Se concedió la semana pasada el premio Nobel a tres economistas con una preocupación común por el crecimiento. Uno de ellos, Joel Mokyr, es historiador y no ofrece la habitual perspectiva matemática de la economía, sino cultural. Por ello sitúa en la Ilustración el origen de la Revolución Industrial.
Las nuevas ideas que circulaban por todo el continente influyeron de un modo particular en la Inglaterra del siglo XVIII dando lugar a lo que denomina la «ilustración industrial». Había pensadores y economistas que prepararon el terreno. El primero de todos, Adam Smith, la Ilustración Escocesa, y antes, Francis Bacon con su idea de comprender la naturaleza para controlarla. La ciencia, en sus propias palabras, era“un rico almacén, para la gloria del Creador» y el conocimiento equivalía al poder, no sobre otros hombres, a la foucaultiana manera, sino sobre la naturaleza. La filosofía de Bacon conduce al progreso material a través del tecnológico mediante el método inductivo y experimental. En palabras de otro académico, el objetivo principal de la filosofía natural baconiana era producir innovación.
Para Mokyr, la clave del crecimiento económico es la producción de conocimiento útil; lo que llama el «programa baconiano» o los tres criterios del conocimiento: que amplíe la comprensión del universo; resuelva problemas prácticos (mecánica, medicina, navegación…) y tenga unos costes de acceso lo más bajos posibles.
En The Enlightened Economy, Joel Mokyr describe de modo fascinante el entorno del desarrollo industrial británico, que asociamos de inmediato a la invención de la máquina de vapor, aunque muchos de los inventos de la Revolución Industrial, especialmente en el sector químico, fueron importados de Francia y otros lugares. Gran Bretaña no tenía el monopolio de la invención, pero dominó su desarrollo aplicado y comercial.
¿Qué tenía Gran Bretaña que otros no tenían?
Sus ventajas estaban principalmente en el lado de la oferta de la economía, no en el de la demanda. Después de todo, los Países Bajos eran más ricos, Francia más grande y España tenía América.
Un factor de desarrollo podía ser la energía, la afortunada presencia del carbón en Gran Bretaña; o la geografía, ya que como nación insular era más difícil de invadir; también el hecho político de haber hecho ya su revolución, y poder dedicar su Ilustración a cosas prácticas y no al Antiguo Régimen. En parte, el liderazgo británico se explica porque en los años cruciales entre 1780 y 1815 el continente se vio sumido en la agitación revolucionaria, mientras la sociedad británica mantenía la paz y su gobierno apoyaba a los innovadores frente a la rigidez de los gremios, estableciendo una estructura de incentivos.
Pero el gran factor explicativo del crecimiento no es, para Mokyr, ni la geografía, ni la política, ni la energía; es el conocimiento.
El economista francés Jean-Baptiste Say señaló a principios del XIX que la enorme riqueza de Gran Bretaña no se debía tanto a sus propios avances científicos como «a las maravillosas habilidades prácticas en la aplicación útil del conocimiento y a la superioridad de sus trabajadores». De los ingleses se decía algo parecido a lo que ahora se predica de los chinos: aunque no tienen inventiva, son capaces de mejorar lo que han inventado franceses y alemanes.
Algunos fueron famosos, como James Watt, pero la mayoría eran anónimos mecánicos, fabricantes de relojes, carpinteros, jugueteros, vidrieros y especialistas similares.
En el continente, el Estado (principalmente el ejército) absorbió la mayor parte del talento en ingeniería. Un ingeniero en Francia era un militar. En Gran Bretaña, tuvieron que encontrar empleo en el sector privado, diseñando molinos más eficientes, relojes más exactos, máquinas de hilar más precisas…
Una clave del éxito tecnológico británico fue que la competencia de sus artesanos le dio una ventaja comparativa. Estos trabajadores produjeron un flujo acumulativo de microinvenciones, pequeñas, incrementales, no registradas, pero indispensables, que adaptaron los inventos a las necesidades locales y las hicieron funcionar mejor.
Fue la combinación justa de conocimientos útiles generados por científicos, ingenieros e inventores con la oferta de artesanos cualificados en un entorno institucional de adecuados incentivos para los empresarios lo que convirtió a Gran Bretaña en el líder tecnológico de Europa.
En su reciente libro Breakneck: China’s Quest to Engineer the Future, donde compara a EEUU, «país de abogados», con China, «país de ingenieros», Dan Wang observa que las fronteras entre innovación y producción son borrosas. La clave es el conocimiento del proceso industrial, que surge de la experiencia a través de una mejora paulatina. A partir de 1990, EEUU llevó su producción a China sin que el gobierno hiciera nada para impedirlo. China recibió a Tesla y Apple y con ello formación para sus trabajadores, lo que ha dejado en el país una cultura técnica que no es fácil de imitar, copiar o trasplantar, y que se parecería a esa ventaja inglesa con la que Mokyr explica dos siglos de superioridad tecnológica e industrial.