«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Hughes, de formación no periodística, es economista y funcionario de carrera. Se incorporó a la profesión en La Gaceta y luego, durante una década, en el diario ABC donde ejerció de columnista y cronista deportivo y parlamentario y donde también llevó el blog 'Columnas sin fuste'. En 2022 publicó 'Dicho esto' (Ed. Monóculo), una compilación de sus columnas.

El acolchamiento o la muerte del abrigo

9 de febrero de 2025

Pantomima Full dedica su último vídeo/impostura a la chaqueta acolchada. De otra forma levanta acta de algo que se ve (o más bien no se ve) en las calles: la desaparición del abrigo. El abrigo se ve poco, salvo en círculos muy concretos. Incluso los abrigos que vemos son (mea culpa) muchas veces esmirriados tres cuartos, de juvenilismo un poco siniestro. El abrigo, el abrigazo de empaque antiguo no es frecuente (hemos de mirar a Trump con su percha de jerarca yaltiano). Pero ¿cómo se va a ver el abrigo con la renta disponible que tiene el personal…? Estamos para ir en pelliza, como mucho, pero queremos parecer urbanos.

Y como estamos apocaditos y llevamos 50 años de Mondo PSOE, para lo que damos es para la chaqueta acolchada o incluso el largo abrigo acolchado femenino.

Es prenda hegemónica con razón, porque es insuperable. Mi padre me prestó hace unos años una chaqueta así, que ya no le estaba, entre protestas me la puse y no me la quité. Es comodísima, abriga, no pesa… Cuando quiero fingir, me pongo un tres cuartos (el abriguismo lamentable) pero si no, llevo esa prenda. Digamos que me he de disciplinar para salir de ella…

Es perfecta para hacer todas esas cosas que hacemos cuando bajamos a la calle a por recados, a comprar en el súper, a tirar la basura, a sacar al perro… Por su origen deportivo sirve también para la caminata del colesterol, prenda de cardiocaminante. Entonces ya está todo, aunque la lleve el autónomo currante que por supuesto no va a ir de etiqueta. Es prenda de clases pasivas, prenda unisex también charificada; prenda de los jubilados, de las amas de casa… Refleja nuestra estructura económica, pero… ¿de dónde viene?

Quizás de los plumíferos que nos gustaban cuando éramos niños en los 80 y primeros 90. Creo que fue Iñaki Domínguez quien contó que era una cosa pija que imitaba a Juan Carlos I. Tiene su sentido: el calado del ‘monarca’ fue profundísimo y no solo náutico bribónido. El mundo del esquí impactó en la psique española, costera o de secano, y se hizo objeto habitual en el plumas (quedó también establecida la semana blanca de las vacaciones, que detiene las clases para que los niños se vayan a esquiar como si fueran criaturas alpinas).

El plumífero pijo o juvenil, sin cintura ya, perdida la torería del talle, ahora los llevamos todos, lo llevan hasta los viejos. La infantilización es total, también lo comfy o cozy, forma que tienen las revistas de decir que vamos de andar por casa. Es una forma de vestir poscovidiana.

El acolchamiento indumentario español revela empobrecimiento y un gran pasar de todo. Es una prenda en la esfera de lo depresivo. Se pierden las formas y se va por la calle de cualquier manera. Es la generalización del «ande yo caliente…».

Mucho hablar del fachaleco, pero todos vamos en fachaleco con mangas. Estamos a un tijeretazo de ser todos unos cayetanos… O sea, que lo que caracteriza al pijo es la manga, lucir manga.

Hay otra prenda fetiche, clave del presente: la americana con falso chaleco incorporado, esa americana a la que le asoma, como unos labios menores, un acolchado con cremallera.

Las grandes influencias indumentarias invernales que bajan de las élites son la cinegética de cazador delibesiano o de anglocazador (tweed); la austrohúngara (loden) y luego ya vendría la del esquí borbónica (Pocholo, Borja Mari fíjate…) que desemboca en el totémico fachaleco. El fachaleco es prenda funcional hacia lo formal. El plumífero (lo aspiracional del esquí impactando en la psique revoltosa del pijo joven) se adapta al look de inspiración cinegética y la fusión es el fachaleco. Y ese fachaleco, urbano, casual, de sport, que crece y crece (es decir, que no se lo quitan, no se lo quitan) salta a la oficina, a la pretensión, a lo corporativo e institucional cuando se lleva con americana.

Es el triunfo actual del look fachaleco con americana, o acolchado con blazer. Las dos piezas sirven para aguantar el frío y juntas expulsan al abrigo, le dicen «¡Adiós, carcamal! ¡No te necesitamos!». Matan por consenso al abuelo (el abrigo) como el PP con Franco o  Fraga (son, ojo, expresión de una fundamentación pijo-borbónica del vestir invernal, derivación imitativa de la campechanía del lejano plumas, cuius regio, eius religio…).

Las dos juntas (la americana y el fachaleco) ofrecen calentamiento con soltura, figura, funcionalidad, modernidad y así el hombre dinámico (quizás con zapatillas) se libera de la carga del abrigo, con sus evocaciones antiguo régimen, su pesadez, la posibilidad de ser confundido con el cochero de Drácula y la incomodidad de una prenda que en muchos establecimientos no se puede dejar (la optimización del espacio en el inflacionado suelo madrileño hace que muchos sitios no sean coat friendly).

Esa pinza americana+fachaleco, ese bastarse, ese adulterio que se olvida del abrigo (el abrigo es Montoya) da un paso más, un paso que ya es la leche cuando se sintetizan, cuando las dos prendas se hacen una sola (a través de un quitar-poner infinito, como un psoe-pp, psoe-pp, sobre acolchamiento de origen juancarlista) y nace así la americana con trampantojo de chaleco.

La base, lo común es ese acolchamiento de origen claro. ¡De informalidad inconfundible!

Todos acolchados, por tanto, como corresponde a un país de tiesos. Con unos acolchados a los que les asoma la manga (propietarios) y otros (quizás a lo mejor incluso entrepreneurs) a los que les asoma el blazer. Pero la base general ya es el acolchamiento.

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