«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Itxu Díaz (La Coruña, 1981) es periodista y escritor. En España ha trabajado en prensa, radio y televisión. Inició su andadura periodística fundando la revista Popes80 y la agencia de noticias Dicax Press. Más tarde fue director adjunto de La Gaceta y director de The Objective y Neupic. En Estados Unidos es autor en la legendaria revista conservadora National Review, firma semalmente una columna satírica en The American Spectator, The Western Journal y en Diario Las Américas, y es colaborador habitual de The Daily Beast, The Washington Times, The Federalist, The Daily Caller, o The American Conservative. Licenciado en Sociología, ha sido también asesor del Ministro de Cultura Íñigo Méndez de Vigo, y ha publicado anteriormente nueve libros: desde obras de humor como Yo maté a un gurú de Internet o Aprende a cocinar lo suficientemente mal como para que otro lo haga por ti, hasta antologías de columnas como El siglo no ha empezado aún, la crónica de almas Dios siempre llama mil veces, o la historia sentimental del pop español Nos vimos en los bares. Todo iba bien, un ensayo sobre la tristeza, la nostalgia y la felicidad, es su nuevo libro.

Días de sharía y rosas

5 de marzo de 2026

Me he levantado contento de verdad, como David Summers. De pronto tengo de nuevo 22 años, un hígado que podría presentarse a Miss Hepática España, y no existe la inteligencia artificial, toda la estupidez que hay es natural. Willy Toledo todavía no se ha fugado a Cuba, y las pancartas en español y árabe las sujetan Zapatero, Llamazares, Cándido Méndez, y José María Fidalgo. Lee el manifiesto emocionado Juan Diego Botto, Jesús Caldera se muere por salir en la foto con Ana Belén y Pedro Almodóvar, y Javier Bardem, megáfono en mano, se desgañita gritando «Esto nos pasa por un gobierno facha»; inspiradísima asonancia a la altura del mejor Quevedo. Alguien convoca una cacerolada antifascista, pero los manifestantes se disuelven cazo en mano y flauta a la espalda al ver que nadie echa monedas dentro. 

Conciertazo en Moby Dick, ligoteo en New Garamond, todo el mundo bebe Cacique, y cada semana se desata la locura con el Madrid de los galácticos. Andy & Lucas todavía se hablan, todos los niños bien tararean «Rosas» de La Oreja de Van Gogh, aún contamos mentalmente en pesetas, y un plan perfecto son dos litronas, cánticos contra la autoridad, y mensajitos pacifistas de «pásalo» enviados a la hora bruja a exnovias por si donde hubo fuego, brasitas quedan. Sánchez nos ha devuelto a 2003 y me siento tan joven que creo que voy a levantarme de la sala de espera del urólogo y bajar a por un calimocho.

He abierto el armario de las grandes ocasiones. Aún están allí el bigote de Aznar, la careta de Bush, la chapa de la ceja, y las pegatinas con el «No a la guerra» escrito con sangre, que en el reverso llevaban el «Nunca mais» escrito con chapapote, porque a veces salías a mediodía a protestar contra el imperialismo yanqui y regresabas de madrugada con seis barbudos del BNG hasta las trancas de orujo jugando a deletrear el nombre del capitán griego del Prestige.

Me invaden imágenes de juventud. No recuerdo cómo se llamaba el Mr. Bean que hablaba del «talante» a todas horas en televisión, la Ser era el púlpito desde el que el ayatolá Gabilondo nos señalaba el camino. La única condición era escucharlo cada mañana de rodillas. Y si te quedabas dormido, daba igual, después hacía pases para vagos y maleantes en aquella Cuatro TV en la que un día un par de cejas a un traidor pegado confesaron aquello de «nos conviene que haya tensión».

Desde siempre, nuestro «no a la guerra» es ibérico, no lisérgico, ni marihuanero, ni gandhiano con canciones de los Beatles. Es colérico, faltón, macarra, tenso como la yugular de los de primera fila de pancarta cuando conecta en directo el telediario amigo de las tres. Vuelve el eslogan que nos hizo felices, que permitió a tantos vivir sin trabajar. Repasa las fotos de las manifas de ayer y verás tantos en segunda y tercera fila que hoy ocupan los puestos más preciados de los ministerios, y se llevan los picos más golosos de las subvenciones del cine. El «no a la guerra» es algo más que una proclama, es un ascensor social. Hoy como ayer.

Sánchez, que es hijo de aquellas pegatinas, nos ha convocado por fin ante una causa que nos une a todos los que odiamos haber cumplido años y detestamos trabajar: salir a ensuciar la ciudad, cortar el tráfico, beber, pasar el rato, y luchar muy fuerte contra el fascismo trumpiano, como ayer luchamos contra el fascismo de la foto de las Azores, que en paz descanse, como su primo cineasta, el gran Mariano, que anticipó la lengua que ahora comparten María Jesús Montero y Yolanda Díaz.

Hoy ligo fijo. Con mi mejor vuvuzela, americana de pana, pañuelo palestino, bandera iraní unida por un corazón con la bandera republicana, y maxiturbante, he llegado a la manifestación unos minutos tarde, porque el taxista era de ultraderecha, que me ha puesto «Ayatola no me toques la pirola» de Siniestro Total a todo volumen para hacerme rabiar. También traigo un megáfono con el que he comenzado a gritar, ya desde el taxi, mi consigna a favor del velo obligatorio para las chicas: «¡No a la guarra!». Y otra que aún recuerdo de mis años de excitante lucha sindical universitaria: «¡no nos mires, UGT!». He guardado para el momento cumbre de alcanzar la cabecera la rima definitiva, que ahora entono como voto, con todas mis fuerzas: «Jamenei, Jamenai, Jamenei, noi, nai, la sharía, la sharía, y nada más». 

Nadie me sigue el rollo y la decepción me come por momentos. Miro el reloj una y otra vez porque no veo a las masas jóvenes enfervorizadas del 2003, las que querían socialismo en vena y lo tuvieron. En la esquina está el presidente con su buena salud, ha venido la charo de rulos que le ponen en todos los mítines para las fotos —que me ha propuesto que chille una consigna que se le ha ocurrido en el viaje: «Rota no se toca»—, y aquello del fondo podría ser Óscar López o quizá la plaza de Colón. Me siento como Víctor Manuel bailando el éxito de Village People. Hay más prensa afín que manifestantes. No somos ni dos docenas, no hay ni rastro de las rubias antifascistas que me habían prometido, no han venido ni los Bardem, y la mayoría de esta gente, por la media de edad, todavía recuerda cuando las chicas en Irán iban en bikini por la calle. 

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