Aquel verano hizo más calor. La ciudad extraña era lava, el cielo de furia y fuego, y cada sombra de árbol, un oasis. Leía cada noche a los clásicos para olvidar que vivía secuestrado por el insomnio, y los días pasaban con una densidad exasperante, con el corazón lleno, pero apuñalado por el demonio de la ansiedad, traidora desconocida capaz de sacarte de la carretera con cualquier volantazo de la vida. Ahora ya conozco bien la cara de la zorra, entonces no.
Hablar era dormir, reír era llorar, abrazar era tal vez lo único sincero, y llorar era reír cuando enjugábamos frustraciones en el beso gélido de la cerveza. Las estrellas salían cada noche para recordarte que la luz nunca se apaga del todo, pero en mi memoria Enrique Urquijo no dejaba de cantar Sin dirección, y he olvidado ya esos versos oscurísimos de duermevela, supongo, de Rosalía de Castro, con los que mecía las madrugadas bajo un pequeño farol.
Pasábamos jornadas renacentistas escondidos en la catedral, brochazos de barroco, agradeciendo a Dios y a Felipe II la idea de hacer una gran sombra donde, no es contradicción, el cuerpo se enfriaba y el alma se calentaba. En las horas muertas de la tarde, que eran casi todas, escribía muchos versos, algunas canciones, y rompía poemas de ayer, al vaivén emocional de un tiempo tenebroso, tan irritante como fecundo, siempre añil. Viendo hoy algunos versos supervivientes de aquellos días tan lejanos, debí haber roto más.
A veces, con las primeras tinieblas de la noche, que caía por todas partes como pintura negra sobre una ciudad amarilleada, me abría paso entre las calles hacia ningún lugar, como si caminar fuera mi brevísima aportación al movimiento rotatorio de la tierra, aquel que permite al mundo seguir a sus cosas del día a día sin grandes sobresaltos. A veces era un parque, una gran plaza abierta al torrente del sol, una terraza plagada de sedientos, o uno de esos edificios ilustres que parecen maquetas de museo, que tanto abundan en las ciudades castellanas, que salen a tu encuentro de la nada, y de la nada vuelven a plegarse para sorprender al próximo transeúnte extraviado.
Otras veces era un levísimo hilo de conversación. Uno contra uno, que la masa es inasumible cuando hace tanto calor, el corazón abierto clavado en el centro de la mesa, el mundo ajeno, y dos grandes cervezas a cada lado. Y otras, al ver saltar a la luna en su telón negro, saltaba yo también al fondo de una piscina, flotando entre luces acuáticas y esperanzas azules, mientras la bóveda estrellada me enseñaba la danza mareante de su reloj, como un hechizo gótico.
Eran días, va quedando claro, de cansancio y desesperanza, de una extraña orfandad de uno mismo, de ineptísima gestión de la incertidumbre, como decían entonces los psicólogos, que eran todos argentinos y sospechosos. Pero, aun así —que luego te pregunten para qué creer en Dios—, julio en mi tierra es un derrotero asistido por mil y un puertos marianos, que allá la Madre de Dios te espera entre bombas de palenque y parrillas humeantes, y da igual dónde vayamos, sean tierras o sean mares, que siempre alcanza el manto de una u otra advocación, haciendo que la metralla de la vida nunca traspase del todo tu ropa, que nunca la sangre se atreva a asomar en tu piel.
Lo recuerdo ahora, en el goteo lento de los días de verano en el calendario, por si alguien está buscando una salida a la penumbra, al dolor, al tedio: que la Reina de los Mares está siempre en el camino, incluso en el camino a ninguna parte.