, su orgullo y chovinismo: «Tienen un par de cojones». Y aquí llega la clave, la cumbre (00:42), cuando con visible enojo se dirige al representante del agro moderado: «¿Qué hacemos, decir chihuana?».

No dice «sí, bwana», que eso sería suajili, sino que españoliza la fórmula de servilismo esclavo y la sintetiza en castizo chihuana, amplia genialidad que resume la servidumbre, la actitud española ante todo: el chihuana, decir chihuana.

¡Este hombre comprime en sus apócopes realismo, populismo y sentido común!

Estamos en el chihuana y hemos de tener un par de cojones porque sin na, na y esto lo puede decir el agro, porque su español aún es libre y en cierto modo se le permite.

La izquierda ha idealizado para manipularlo al obrero desenraizado y al campesino lo tiene como trabajador, pero también como atávico representante de la España profunda y esencial, así que al agricultor lo mira con prevención y cierta distancia. No lo controla del todo. Son los refractarios hombres de la boina, ahora gorra (únicos a los que les debería estar permitido llevarla).

Es en el agricultor donde está el verbo libre del español. Por eso, cuando toca el tema catalán y la actitud del gobierno, lo hace con imagen inolvidable: «Tienen que tener el culo en carne viva», que recuerda a la canción de Raphael («es que tengo el corazón en carne viva») y acuña, tan pura que ni a homofobia suena, la fórmula definitiva para los jurichulánganos Bolaños y Sánchez: los de la carne viva, que no cal.

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